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La conspiración
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Pequeños héroes solitarios  

 

La conspiración (2007), escrita y dirigida por Paul Haggis, cuyo título en español pierde la significativa referencia a la Biblia del original en inglés, In the Valley of Elah, es una película que se inscribe en la línea de El sospechoso, de Gavin Hood (Rendition, 2007), en tanto se propone mostrar cómo la guerra que se libra en el Medio Oriente, como consecuencia de la invasión a Irak, está presente también en territorio de Estados Unidos. En este caso también se trata de la “desaparición” de un ciudadano estadounidense, cuyo paradero las instituciones dicen desconocer como si se tratara del Chile de Pinochet, o Argentina o Uruguay, etcétera, bajo las dictaduras de los setenta, con la diferencia de que en vez de torturada, la víctima aquí es asesinada, descuartizada y quemada. Cualquier parecido con Centroamérica, además de Irak, no es coincidencia: se debe a que es Estados Unidos ha difundido por el mundo estas prácticas salvajes, aunque la mayoría de los ciudadanos de ese país lo ignoren, al parecer.

 

En la película se optó por una estrategia similar a la del clásico Desaparecido, de Costa-Gavras (Missing, 1982), que relata el caso de un estadounidense “desaparecido” en los días inmediatamente posteriores al golpe de Estado en Chile contra el gobierno democrático de Salvador Allende, con el fin de captar para la denuncia la simpatía del espectador conservador, base electoral del gobierno de Bush: el protagonista, Hank Deerfield (Tommy Lee Jones), es un militar de profesión y espíritu en situación de retiro, cuya única lectura parece haber sido la Biblia. De ser así cabe concluir que la inclusión de Susan Sarandon en el reparto, como la esposa de Deerfield, fue un grave error de casting, pues tanto ella como su esposo, Tim Robbins, están entre los liberales radicales más conspicuos de Hollywood, y debe causar un rechazo automático entre los simpatizantes del Partido Republicano.

 

Una llamada que recibe Deerfield, de una persona no identificada que le informa que su hijo, Mike, ha vuelto del frente de batalla, en Irak, pone en marcha la historia. Cuando el protagonista llega a la base donde él debería estar acuartelado, nadie sabe dónde está, hasta que su cadáver aparece poco después en un monte. El lugar del hallazgo es zona militar, por lo que el caso pasa a la jurisdicción de las fuerzas armadas. Sutilmente el filme señala así un detalle que revela el deterioro causado en Estados Unidos por la maquinaria guerrera del país: allí, muy lejos de Irak, existen zonas donde los militares ejercen el poder sobre los alistados y donde tienen una injerencia limitada o nula las instituciones que protegen los derechos ciudadanos en la sociedad democrática.

 


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Pero lo más importante es que el filme advierte de que los crímenes de guerra tampoco pueden quedar relegados a lo lejos, fuera del territorio de la nación que ha entrenado a algunos de sus ciudadanos y a gente de otros países para cometerlos. Qué hacer con los cientos de miles de estadounidenses jóvenes que ha convertido en monstruos asesinos su participación en esa guerra atroz, cuando vuelvan a casa y tengan la responsabilidad de construir el futuro de su país como ciudadanos de una sociedad democrática, es la pregunta que pone sobre el tapete La conspiración. Al igual que El Salvador, por poner un ejemplo, quizás Estados Unidos tenga que plantearse y resolver un problema de reconciliación de las fuerzas armadas con el país, aunque sus tropas hayan luchado en el extranjero, lo cual sólo sería posible como consecuencia de un profundo movimiento social que exija cambios. Traer los muchachos de vuelta a casa sin hacer eso sería importar la guerra sucia.

 

Pero parece haber en la película otra respuesta a ese problema, y es la que indica el título bíblico: el valle de Elah es el lugar donde el pequeño David derrotó al gigante Goliat. El hecho de que Deerfield encuentre la ayuda de la detective Emily Sanders (Charlize Theron) para emprender la búsqueda de justicia para su hijo parece indicar que la voluntad de los pequeños héroes solitarios que son, en ciertas circunstancias, los individuos luchadores, podría contribuir a devolverle la salud a las instituciones enfermas, recurriendo a esas mismas instituciones. Los tribunales, si volvieran a funcionar bien por la voluntad de esta buena gente, se encargarían de purgar a la sociedad de los demonios que han salido del infierno de la guerra. Eso es lo que plantea la cinta, a pesar del epílogo pesimista.

 

Semejante solución, firmemente arraigada en las tradiciones estadounidenses, resulta sin embargo paradójica, en la medida en que primero plantea la corrupción de las instituciones y después la pasa por alto, al confiar en que puedan volver a funcionar bien por la tenacidad de los que recurren a ellas. El problema de fondo que La conspiración no puede denunciar es el temor que hay en Estados Unidos a movimientos políticos que pudieran expresar su rechazo a la guerra, y presionar para que haya un cambio en las políticas que han llevado a las fuerzas armadas a invadir Irak y Afganistán, mediante manifestaciones y otras acciones de masas, además del voto y los procesos judiciales. Representar esa solución no es admisible en una película del sistema, como son todas las de Hollywood. La parábola bíblica se manifiesta así también como expresión de la mentalidad de los liberales, que exaltan el individuo pero recelan de la multitud, y que de esta manera se ponen al cuello la soga con la que gobiernos como el de Bush pueden ahorcar la libertad y la democracia.

 

LA CONSPIRACIÓN

In the Valley of Elah, Estados Unidos, 2007

 

Dirección y guión: Paul Haggis. Producción: Paul Haggis, Laurence Becsey, Darlene Caamano, Steve Samuels, Patrick Wachsberger. Diseño de producción: Laurence Bennett. Fotografía: Roger Deakins. Montaje: Jo Francis. Sonido: Scott Martin Gershin. Música: Mark Isham. Elenco: Tommy Lee Jones (Hank Deerfield), Charlize Theron (detective Emily Sanders), Susan Sarandon (Joan Deerfield), Jason Patrick (teniente Kirklander), James Franco (sargento Dan Carnelli), Barry Corbin (Arnold Bickman), Josh Brolin (jefe Buchwald). Duración: 121 minutos. Formato: 35 mm anamórfico con intermedio digital, 2,35:1, DTS, Dolby Digital, SDDS.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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