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críticas
La vecindad de
Almodóvar
Tapas
es una opera prima que,
paradójicamente, muestra síntomas de agotamiento. El filme de José
Corbacho y Juan Cruz (España, 2005) toma un personaje y algunas
situaciones que podrían considerarse como típicamente almodovarianas, y
los reinserta en lo que vendrá a ser una representación menos sarcástica
de la España actual. El problema es que el pretendido realismo excluye
la dimensión social de los problemas, y la confrontación moral que en la
película se plantea, entre el liberalismo y el conservadurismo, que
calan hondo ambos en el alma de los españoles, carece de audacia.
Termina siendo light y nada más.
Doña
Conchi (María Galiana) es un personaje que parece sacado de ¿Qué he
hecho yo para merecer esto!! (1984) y que, por ende, resulta difícil
de creer si no es interpretado por Chus Lampreave. Es una dulce
ancianita cuyo marido está enfermo, que completa sus ingresos mediante
la venta de drogas a los muchachos de un barrio, y que trafica en el bar
de Lolo (Ángel de Andrés López). El dueño del establecimiento, a su vez,
pide a la prostituta de la que es cliente regular que le recite la
alineación de su club en el fútbol para excitarle mientras tienen sexo,
algo que también parece extraído del Kama Sutra según Almodóvar. A ellos
se añade Raquel Merino (Elvira Mínguez), una hermosa mujer madura,
separada de su marido, que no logra hallar sino en Internet el consuelo
para su sexualidad insatisfecha.
Estos
personajes cómicos afrontan situaciones que no lo son, y que plantean
problemas morales que no pueden ser resueltos a punta de sarcasmos. Al
menos no en el mundo de Tapas. Lolo es abandonado por su mujer,
al comienzo del filme, presumiblemente harta de que se le haya relegado
a la cocina del bar y de que no se ocupe tampoco de ella en la cama,
puesto que la satisfacción erótico-deportiva, como se dijo, la procura
el personaje por otros medios. Sin embargo, la mentalidad del hombre le
impide aceptar la realidad, y le lleva a montar un complicado simulacro
para tratar de ocultar a los vecinos lo que fácilmente todos pueden
intuir: que la mujer le ha dejado. Raquel encuentra también otra forma
de calmar sus ansias en un muchacho que trabaja en un supermercado
(Rubén Ochandiano), pero no puede dejar de sentirse avergonzada de estar
con él, aunque el joven le demuestra con toda claridad que gusta de ella
y parece ser también una persona con la madurez suficiente para afrontar
una relación complicada como esa. Doña Conchi, finalmente, se debate
también entre el comercio ilegal que practica y el sufrimiento y la
decadencia física de su marido, a las que una dosis adecuada podría
poner fin, justo a tiempo y para siempre.
Lo
rescatable de la película es que, en la España cuyo Gobierno se ufana de
progresista por haber permitido el casamiento de parejas del mismo sexo,
la gente común todavía tiene problemas para aceptar a los divorciados.
Así que los políticos de avanzada quizás deberían ocuparse un poco más
de los matrimonios que se disuelven, además de legalizar los de nuevo
tipo, si es que realmente pretenden cambiar la sociedad y no sólo
dividirla para amarrar los votos leales a la causa liberal. En relación
con las drogas, el punto de vista de Tapas es todavía más
“progre”: los adultos parecen aceptarlas como una realidad y, para los
consumidores, tanto pueden constituir una simple diversión como pueden
destruir a las personas, lo cual no dependería tanto del producto como
del consumidor. En otras palabras: deberían estar legalizadas para que
Lolo pueda sacarles plata, vendiéndolas en su bar.
El
punto es que en lo que respecta a ninguno de estos problemas los
realizadores, si bien hacen algunos planteamientos que pudieran ser
considerados como progresistas, no parecieran dispuestos a ir mucho más
allá de lo que podría ser aceptado por la gente bienpensante en la sala
de la casa. Dar otros pasos requeriría, por ejemplo, poner todo ese
sentido común liberal en el escenario más amplio de cuestiones sociales.
La combinación de falta de oportunidades de desarrollo personal y cierto
nivel mínimo de seguridad social garantizada, incluso con un mal trabajo
o sin él, podría estar relacionada, por ejemplo, con el problema de la
facilidad de llevar adelante una vida sin responsabilidades, en la cual
se insertaría naturalmente el consumo de drogas, por no hablar de las
cuestiones problemáticas relativas al tráfico. En lo que a los señores y
señoras tocados por el divorcio y el abandono de la pareja respecta, el
tratamiento de estos temas presume en el filme la estabilidad
socioeconómica característica de comerciantes a los que pareciera serles
fácil llegar a ser prósperos. Nada de eso se compagina con la
problemática de las relaciones laborales y los impuestos que hace falta
cobrar para financiar el bienestar de otros, por poner el caso.
El
corolario de estas miopías es el insólito personaje de Mao (Alberto Jo
Lee), quien fue cocinero de hotel de cinco estrellas en Hong Kong y
llega a la tasca de Lolo para sustituir a su mujer. Cuando el patrón le
pregunta por qué se vino de China a España, la respuesta de Mao es “Por
amor”, y lo demuestra la muchacha que le espera todos los días, al salir
del trabajo. Un terrón de azúcar como este era la única manera de
intentar amarrar los cabos que, en lo que a lo social respecta, quedan
sueltos en Tapas.
TAPAS
España-Argentina-México, 2005
Dirección y guión:
José Corbacho, Juan Cruz. Producción: Julio Fernández, Luisa
Matienzo. Fotografía: Guillermo Granillo. Montaje: David
Gallart, Liliana Nadal. Sonido: Nacho Ortúzar. Música:
Pablo Sala. Elenco: Ángel de Andrés López (Lolo), María Galiana
(Doña Conchi), Elvira Mínguez (Raquel Merino), Rubén Ochandiano (César),
Alberto de Mendoza (Don Mariano), Darío Paso (Opo), Alberto Jo Lee (Mao),
Amparo Moreno (Rosalía), Anna Borrachina (Águeda), Blanca Apilánez
(Carmen). Duración: 94 minutos. 35 mm, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |