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críticas
La ilusión rota
La clase
(2007) parece ser, por fin, la primera de las películas que el cine
venezolano le debía al país sobre lo ocurrido el 27 de febrero de 1989 y
días posteriores, principalmente en la capital y en Guarenas pero
también en otros lugares de Venezuela. La clave del acierto es que se
supo evadir el vano intento de reconstruir o mostrar lo sucedido. Que
sea difícil llamarlo “motín”, o “masacre”, e incluso forzado decir que
fue un “levantamiento popular”, revela, por si solo, que lo que
realmente pasó sigue siendo en buena medida confuso. Por ello se ha
impuesto el empleo de las expresiones “27-F” y “Caracazo” para designar
el acontecimiento sin describirlo. Pero no sucede lo mismo con el
significado de aquellos hechos. Lo que ofrece el filme de la Villa del
Cine, dirigido por José Antonio Varela y escrito por él junto con José
Luis Varela y Rafael Pinto, es principalmente una interpretación social
y política de lo que representó el Caracazo en la historia venezolana.
La
película, que está basada en una novela del ministro de la Cultura,
Francisco Sesto, relata la historia de Tita (Carolina Riveros), una
muchacha que vive en un barrio y que se ha fijado como meta ser
violinista. Pero el camino de la persona que es hacia aquella en la que
desea convertirse, y que además merece ser, tanto por su talento como
por el esfuerzo que dedica a lograrlo, no puede ser una vía recta, dadas
las circunstancias.
Su
hogar representa un primer obstáculo, no sólo porque la falta de
privacidad en la vivienda permite que los niños le rayen las partituras
jugando, entre otras molestias, sino también porque a su madre pareciera
disgustarle que ella trate de ser diferente, y sabotea de forma muy poco
sutil sus ensayos. A eso se suman los problemas infernales de la
comunidad. Si bien Tita se traza un destino cuyo logro depende
fundamentalmente de una dedicación individual, ella no es
individualista. Comparte sus conocimientos con los niños, enseñándoles a
tocar flauta en la iglesia del barrio, y es una persona preocupada por
los problemas de la gente que le rodea, en especial los abusos y
crímenes que comete impunemente la policía. Esta realidad también se
atraviesa en su camino y la desvía de una manera más cruda cuando, por
ejemplo, un delincuente perseguido irrumpe en una clase y, al hacer unos
disparos nerviosos, hiere a una niña en la mano. Los policías asesinan
después al joven, al que Tita ayudó a convencer de que se entregara, y
ella no puede evitar, por solidaridad fundamental con su gente, unirse
al cortejo, camino del cementerio.
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Pero
la muchacha se desvía de la ruta, y en vez de acompañarlos hasta el
entierro corre a ese lugar donde hay un futuro reservado para ella que
continúa llamándola, y que pareciera comenzar a escurrírsele como
consecuencia de los males de su presente. Antes el director le había
dado un ultimátum, puesto que la acumulación de sus problemas llega a
afectar su desempeño, hasta el punto de que comienza a quedarse rezagada
en relación con el nivel que debe mantener a una ejecutante de los
primeros violines.
De la
solidaridad de sus compañeros músicos de posición social más acomodada
surge una posible solución para los problemas de Tita. Una amiga de
clase media la invita a mudarse alquilada a una habitación, en su
apartamento, cercano además al lugar de los ensayos, donde podría
disfrutar de la paz y la privacidad que su talento musical requieren
para florecer. Asimismo, un muchacho de la orquesta, de clase alta,
comienza a cortejarla y la invita incluso a su casa. Allí, los padres
del joven la reciben con los brazos abiertos, sin reparar en el origen
social que acompleja a Tita hasta el punto de que al principio no quiere
ni que el muchacho sepa donde vive. Las personas pudientes, en resumen,
son prestas en el filme a gestos de desprendimiento y fraternidad con
los humildes, a los que están dispuestos a acoger gustosamente en el
seno de su medio social, reconociéndolos como iguales por sus méritos.
El problema es que esa posibilidad, la del ascenso social, sólo está
abierta para Tita como individuo en la sociedad en la que se desarrolla
la historia, y requiere, además, que se desprenda de los suyos y deje
atrás a su familia y a su comunidad.
