12/07
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críticas

La brújula dorada
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Sueño antiautoritario  

 

No hay mejor estímulo que ciertas prohibiciones. Por ejemplo, las críticas que L’Osservatore Romano hizo el 19 de diciembre a La brújula dorada (The Golden Compass, 2007), el filme escrito y dirigido por Chris Weitz, y basado en la primera novela de la serie La materia oscura (His Dark Materials) de Philip Pullman, publicada en 1995. Según las versiones del rebotadas artículo que el crítico Andrea Monda dedicó al filme en el periódico del Vaticano –el texto original parece no estar disponible en la web–, se trata de una cinta en la que “cada uno marcha por su propia cuenta con sus capacidades, y la meta que debe ser alcanzada, que para Pullman es vivir de manera libre e independiente, descubriendo la verdad que la autoridad oculta al pueblo, es una conquista personal, no un ‘trabajo de equipo’, mucho menos un don de la gracia”. Dejando de lado que el argumento de que no hay esfuerzos colectivos en el filme es mentira, lo que condena Monda pareciera ser una excelente razón para que los padres lleven a sus hijos a ver el estreno ateo de esta Navidad.

 

Al crítico de L’Osservatore, sin embargo, quizás le preocupaban principalmente otras cosas, menos teológicas y morales. La institución religiosa en el mundo de ficción de la película, el Magisterio, es una organización volcada principalmente al ejercicio del poder político, para lo cual recurre a métodos como el envenenamiento al comienzo de la cinta, lo cual es algo que no debe agradar a los defensores de la iglesia. “Por qué es necesario el Magisterio”, pregunta la niña protagonista, Lyra Belacqua (Dakota Blue Richards). “Para hacer que las cosas funciones, diciéndole a la gente lo que tiene que hacer”, responde Marisa Coulter (Nicole Kidman), una misteriosa mujer que conspira a favor de la organización eclesiástica. Más específicamente, las tareas a las que se halla volcado el Magisterio son impedir el avance del conocimiento y raptar a los niños para despojarlos de su “daimonio”, un animal que constituye un doble espiritual de todos los personajes, y que cambia de forma continuamente, como los pensamientos. No tiene nada de demoníaco en el sentido cristiano el daimonio, aunque sí de la forma como los griegos concebían el genio particular de cada persona. Sea como sea, el método de bautismo eléctrico en el cual trabajan los eclesiásticos consiste en su extirpación de esta parte animal del alma por medio de una máquina quirúrgica –un “pequeño corte”, dicen–, con lo cual los individuos quedan convertidos en seres grises y debilitados, sin chispa, se diría. Y no podía faltar la crítica de la hipocresía: los miembros del Magisterio y sus secuaces están acompañados siempre de sus daimonios, incluida Marisa Coulter, a la que siempre sigue un mono rubio.

 

 
Trailer de La brújula dorada
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La autoridad en general y la obediencia son antivalores en el filme. No hay poderes sobrenaturales al servicio a los cuales haya que servir, incluido Dios, y a los que tratan de mandar en la tierra, aunque sea en presunto beneficio de aquellos a los que se dirigen sus órdenes, Lyra les obedece en la medida en que le es cómodo o útil hacerlo. En el caso de Lord Asriel, su padre (Daniel Craig), el vínculo que la niña mantiene con él pareciera ser por sobre todo de camaradería. Esa independencia se basa en el hecho de que Lyra, o no les tiene miedo o, cuando aparece ese sentimiento, hace lo posible para combatirlo. Como decía el malvado Hobbes, el poder de unos hombres sobre otros se basa principalmente en el temor, así que, cuando este brilla por su ausencia, no queda mucho sobre lo que pueda afirmarse la autoridad. La relación de la niña con Marisa Coulter, quien al principio la deslumbra con su elegancia y su riqueza, se deteriora rápidamente por ese amor a la libertad personal: Lyra se niega a obedecer una prohibición a la que no le encuentra razón de ser.

