02/08
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críticas

Petróleo sangriento
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Estiércol del diablo  

 

Resulta tan obvio que es casi tonto escribir “el petróleo es uno de los problemas cruciales de la época actual”. Sería por completo una idiotez decirlo si no hubiera gente capaz de pasar por el tema como si nada. El peor de los simulacros consiste en abordar un asunto que es vital para la humanidad, y plantearlo en términos tales que lleven a la conclusión de que no hay nada nuevo allí, al menos nada que no se pueda ver por encima del hombro y responder con una risita. Y eso es lo que ocurre en Petróleo sangriento de Paul Thomas Anderson (There Will Be Blood, 2007).

 

La historia comienza en 1989, pero Petróleo sangriento es una película de 1927, el año en que fue publicada la novela de Upton Sinclair en la que está inspirada, Oil!, sólo que a color y con sonido. Incluso se trata de un filme que, no digamos que ignora las cuestiones de las que se ocupa Syriana (2005), por poner un ejemplo del siglo XXI, sino que ni siquiera considera el problema del monopolio de la Standard Oil, disuelto por una sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos en 1911. La cuestión petrolera no es algo que tenga que ver con el Gobierno ni con las grandes empresas. Por el contrario, es asunto de pioneros, como una segunda fiebre del oro. De hecho, la película comienza con un minero que se topa con el petróleo por accidente. Sin embargo, ni siquiera la fiebre es propiamente el tema, puesto que, desde el principio, el protagonista, Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) se presenta como contagiado por una irrefrenable codicia. Es codicioso por naturaleza, y punto.

 

El mundo, en consecuencia, es malo porque los hombres son malvados. Esa es la tesis con la que el filme se saca de encima cualquier consideración que trascienda la moral así entendida, como las que plantearía el caso de la petrolera fundada por John D. Rockefeller, por no hablar de las siete hermanas y la geopolítica de los hidrocarburos. Es por eso es que Petróleo sangriento es una mala versión del clásico Avaricia (Greed, 1924). Mala copia, porque el protagonista del filme de Erich von Stroheim, que vive miserablemente para no gastar su tesoro, gana una fortuna con un boleto de lotería. El de la cinta de Anderson, en cambio, lo hace participando en un negocio que ya para entonces tenía repercusiones mundiales, y no por azar.

 

La contraparte necesaria de las fieras como Plainview son los tontos que se dejan devorar por su estupidez, como Abel Sunday (David Willis), que permite que el inescrupuloso petrolero se adueñe de sus tierras para extraer el producto prácticamente por nada. Esa imbecilidad tiene como correlato, a su vez, la devoción religiosa, la cual también permite que los feligreses sean víctimas de predicadores embaucadores como Eli Sunday (Paul Dano). Son tontos por partida doble, en síntesis, y nada más. Pareciera que Petróleo sangriento plantea así la cuestión de las relaciones entre la derecha religiosa estadounidense, cuyo fanatismo se deriva del ascendiente de iluminados como Sunday, que basa su iglesia en una “tercera revelación” personal. Pero tampoco: lo que hay en la película no pasa del enfrentamiento caricaturesco de dos estafadores que quieren sacar provecho de la misma plebe ignorante. Es importante subrayar, además, que la película suscribe la tesis que constituye la piedra angular del conservadurismo: el hombre debe sus males a la corrupción moral.

 

Cómo el realizador de la lúcida Boggie Nights (1997), con su irónico paralelismo entre la historia de Estados Unidos y la de la industria del cine porno, pudo haber llegado a hacer Petróleo sangriento es un inquietante misterio. Lo cierto es que allí sucede lo que le pasa al discurso que pretende ser mordazmente crítico pero carece de ideas: sólo le queda la risita.

 

PETRÓLEO SANGRIENTO

There Will Be Blood, Estados Unidos, 2007

 

Dirección: Paul Thomas Anderson. Guión: Paul Thomas Anderson, basado en la novela Oil! de Upton Sinclair. Producción: Paul Thomas Anderson, Daniel Lupi, Jo Anne Sellar. Diseño de producción: Jack Fisk. Fotografía: Robert Elswit. Montaje: Dylan Tichenor. Sonido: Christopher Scarabosio. Música: Johnny Geenwood. Elenco: Daniel Day-Lewis (Daniel Plainview), Paul Dano (Paul y Eli Sunday), Dillon Freasier (H. W. Plainview), Kevin J. O’Connor (Henry Brands), Cirán Hinds (Fletcher Hamilton), Barry Del Sherman (H. B. Ailman), Colleen Foy (Mary Sunday), Paul F. Tompkins (Prescott). Duración: 158 minutos. 35 mm, 2,35:1, color, Dolby Digital, DTS, SDDS.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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