La
crítica de la ideología del ascenso social por los propios méritos es el
principal acierto de la película. Además, está vinculada a una forma de
desarrollo que no es igual para la sociedad en su conjunto sino que
produce mayores ventajas para algunos individuos. El Estado, a través de
la orquesta, y las clases acomodadas se alían para sacar a Tita de un
barrio en el que sobrevive una Venezuela rural rezagada, para hacerle
partícipe de un progreso del que sólo parecen beneficiarse otros, los
privilegiados. El hecho de que la protagonista sea violinista de una
orquesta del Estado apunta además, afiladamente, a desenmascarar el
trasfondo ideológico del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y
Juveniles de Venezuela. La universalmente alabara creación de José
Antonio Abreu, quien fue ministro de Carlos Andrés Pérez, en cuyo
segundo gobierno fueron asesinadas más de 1.000 personas en el Caracazo,
según cálculos conservadores, es una de las realizaciones más perfectas
y acabadas del individualismo meritocrático que pone en la picota La
clase. Tan perfecta es que no son pocas las personas inteligentes y
con sensibilidad social que se han dejado seducir por sus cantos de
sirena, tanto en Venezuela como en el exterior.
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Tita
decide aceptar la oferta de su amiga y mudarse del barrio al
apartamento. Ello trae como consecuencia el enfrentamiento decisivo con
su madre, y la consecuente ruptura con ella. También es motivo de una
conversación con el cura, quien la aconseja no hacer eso con dos frases
que se han convertido en blanco de las primeras críticas que ha recibido
la película: “Para que ellos sean ricos es necesario que nosotros seamos
pobres”, y “los ricos son los dueños de los policías”. Dicho de esa
manera, tan absoluta, se trata de algo demasiado grueso, y Tita no deja
de manifestar su desacuerdo. El punto es que, con todo, hay en lo que
dice el sacerdote algo de verdad, y eso es lo que plantea la última
parte del filme. Si el título La clase pone sobre la mesa la
carta de lo aleccionador, debe acotarse que se trata de ser pedagógico
en el buen sentido de la palabra: se lanza un precepto envuelto en una
frase cuyo significado sólo puede apreciarse a plenitud cuando se lo
considera a la luz de la posterior reflexión y de la experiencia de los
hechos la vida. No son cosas abstractas.
El
día fijado por la muchacha para la mudanza es el lunes 27 de febrero de
1989, el día del Caracazo. Ante el estallido de los disturbios y los
saqueos, Tita puede optar por quedarse junto a aquellos que le ofrecen
compartir con ella su futuro, y ven lo que está sucediendo con
preocupación pero por televisión, desde la comodidad de sus
inexpugnables hogares, o ir a donde están los suyos y ponerse del lado
de ellos. Ella opta por lo segundo, como consecuencia de una
preocupación por la familia. Pero al llegar al barrio y ver lo que está
sucediendo, apenas unos pocos planos que bastan para dar una idea de que
ha llegado el momento de comenzar a matar a los pobres al por mayor, y
no al detal como se venía haciendo, Tita entiende aquello que hay de
cierto en la segunda de las frases del cura: la misión de la policía es
imponer a sangre y fuego la exclusión que mantiene el estado de cosas,
el mismo orden injusto la ha escogido a ella para darle el privilegio de
escapar. Ese día se manifestó, con macabra contundencia, cuál era el
destino que les estaba reservado a aquellos pocos que no poseyeran
talentos especiales, como la violinista, en la naciente Venezuela del
“gran viraje” patrocinado por el Fondo Monetario Internacional.
En
cuanto al sentido de la primera frase del sacerdote, el bondadoso padre
del chico rico que le hace la corte a Tita se encarga de demostrar que
algo de cierto puede tener también: mientras ve lo que pasa en
televisión, con un whisky en la mano, protesta contra la anarquía del
pueblo desatado y reclama por alguien “que tenga bolas” para imponer el
orden. “Bolas” tuvo, sin duda, el general Ítalo del Valle Alliegro,
quien comandó la masacre de sus conciudadanos para reestablecer la
autoridad del gobierno de Carlos Andrés Pérez. La sanguinaria
intervención de las fuerzas del orden garantizó que el señor de la casa
pudiera seguir siendo rico en paz y tomándose su escocés con hielo al
menos otros 10 años más.