 

La forma como deberían ser tratados los niños, tal como se desprende de la película, esto es, respetando su individualidad y su libertad, se contrapone a la concepción tradicional que los convierte poco menos que en objetos que son propiedad de los padres hasta la mayoría de edad. También son contrarios a lo establecido la representación de los “giptanos”, como gente bondadosa y amante de la libertad, aparte de que son los hijos de ellos los que son raptados por el Magisterio y no ellos los que los roban, como dice la leyenda negra de los gitanos. Las brujas también son criaturas benévolas, o al menos lo es Serafina Pekala (Eva Green), quien hace honor a su nombre angelical, a contracorriente de la reputación que condujo a muchas de sus colegas a morir en hogueras por orden del Santo Oficio.

 

Tampoco es verdad lo que se dice en L’Osservatore Romano sobre el conocimiento y la tecnología en el filme. “Para Pullman la máquina es central, ha triunfado”, escribe Monda. Sin embargo, aunque eso es cierto, y hasta hay un aparato que “mide” la verdad, el “aletiómetro” que es como se llama en realidad la brújula dorada, nadie supo nunca cómo usarlo hasta que logró hacerlo Lyra con su especial talento. Es decir, la ciencia mide las cosas en el filme, y la tecnología proporciona herramientas para hacer otras tantas, pero nada de eso aporta las explicaciones y soluciones que son realmente esenciales. Entender los misterios del mundo requiere otro tipo de sabiduría, que en La brújula dorada consiste en una lectura de símbolos, lo que la haría análoga a la astrología, por ejemplo.

 

El problema con esta película es que, si bien por los valores que transmite puede ser fascinante, no lo es como obra cinematográfica. La representación de los daimonios es el elemento simbólicamente más poderoso, pero no hay otros que estén a su altura. Quizás el aletiómetro mismo, nada más. No hay, en cambio, una galería de personajes como los de El señor de los anillos, como Smeagol/Gollum o Tom Bombadil, por ejemplo. Ni los parajes polares en los que se desarrolla la parte central de la historia son como Mordor o Lorien, ni los osos polares como Bárbol tampoco. El otro elemento central, el misterioso “polvo”, no está por completo desarrollado en este filme, cuyo final anuncia una secuela. No puede saberse, por tanto, si llegará a tener el peso que tiene el símbolo del anillo en la trilogía de J. R. R. Tolkien. De las películas basadas en estos libros, que dirigió Peter Jackson, la separa, además, un abismo tecnológico. Ello se percibe en algunas secuencias de animación, la peor de las cuales es la que muestra a Lyra cuando corre por un paraje helado a lomos del oso gigante Iorek Byrnison.

 

En todo caso, La brújula dorada cumple el cometido que al parecer se planteó Pullman con sus libros: combatir el cristianismo camuflado de Las crónicas de Narnia de C. S. Lewis, en particular, y defender el ateísmo, una doctrina que no pareciera ser muy popular en la actualidad, cuando hasta hay marxistas que inventan que Cristo fue el primer comunista.

 

LA BRÚJULA DORADA

The Golden Compass, Estados Unidos-Reino Unido, 2007

 

Dirección y guión: Chris Weitz, basado en la novela Luces del Norte de Philip Pullman. Producción: Bill Carraro, Deborah Forte. Diseño de producción: Dennis Gassner. Efectos visuales: Cinesite. Fotografía: Henry Braham. Montaje: Anne V. Coates, Peter Honess, Kevin Tent. Sonido: Niv Adiri, Glenn Freemantle, Andy Kennedy, Tom Sayers. Música: Alexandre Desplat. Elenco: Dakota Blue Richards (Lyra Belacqua), Nicole Kidman (Marisa Coulter), Daniel Craig (Lord Asriel), Ben Walter (Roger), Eva Green (Serafina Pekkala), Jim Carter (John Faa), Tom Courtenay (Farder Coram), Simon McBurney (Fra Pavel). Duración: 113 minutos. Super 35 mm, 2,35:1, color, Dolby Digital, DTS, SDDS.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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