El terrorista con rostro humano
Hay productos que andan por ahí, no a la búsqueda de un
autor, como en el título de Pirandello, sino de una marca.
Es el caso de la coproducción palestina Paradise Now
(2005) de Hany Abu-Assad. El emblema de la Warner
“Independent” Pictures que aparece al comienzo de la cinta
–las comillas no son de la compañía– expresa el cumplimiento
del destino al que probablemente aspiraba desde que comenzó
a ser concebida. El filme no puede ser más Warner
friendly o, lo que es lo mismo, amigable para el
público de Occidente. A pesar de que los protagonistas son
monstruos que han creado los medios trasnacionales de
información, trata de mostrar el lado humano de dos
hombres-bomba que deciden volarse en pedazos, y llevarse
consigo al mayor número de soldados y civiles posible, para
liberar a su patria de la ocupación de Israel. Pero esa
“humanidad” no parece ser otra que la que suele revelarse en
los programas de entrevistas de esos mismos medios falaces.

Said (Kais Nashif) y Khaled (Alí Suliman) son dos
muchachones que trabajan en un taller mecánico y gustan
pasar sus ratos libres contemplando desde una colina el
no future de Nablus. Lo mismo que haría cualquier joven
de la misma edad en las suburbias estadounidenses. La
diferencia es que ellos fuman tabaco en un narguile y toman
té, en vez de emborracharse con marihuana y cervezas. Said
es meditabundo y reservado, mientras que Khaled es expresivo
y temperamental. Esto último le cuesta el despido por una
rabieta.
Aparecen entonces dos personajes. Jamal (Amer Hlelel) surge
de las sombras de la clandestinidad para anunciar a Said que
ha llegado la hora de llevar a la práctica el compromiso
nacionalista que ha manifestado, puesto que ha sido
seleccionado para participar en una “operación” –léase
“atentado”– en Israel. Suha (Lubna Azabal, la chica árabe
moderna oficial del cine en este momento) ha regresado del
exilio con la convicción de que Palestina necesita una
suerte de Martin Luther King que la redima. Pero su interés
más inmediato parece ser Said, a quien no deja de insinuar
que le gusta. Como era de esperarse, Khaled acepta la misión
con el entusiasmo impulsivo que corresponde a su personaje
mientras que Said parece estar siempre sumido en una
meditación a la cual quizás se haya sumado el tema de Suha,
con quien se reúne antes de partir a la misión.
El azar y la aparente traición de un israelí, sobornado para
participar en una masacre de sus compatriotas, impiden que
la operación no pueda ejecutarse tal como había sido
planeada. Khaled y Said, separados en el curso de la acción,
y por supuesto Suha, quien se une al primero para tratar de
encontrar a su amor, comienzan a buscarse el uno al otro en
una hollywoodense persecución por las calles de Nablus, el
primero cargado aún de explosivos.
La búsqueda es también reexamen que cada uno hace de sí
mismo y de su decisión. Ese es el gran acierto del filme:
mostrar primero que hay Palestinos que parece gente común y
corriente, y que están dispuestos a inmolarse en atentados
terroristas, y describir luego el proceso por el que puede
llegarse a tomar esa decisión, tras una detenida
consideración de las implicaciones. Asimismo es atinado el
retrato del grupo de combatientes: se los muestra, en primer
lugar, como patriotas y sólo por añadidura se hace ver que
sus acciones tienen contenido religioso. El cliché del
terrorista islámico talla única que difunden los medios
trasnacionales es acertadamente puesto en cuestión de esta
manera.


El problema es, como se dijo, el criterio de “humanidad” por
el que se optó para hacer ver que los protagonistas del
filme no son monstruos fanáticos, cuya razón ha sido
enceguecida por una rabiosa fe. Lo que se muestra como “lado
humano” es que Said y Khaled son capaces de tirarse en la
grama a conversar como cualquier par de amigos de Estados
Unidos o Europa, que Said tiene una madre cariñosa y
abnegada, y un hermano hablador y travieso, como un niño
cualquiera, que tiene sentimientos y que es tímido para
expresarlos ante una mujer apabullante como Suha. Pero,
justamente, el problema del pueblo palestino es que su
humanidad es negada por la opresión a la que lo somete
Israel: está encerrado en territorios que son como campos de
concentración, y que no pueden ser abandonados sin permiso;
se le niega el derecho a desarrollar una economía
sustentable e incluso a trabajar para los opresores; se le
mantiene, por tanto, sumido en la miseria, y no sólo se le
extermina por métodos militares sino también mediante la
contaminación de sus fuentes de agua. Los envenenan como a
las ratas, en otras palabras.
