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críticas
Contemplación y
música
La
calidad de la muestra competitiva de largometrajes de ficción del
Segundo Festival de Cine de los Pueblos del Sur compensó los múltiples
inconvenientes ocasionados por la mala organización. Fue una ocasión
excepcional para disfrutar, por ejemplo, de El grano, de Petrus
Camiri (O grao, 2007), y Garoto cósmico, de Alê Abreu,
cintas brasileñas que ni siquiera están en Internet Movie Data Base
todavía pero parecen destinadas a hacer olas dentro de poco. También
destacaron Cumbia callera, de René Villareal (México, 2007), la
cual resultó ser la principal contendora de El grano, que ganó el
premio al mejor largo de ficción, y La clase, dirigida por José
Antonio Varela (2007). Los invitados extranjeros con los que tuve la
oportunidad de conversar quizás valoraron con más justicia y menos
prejuicios que el público y la crítica venezolanos esta cinta de la
Villa del Cine, basada en una novela del ex ministro de la cultura,
Francisco Sesto. Con la excepción de la incomprensible inclusión de
Casa de remolienda, de Joaquín Eyzaguirre (Chile, 2007), la muestra
fue a la vez el resultado de una selección basada en la calidad y en la
escogencia de títulos representativos de un cine que en su mayoría no es
el de las alfombras rojas ni los flashes de los paparazzi. La claridad
de este perfil sigue siendo el acierto del festival.
El grano
parece inscribirse en la
corriente contemplativa del cine latinoamericano actual, entre cuyos
ejemplos más radicales están Los muertos, de Lisandro Alonso
(Argentina, 2004), y Hamaca paraguaya, de Paz Encina (Paraguay,
2006). Es un filme de ambientación rural que intenta capturar, a través
de su fotografía y del ritmo pausado del montaje, la forma como el
tiempo transcurre en esa realidad, lo cual contrasta con el frenesí que
suele ser característico de la televisión y del cine hollywoodense. No
obstante, el filme de Cariri constituye un intento de trascender la
contemplación para crear una tensión que se establece principalmente
entre las imágenes del campo y el cuento fantástico para niños del que
toma el título la película. Ese relato oral trata de afrontar con la
poesía la certeza ineludible de la muerte, a la vez que el misterio de
la vida es evocado mediante imágenes en las que el realismo se llena de
una carga poética enigmática: un bote semihundido en las aguas de un
río, la manera como el vaivén de las aguas hace chocar un madero que
flota, etcétera. En esto reside el principal atractivo de la cinta, así
como en la belleza de la fotografía.
Un
similar deseo de trascender la contemplación está presente, aunque no
igualmente consumado, en El amarillo (Argentina, 2006). Se trata
de otro filme de ambientación rural que intenta captar fielmente el
ritmo de la vida en el campo, y la tensión se establece allí entre lo
que claramente proviene de la mencionada corriente del cine
latinoamericano actual y un mundo de melodrama musical arrabalero, cuyas
raíces se afincan hondamente en el imaginario de la cultura popular en
la región. Del misterio de la realidad que puede hallarse más allá de
los linderos de las grandes ciudades hasta el fondo del misterio de los
tópicos de una música a la que se atribuyen míticos orígenes
prostibularios se propone ir el filme de Sergio Mazza. Sin embargo,
contra ello conspiran actuaciones a las que la inmovilidad las carga de
una tensión que contradice la vivencia del tiempo que quieren expresar y
una fotografía en video echada a perder por un defectuoso inflado a 35
mm.
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La
música es también el eje de Cumbia callera, como claramente lo
indica el título. Se trata, específicamente, de la subcultura juvenil
que se teje alrededor de los seguidores de la cumbia colombiana en
Monterrey, en México, provenientes de un sector social marginado. Esto
último se manifiesta también en la forma de vestir y comportarse de dos
de los personajes que integran el trío protagonista: dos muchachos, uno
de clase media y otro obrero, que están enamorados de una chica que
limpia en una peluquería y vive en una casa en ruinas, que bien podría
estar ocupada ilegalmente.
