Una de carritos
La historia comienza en una base militar,
en Qatar. Luego salta a una típica high school
estadounidense, donde un estudiante hace una exposición ante
sus compañeros. Ello justifica un flash back a un relato de
exploraciones polares que se desarrolla a finales del siglo
XIX. Todo esto ocurre al comienzo, donde el director pone
sobre la mesa las cartas con las que jugará durante toda la
película. Luego empiezan a percibirse más claramente otros
cambios: si bien se trata de una cinta de acción,
continuamente parece volverse una comedia de estudiantes,
además de ser, obviamente, una adaptación del mecha
japonés de la televisión al cine hollywoodense, es decir,
del animé de robots, cuyo elemento gráfico central es el
diseño mecánico. Pero tampoco es mecha y nada más: el
uso de la tanques y aviones de combate armadas para atacar a
los robots, y la semejanza de uno de ellos con un escorpión,
al comienzo del filme, traen a colación las clásicas cintas
de criaturas gigantescas, como Tarántula de Jack
Arnold (1955). Transformers, la película dirigida por
Michael Bay (2007), es por tanto no menos Tranformer que
Optimus Prime o Megatron: cambia de forma vertiginosamente,
pasando de un motivo a otro, de uno a otro género.
La cinta, que aparentemente no es otra
cosa que un producto comercial, puesto además al servicio de
la innoble causa de la venta de unos muñequitos para niños
de la Hasbro y unos juguetes para adultos fabricados por
General Motors, se desarrolla así en tres planos. Por una
parte está la historia; por otra el juego con el cine del
cual la historia es resultado, que incluye también la
abundancia de homenajes y chistes sobre muchas otras
películas, desde 2001, una odisea del espacio de
Stanley Kubrick (1968) hasta Kill Bill Vol. 1 de
Quentin Tarantino (2003), al igual que a la televisión –The
X Files de Chris Carter (1993-2002)–. Pero más
importante todavía es el tercer nivel del filme: al igual
que el mecha en general, Transformers se
inspira en el juego de los niños, en la forma como luchan
unos contra otros con sus robots de juguete, lanzándose
golpes, cuchillas, cohetes, rayos.
Esta relación del filme con el juego ha
sido acertadamente percibida por Alfredo Roffé en la columna
El Dedo en el Ojo. Las peleas entre los robots del filme,
dice el crítico, son “iguales a las que los niños juegan con
sus juguetes” (Últimas Noticias, 19 de julio).
Pero después se equivoca al calificar esto de desbarajuste y
rematar: “Es el propio anticine”. ¿Anticine? Nada de eso: se
trata de una forma de narrar que abre la película hacia
experiencias de los espectadores niños y adultos en la vida
real. En el primer caso, así como el filme se alimenta de
la forma como ellos juegan, les invita también a que jugar
con la película, una vez que salgan del cine. En el segundo
caso, percibir y comentar el juego que en la cinta se hace
con el cine constituye una suculenta fast food
servida en la mesa de los cinéfilos. No pocos podrán
disfrutar del descubrimiento del doble fondo de la película,
que a primera vista no pareciera aspirar a otra cosa que al
entretenimiento banal pero que después resulta ser un
entretenimiento un poco más refinado y exigente.

El problema, entonces, no es que se trate
de anticine. La cuestión es que no sólo se invita a jugar a
los niños sino que implícitamente se les dice que deben
hacerlo con los juguetes de la Hasbro y se estimula también
otra práctica aberrante, que en lenguaje cotidiano suele ser
denominada “Papi, compra”. El juego es, además, un
aprendizaje en el reconocimiento y disfrute de ese lado
mágico sin el cual los productos no serían lo que son en la
sociedad de consumo. En este caso se trata de una enseñanza
que debe ser puesta en práctica a posteriori en la
adquisición de los automóviles de la GM. Por si esto fuera
poco, los personajes de Transformers se entrenan,
además, con fines aun más perversos: poner al servicio de
las fuerzas armadas de su país las habilidades que adquieren
al entretenerse con sus videojuegos y computadoras. El niño
que pelea con robots tiene un destino de soldado.
TRANSFORMERS
Estados
Unidos, 2007
Dirección:
Michael Bay. Guión: Roberto Orci, Alex Kurtzman,
basado en una historia de Orci, Kurtzman y John Rogers.
Producción ejecutiva: Steven Spielberg, Michael Bay,
Brian Goldner, Mark Vahradian. Producción: Ian Bryce,
Tom DeSanto, Lorenzo di Bonaventura, Don Murphy. Diseño
de producción: Jeff Mann. Supervisión de animación:
Scott Benza. Supervisión de efectos especiales: Scott
Farrar. Fotografía: Mitchell Amundsen.
Montaje:
Tom Muldoon, Paul Rubell, Glen Scantlebury. Música:
Dave Jordan, Steve Jablonsky. Elenco: Shia LaBeuf
(Sam Witwicky), Megan Fox (Michael Banes), Josh Duhamel (capitán
Lennox), Tyrese Gibson (sargento Epps), Rachel Taylor
(Maggie Madsen), Anthony Anderson (Glen Whitman), Jon Voight
(secretario de defense), John Turturro (agente Simmons).
Duración: 144 minutos. 35 mm, 2.35:1, color, SDDS, Dolby
Digital o DTS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info