Si bien algunas de estas cosas son mencionadas en el filme,
ello ocurre sólo en los parlamentos de los personajes. La
película no muestra lo que innumerables documentales hacen
ver de la tragedia cotidiana que es la supervivencia de los
palestinos bajo las condiciones que les impone Israel, y, al
no hacerlo, las palabras de denuncia no son sino palabras.
No basta que un altisonante Said diga: “Bajo la ocupación ya
estamos muertos”. Hay que ver esa muerte diaria, si se trata
de cine. Además, sin la consideración de la dimensión social
y económica, “humanidad” es un concepto abstracto. Peor aun:
un maquillaje de la condición inhumana a la que han sido
reducidos los palestinos por Israel.
Si se hubieran considerado estos aspectos, la película
quizás habría tenido que partir de la premisa contraria: en
vez de hacer ver que los monstruos del terrorismo son, en el
fondo, tan humanos como cualquier hijo de vecino
estadounidense o europeo, habría debido mostrar cómo los
humanos llegan a convertirse en monstruosos terroristas.
Entre la necesidad de tener patria y de la imposibilidad de
recurrir a otros medios para librar el combate por la
independencia, por una parte, y la decisión de suicidarse
para matar enemigos y civiles inocentes, por la otra,
faltarán siempre eslabones lógicos, a menos que logre
señalarse y mostrarse bajo qué circunstancias y cómo se
produce ese razonar que de otra forma sería carente de
razón, y eso no está en la película. Por ello los
realizadores se ven obligados a hacer trampa: al final, Said
se dispone a ejecutar la “operación” en un autobús lleno de
soldados, mientras que al principio no es capaz de hacer
volar un vehículo en el que viajan principalmente civiles,
incluidos mujeres y bebés. El problema es, justamente, que
bebés y mujeres mueren también en los atentados terroristas.
También hay omisiones otras graves en el filme. La primera
de ellas se refiere al muro construido por el gobierno de
Israel para separar lo que considera su territorio de las
tierras que supone que deben dejarse a los palestinos. Ese
muro tiene como supuesto fin evitar que se cometan atentados
como el que se planea en la película, por lo que Paradise
Now, paradójicamente, daría la razón a quienes lo
idearon y edificaron. Asimismo, la cinta omite los
conflictos entre las diversas facciones que luchan por la
liberación de Palestina. Si bien se considera
sarcásticamente la industria cultural en la que han devenido
la resistencia y el martirio, que producen videos que pueden
alquilarse o comprarse en las tiendas, no pone de relieve
que, cuando la lucha contra el enemigo común es con armas,
no hay razones para que las disputas internas sean dirimidas
de otra manera que con sangre. Esta es otra de las razones
por las cuales es ridículo el discurso derechohumanista de
la “progresista” Suha. Nada de eso se considera en la
película y es la noticia de estos días en la prensa.
Warner Independent Pictures no decidió incorporar esta
película a su catálogo por razones políticas sino
comerciales. Por tanto, los responsables de adquisiciones en
la firma han de considerar que se trata de una cinta sobre
el terrorismo lo suficientemente potable como para que sea
aceptada y vista por el número de espectadores necesario
para recuperar la inversión y producir las ganancias
calculadas. Esta es la primera de las dos caras de la
tragedia de los mensajes de contrainformación que pretenden
insertarse en las entrañas de un monstruo como la WBP –sin
la “I” de “ironía” esta vez–: para poder mostrar allí una
realidad hay que ocultar mucho de lo que la gente debería
ver para conocerla. La segunda es que los canales en los que
podrían mostrarse la cosa sin ocultamientos son mucho menos
vistos. Aunque tenga la posibilidad de conocer la verdad,
mucha gente prefiere engañarse, y a esa demanda responde en
el fondo Paradise Now como producto de la WIP.
PARADISE NOW
Palestina-Francia-Alemania-Holanda-Israel, 2005
Dirección: Hany Abu-Assad. Guión: Hany Abu-Assad, Bero Beyer,
Pierre Hodgson. Producción: Bero Beyer. Diseño de
producción: Olivier Meidinger. Fotografía: Antoine Hérbelé.
Montaje: Sander Vos. Sonido: Uwe Hausig. Edición de sonido: Noemi Hampel.
Música: Jina Sumedi. Elenco: Kais Nashif
(Said), Ali Suliman (Khaled), Lubna Azabal (Suha), Amer
Hlehel (Jamal), Hiam Abass (madre de Said). Duración: 90
minutos. 2,35:1, 35 mm, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info