Más
allá del cruce entre las clases sociales y el triángulo amoroso, que es
un típico tema telenovelesco del cual la película se burla mediante una
cita textual del cuento de Cenicienta, la película destaca por la
apuesta de un cine sin diálogos en el que lo que piensan y sienten los
personajes se expresa a través de la música. Es prácticamente un
videoclip de hora y media de duración Cumbia callera, que también
busca captar la atención del público joven a través del fuerte erotismo
que la impregna, desde los planos cerrados que recorren el cuerpo de la
Cori (Fernanda García Castañeda), al comienzo, y a todo lo largo del
filme hasta el final, aunque las escenas de sexo propiamente dicho sean
pocas. Si bien reducir al mínimo o prescindir de los diálogos es algo
que anteriormente hizo Paul Leduc en el cine mexicano, por ejemplo, la
originalidad de René Villarreal consiste en intentar acercarse a la
juventud con una obra que es completamente insólita si se la considera
en relación con la parlanchina televisión que consume ese público. Se
trata, además, de la esperada ópera prima de profesional del cine que ha
desarrollado una carrera como asistente de dirección en una larga lista
de cintas que comprende desde Santa Sangre, de Alejandro
Jodorowsky (1989), y El callejón de los milagros, de Jorge Fons
(1995), hasta Bordertown, de Gregory Nava (2006), que actualmente
está en cartelera en Venezuela.
Otros
dos filmes sobresalieron en la muestra además de Postales de
Leningrado y La clase, que fueron comentadas en Vértigo
cuando se estrenaron y sobre las cuales no cabe agregar nada más
aquí. Son Partes usadas, de Aarón Fernández (México, 2007), y la
antes mencionada Garoto cósmico. La película de Fernández se
inscribe en la dilatada tradición latinoamericana de cine sobre jóvenes
que viven de cometer delitos o al borde la criminalidad, en la cual
destacan, en primer lugar, Los olvidados, de Luis Buñuel (México,
1959), y también Soy un delincuente, de Clemente de la Cerda
(Venezuela, 1976); Rodrigo D: No futuro, de Víctor Gaviria
(Colombia, 1990), y Perfume de violetas, de Marissa Sistach
(México, 2001), por ejemplo. No es, por tanto, una cinta original,
aunque despierta interés por el detalle con el que aborda el submundo de
los que desvalijan carros para vender las piezas robadas. Se distingue,
además, por las buenas actuaciones, en especial la de Alan Chávez, quien
ganó el premio Ariel por su papel en la cinta.
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Garoto cósmico
es uno de los largometraje de animación que comienzan a realizarse cada
vez con mayor frecuencia en América Latina, aunque aun no son muchos. Si
bien el filme de Abreu tiene como principal handicap la precariedad
técnica, lo cual constituye un riesgo en tiempos en los que la animación
estadounidense se prepara para dar el salto del 3D bidimensional al cine
proyectado en 3D, compensa eso con una historia de imaginación delirante
y que prescinde por completo de la violencia sin caer en los tópicos de
una ternura sintética. Hacer algo diferente, al margen de los productos
para niños que predominan en el mercado del cine y la televisión, es
incluso el tema de esta inteligente cinta, en la cual los héroes son
expulsados de un mundo frío y lleno de un miedo creado en torno a
enemigos inventados, y en vez de quedar en el limbo encuentran una
alternativa: divertirse con las cosas que suelen considerarse
anticuadas, utilizando como principal recurso la imaginación. Del modelo
Disney el director tomó lo mejor: las canciones, que se basan todas en
la música popular brasileña, sin caer nunca en un nacionalismo forzado
ni acartonado.
Aparte de la calidad de las películas cabe destacar una buena noticia
que llegó a Coro con el festival: la instalación de un excelente
proyector de 35 mm en el rescatado cine Miranda, que hasta hace poco más
de un año era un lugar en ruinas, completamente abandonado. Si bien no
parece haber otra razón que el azar para que el equipo de la Cinemateca
Nacional, que antes era esporádicamente usado en el Teatro Teresa
Carreño, haya tenido como destino final esa ciudad, en vez de Mérida,
Maracay o Valencia, por ejemplo, que cuentan con un público de cine
formado, o Barquisimeto o Puerto La Cruz, que tienen muchos más
habitantes –al Centro de Arte Lía Bermúdez de Maracaibo la Cinemateca le
aportó hace varios años un proyector–, siempre es un motivo para
celebrar que más gente, fuera de Caracas, vaya a tener más oportunidades
de acceder al cine de calidad. El cine Miranda, además, cuenta con un
proyector de video como los que la misma Cinemateca ha instalado en las
salas que ha construido fuera de la capital, y es una sala céntrica, más
acogedora que la del Celarg y con más butacas. Que la bailen y que la
gocen, pues, los falconianos.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |