Momento: Porción de
tiempo muy breve en relación con otra. Memento: (del latín
memento, acuérdate), hacer uno sus momentos; frase
figurativa, detenerse a discurrir con
particular atención y estudio lo que le importa.
Diccionario de la
Real Academia Española
Pauline Kael, figura
icónica del acontecer crítico, acotaba, mientras reseñaba el
film Fresas salvajes de Ingmar Bergman: “¿Y cuántos
films nos ofrecen siquiera un momento memorable?” (a). Como
aquel emblemático personaje de Marcel Proust que se
maravilló al degustar pausadamente las magdalenas pues le
recordaban, por asociación de tiempo y lugar, momentos de su
vida que afloraron en ese instante , el espectador (o cada
uno de nosotros), conserva a su manera sus momentos en el
“enorme edifico que representa la memoria”, para parafrasear
lo escrito por el autor de En búsqueda del tiempo perdido.
Es vox populi (en la literatura, en el
cine, aunque a mí no me consta), que en los momentos antes
del respiro final, el moribundo observa cómo su vida se
desarrolla como en un film, cerrándose el ciclo a una
velocidad sideral (quizás algún día la ciencia sepa
precisarlo). Mucho me gustaría que me preguntaran, en el
lecho de muerte (pero ahora me adelanto pues me solicitaron
este artículo) cuáles films recordaría con fruición, de la
misma forma como cuando uno es abordado con la pregunta
banal de cuáles libros se llevaría exilado a una isla
desierta, respondería que sí, que sí escogería algunos, pero
no films enteros, sino escenas de ellos. Es de hacer notar
que no aparece ningún film de efectos técnicos (de
cámara digital, de magia cibernética, los últimos y
penúltimos avances en tecnología digital et al), de
androides ni de conquistas intergalácticas pues si bien, uno
queda pasmado y boquiabierto ante tanta imaginación y
fantasía, al final del cuento se pasa el momento, pero no
trasciende por ser todo un concepto y una vivencia
impersonal y cada quién reacciona como le dicta su
naturaleza.
Recapitulando, y a
vuelo de pájaro, estos momentos de films –mementos mori
ostreros– no representan films de calidad , ni por su
estética, ni por su actuación, (aunque estos rasgos podrían
estar presentes, y otros considerados por la crítica
internacional como obras maestras) sino por la
particularidad de ciertas escenas y que, subjetivamente –y
es lo que me importa a fin de cuentas– lograron impactarme
sobremanera en su tiempo y ahora.
Entre una miríada,
figuran, entre los más descollantes:
1) El momento cuando
Marilyn Monroe (en su penúltimo film) aparece por primera
vez en escena en Los inadaptados de John Huston que
con su sola presencia opaca a los otros dos protagonistas,
que tampoco eran ningunos pelagatos: Clark Gable y
Montgomery Clift, ambos en su último film. No es cuestión de
actuación (la Monroe nunca fue gran actriz) sino de
carisma, de allure como gustan decir los franceses :
no en vano el mito aún perdura.
2) La escena final
de Cuando éramos felices de Sydney Pollack cuando se
topan en la calle por casualidad Barbara Streisand y Robert
Redford frente al Hotel Plaza en Nueva York, ella, la
eterna luchadora por justos ideales, él, débil ante su
postura existencial. Al confrontarse sus miradas, ambos se
retrotraen a los momentos felices que juntos compartieron y
su posterior separación por la incompatibilidad de
armonizar posiciones políticas y sociales antagónicas. Pero
es la Streisand, en ese instante , cuando la cámara la
enfoca en un primer plano, que con sus gestos resumen toda
una vida de intensidad, de entrega y dolor.
3) La escena de Mata Hari de Jean
Louis Richard, con guión de François Truffaut, cuando Jeanne
Moreau, que interpreta a la seductora espía de la isla de
Java durante la Primera Guerra Mundial, es conducida al
pelotón de fusilamiento arrastrando tras de sí un aire de
seguridad, desafío, burlándose del mundo sin ningún
remordimiento y de feliz soberbia. Otro ejemplo de presencia
y no sé si esta actitud actoral tenga algo que ver pues
Richard era marido de la Moreau, en aquél entonces.
4) Trepadora y sin
escrúpulos, Irene Ferramonti (Dominique Sanda) arrasa con
todo obstáculo para obtener lo que quiere como una alumna
decimonónica y brillante de Maquiavelo y al entrar a la
fiesta, tal como la vemos en La herencia Ferramonti
de Mauro Bolognini, su rostro de satisfacción, como un
animal pletórico de seducción y rapiña y sus movimientos
acordes a sus planes, quedan en la memoria décadas después
(obtuvo el premio como mejor actriz en el Festival de
Cannes). Otra escena, pero en otro film donde interpreta a
una hermana, tal vez incestuosa, en El jardín de los
Finzi-Contini de Vittorio de Sica, cuando en la Ferrara
fascista llevan a la familia arrestada a un campo de
concentración por ser judíos, el gendarme le increpa: “Usted
es Nicole Finzi-Contini?” y ella le responde “Micol”. Se
requiere de cierta estámina, moral y física para enfrentar
una humillación a un miembro de una familia de la alta
burguesía y Dominque Sanda lo trasmite con displicente
naturalidad.
5) Siempre consideré
a Vittorio de Sica como el más compasivo de los directores.
Sus films Lustrabotas y Umberto D, así lo
demuestran. Otro gran director, Satyatij Ray, también
admiraba al maestro neorrealista por la forma de cómo usaba
la cámara que se adentraba en el alma de los personajes y
no había barrera entre el espectador y lo que estaba
ocurriendo en la imagen en movimiento, de tal forma que
compartimos la soledad, el desamparo y las angustias de
todos ellos. En una escena de Ladrón de Bicicletas,
Bruno (Enzo Staiola, que fue escogido cuando tenía 7 años
mientras caminaba por una calle de Roma) acompaña a su padre
(Lamberto Maggiorani) a un restorán popular después que le
robaron su bicicleta, su único instrumento de trabajo y no
pudiendo comer mucho pues carecían de recursos, observa a
los demás comensales, entre ellos niños de su edad ante el
jolgorio y la abundancia de comida, y la cámara se detiene
en el rostro de Bruno que vibra como una caja de emoción,
de resonancias, de trascendencia humana.
a) Pauline Kael, Kiss kiss, Bang, bang, Atlantic
Monthly Press, 1968, pág. 369.