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“El
mundo se divide, sobre todo, en indignos e indignados”, dice la cita de
Eduardo Galeano que cierra el filme, y es de esa manera como deja en
suspenso el futuro de Tita: ¿ser fiel a la indignación que le lleva a
gritarles a los Guardias Nacionales u olvidarse de todo aquello y
proseguir el ascenso individual hacia el estrellato como violinista? A
pesar de que parece una chata consigna, la frase del uruguayo es
profunda: no hay destinos trágicos vinculados con el origen social;
colocarse de un lado o del otro, en situaciones en las que una decisión
de ese tipo se impone, es sobre todo una cuestión moral. Además, ni el
que se indignó una vez se haría bueno para siempre ni viceversa. La
frase de Galeano no hace referencia a tomar partido por algo abstracto,
como una clase social, sino en relación con las injusticias concretas
que sufren ciertas personas por pertenecer a una clase.
A
La clase podría reprochársele, en cambio, su incapacidad de ir más
allá de la forma como la protagonista decide actuar y actúa. No se mete
bajo la piel de Tita como lo hizo Macu (1987) en el mundo
interior de la protagonista, por poner un ejemplo venezolano muy
conocido. Solveig Hoogesteijn, la directora de esa otra película, ha
dicho en relación con este asunto que los problemas psicológicos y
existenciales de cualquier persona de clase humilde son tan complejos y
profundos como los de los personajes burgueses de la literatura
universal y el cine de arte europeo. Por ello, no considerar esta
profundidad en la representación de la gente común podría ser en cierto
modo subestimar al pueblo, o algo peor: verlo, no como es, sino como se
supone que debería ser.
Sin
esa indagación en la interioridad escapan de consideración otros
problemas que podría afrontar Tita, por su condición de mujer, más allá
de su debatirse en el filme entre dos amores: Yuri (Laureano Olivárez),
el muchacho pobre del barrio, y Anselmo (Darío Soto), el rico. También
podría ser más oscura la relación con su madre y con su abuela, al igual
que con el director de la orquesta, un problema que Hoogesteijn trabajó
con acierto en Maroa (2004). Las decisiones morales de Tita
podrían estar atravesadas por otros conflictos, relacionados con la
sexualidad y con la forma como el poder se manifiesta en la intimidad,
que escapan de la mirada social de largo alcance de los realizadores de
La clase. Aun a pesar de la conciencia política, a la que apela
el filme, el inconsciente puede tender trampas, y hacer que el pobre
lúcido cave la tumba en la que la sociedad injusta acabará por
enterrarlo. El punto, además, es que el cine se ha desarrollado y ha
abierto caminos para indagar en esas oscuridades del alma, por lo que
las películas venezolanas deberían considerar y asimilar esos aportes.
Solveig Hoogesteijn lo hizo, y no le fue nada mal.
LA
CLASE
Venezuela, 2007
Dirección: José
Antonio Varela. Guión: José Antonio Varela, José Luis Varela,
Rafael Pinto, basado en la novela homónima de Francisco Sesto.
Producción: Marco Antonio Pérez. Fotografía: Antonio García.
Montaje: Nelson Núñez. Sonido: Eleazar Moreno. Música:
Chuchito Sanoja. Elenco: Carolina Riveros (Tita), Darío Soto
(Anselmo), Laureano Olivárez (Yuri), Manuelita Zelwer (Carmen), Beatriz
Vásquez (madre de Tita), Guillermo Londoño (Kennedy), Asdrúbal Meléndez
(padre Manuel), Gabriel Rojas (Edwin), Zair Montes (Margarita), Rosalia
Hernández (madre de Yuri), Francisco Alfaro (Felipe), Arnaldo Mendoza
(Felipe), William Cuao (Roger), Gonzalo Cubero (Manrique), Israel Moreno
(Salcedo).
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |