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críticas

La reina
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La princesa mediática  

 

En el desfile habría una representación de todas las obras de caridad con las que contribuía la difunta. Además, un cortejo de celebridades, encabezado por Elton John. Esta descripción de los planes para el funeral –una adaptación pop de la ceremonia prevista para el entierro de la Reina Madre– resumen, más que lo que la díscola mujer hizo en vida, el rechazo de la familia real británica hacia la princesa Diana en el filme La reina de Stephen Frears (The Queen, 2006). El problema que trabaja la cinta es el de la irrupción del poder mediático en el coto de caza de las instituciones políticas fundamentales: la Corona y el Parlamento. ¿Cómo puede afrontar una desafiante novedad aquello cuya esencia es, justamente, permanecer?

 

En contraste entre los poderes que representan el sentimiento popular hacia Diana, por una parte, y la reina y el primer ministro, por la otra, es mostrado en el filme, en primer lugar, mediante el contraste de texturas entre las escenas de la ficción y las tomas de archivo de televisión, en las que la princesa es la protagonista. Asimismo, las imágenes que muestran a la casa real fueron registradas en un faustuoso 35 mm, mientras que a Blair, su familia y su equipo fueron filmados en un formato más plebeyo: 16 mm. En comparación con el choque de texturas entre las imágenes, sólo en un lejano segundo plano narrativo se manifiesta la presión difusa sobre los poderes políticos establecidos de aquello que es llamado “opinión pública”. Ese clamor sentimental de la gente se expresa de una forma desarticulada, hasta que un estratega de imagen del partido que supuestamente expresa los intereses de la clase trabajadora encuentra un eslogan para convertirlo en una “causa”. Blair sigue el consejo y otorga a Diana, en un discurso, el paradójico título de “Princesa del Pueblo”.

 

 
Trailer de La reina
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Santo remedio, al menos para los Nuevos Laboristas. El proceso con la reina es más lento. Además del odio personal y familiar hacia la ex del príncipe de Gales, la manera de actuar de Isabel II expresa el peso de una tradición que se inició en 1.066, y en comparación con la cual los fenómenos de la cultura de masas, incluida la democracia parlamentaria y la existencia de un Partido Laborista, no pueden lucir sino como simples anécdotas. Por ello, la primera reacción de la monarca en el filme consiste en ser más reina que nunca, es decir, en darle la espalda a la plebe y sumergirse en el mundillo nobiliario de los viajes con la corte al campo para dedicarse a la cacería. Lo único que ha cambiado bajo la luz del sol, pareciera pensar la reina, es que los Land Rover han sustituido a los caballos.

 

La historia, sin embargo, se desarrolla hacia un triunfo de la negociación política sobre las estrategias de demarcación de las diferencias estamentales. Como expresión de identidad de una clase social, y del orgullo de sus integrantes, la actuación de la familia real es inútil y peligrosa. El verdadero papel de la testa coronada es mantener la paz y la estabilidad del reino. En ello coinciden sus intereses con los del representante de los comunes, Tony Blair.

 

La construcción del personaje por parte de Michael Sheen es deficiente, y el primer ministro termina pareciendo un lector de la revista Hola, deslumbrado por la pompa de la monarquía. Sin embargo, las escenas finales, que lo muestran desempeñando el mismo papel, al lado de Isabel, que correspondió cumplir a sus ilustres predecesores junto con sus respectivos reyes y reinas, hacen manifiesto que el lugar de la política tradicional, en la sociedad contemporánea, sólo puede mantenerse si se conservan, frente a toda amenaza de cambio, los juegos de poder que se desarrollan a través del cumplimiento ritual de las reglas que rigen el funcionamiento de las instituciones. En cuanto a fenómenos como el de Diana, lo que cuenta es canalizarlos de manera tal que se agoten por sí mismos, como todas las pasiones populares histéricas que desencadenan los medios de comunicación.

 

Pero ese triunfo de la política tradicional es paradójico: ella gana en la medida en que se cierra sobre sí misma, de espaldas a todo lo que oscuramente se agita en los sentimientos al parecer desarticulados de la multitud. Este filme, que pudo ser brillante si la actuación de Helen Mireen como Isabel II hubiese encontrado pares en el resto del elenco, deja así sin resolver un problema que en Venezuela halló una respuesta que ha cambiado por completo la política y ha producido importantes transformaciones en la sociedad, a través de la figura de un líder popular antipolítico: Hugo Chávez. El presidente hizo caída limpia en el escenario de un régimen democrático decadente con una fuerza superior a la de las armas con las que intentó derrocar al Gobierno: unos segundos de televisión y una frase tan enigmática y pegajosa como “Princesa del Pueblo”: “Por ahora y para siempre”.

 

LA REINA

The Queen, Gran Bretaña-Francia-Italia, 2006

 

Dirección: Stephen Frears. Guión: Peter Morgan. Producción: Andy Harries, Christine Langan, Tracey Seaward. Diseño de producción: Alan McDonald. Fotografía: Affonso Beato. Montaje: Lucia Zucchetti. Música: Alexandre Desplat. Elenco: Helen Mirren (la reina), Michael Sheen (Tony Blair), Alex Jennings (príncipe Carlos), James Cromwell (príncipe Felipe), Helen McCrory (Cherie Blair). Duración: 103 minutos. 1,85: 1. Filmado y grabado en 16 mm, 35 mm y video (imágenes de archivo), Color, Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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