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cine venezolano
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| Festival Manuel Trujillo Durán |
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Notas sobre un
festival y tres cortos venezolanos
El
triunfo de Mayor o menor de Héctor Palma en el IX Festival del
Cortometraje Nacional Manuel Trujillo Durán, celebrado a finales de
enero, es un acontecimiento especial. Ello no se debe solamente a que la
película ganara el primer premio, y las distinciones al mejor director,
mejor guión original, ambos de Palma, y mejor actriz, para Marisa Román.
Es también porque ha sido un filme visto por un público muchos más
amplio que el que suelen tener las cintas de su tipo, y de gente,
además, que pagó una entrada para esa película, en vez de encontrársela
por sorpresa como antesala de la que realmente fue a ver, que es la otra
opción que actualmente se maneja para la difusión de cortometrajes en
cines. Mayor o menor, como se sabe, formó parte de Ni tan
largos... ni tan cortos, que lo presentó junto con otro filme del
mismo director, Larga distancia, en salas comerciales, donde al
parecer tuvo un éxito acorde con lo que son las cifras actuales de
asistencia de las películas nacionales. Que la común llegue a saber que
aquella película tan peculiar, integrada por dos filmes completamente
distintos, haya recibido varias distinciones, quizás contribuya a
legitimar los cortometrajes ante el público de cine, que simplemente los
desconoce.
Hay
que celebrar también la convocatoria del certamen, en el que
participaron 92 películas, y la capacidad de congregar a un público que
tuvieron los organizadores y los programadores del Centro de Arte Lía
Bermúdez en Maracaibo. Ese es el fruto de la continuidad, una virtud
lamentablemente poco cultivada en el país. La cifra de participación,
sin embargo, también llama la atención sobre la necesidad que quizás
habría de establecer procesos de selección en festivales de esta
envergadura, de manera tal que la gente pueda disfrutar de un
espectáculo menos agobiante que la exhibición de esa cantidad de
películas en tres días, en tres tandas diarias de hasta tres horas de
duración. “Selección” puede sonar para algunos como la forma elegante de
decir “exclusión”. Pero lo probable es que se gane más de lo que se
pierda, si se pone en práctica un proceso de este tipo. Incluso algunos
de los “excluidos” de la selección oficial podrían participar en
muestras paralelas, donde sus películas sean exhibidas en un contexto
más acorde con sus características.
Una
selección y una programación segmentada, quizás contribuirían también a
lograr el “empaquetamiento” como producto que quizás le falta al
festival, y que muy probablemente contribuiría a multiplicar el público
que tiene. Al decir “producto”, no se hace referencia a la
comercialización. Un producto, en una sociedad con medios de
comunicación masivos, es también una forma de relacionarse de los bienes
y servicios con aquellas personas que satisfacen sus necesidades por
medio de ellos, incluidas las del disfrute y el enriquecimiento
cultural. No entender esto, y dar por sentado que las películas se
explican por sí mismas, puede limitar su difusión a los entendidos, por
más que se pretenda ser inclusivo. O también puede caerse en el error de
creer que de esta manera se lleva el cine a la gente, cuando de lo que
se trata es de que hacer que la gente vaya al cine. Hay que aprender de
Hollywood, que presenta al consumidor la mortadela en frascos de caviar,
para poderle dar al público frascos que realmente contengan manjares de
cine. El Festival de Mérida y el Festival Viart podrían se dos ejemplos
de cómo puede hacerse que un certamen cinematográfico sea cool,
como dicen los muchachos, para la audiencia.
En
vista de que Mayor o menor fue comentado en Vértigo cuando
se estrenó, y también la revista entrevistó a Héctor Palma, estas notas
se dedican en otras tres películas que se exhibieron en el Festival
Manuel Trujillo Durán. Además de a la subjetividad propia de toda
escogencia, cualquier omisión se debe a la imposibilidad de haber visto
todas las cintas en competencia. Es difícil también incurrir en errores
por cuestiones de atención o memoria cuando se ven programas tan largos
de películas tan cortas, sin poder salir de la sala un rato a digerir y
a pensar, y sin tener tampoco la oportunidad de verlas más de una vez,
para confirmar las intuiciones o desmentir las elucubraciones que
realmente no venían al caso. Hechas las advertencias de todos esos
riesgos, y pedidas las excusas de rigor, el placer de escribir sobre lo
que a uno le gusta es lo que justifica el trabajo, más la intención de
poner sobre el tapete los cortos, de tú a tú con los largos en la
revista, para perturbar un poco esa forma “natural” de entender el cine
como un conjunto de películas de ficción de una hora y media a tres
horas de duración, excluyendo –esta vez sin comillas– todo lo demás,
Cunaro
de Alexandra Henao
Este
cortometraje ganó el Gran Premio CNAC, y las distinciones a la mejor
dirección y guión, ambos de Alexandra Henao, así como al mejor montaje,
de Beto Benítez, mejor actriz, con un empate para Adriana Taylhardat y
Amelia Carías, y mejor música, de Aquiles Báez, en el Festival de
Cortometrajes de Barquisimeto. En el Festival Manuel Trujillo Durán le
concedieron el segundo premio, más el de mejor música, y una mención
especial para la niña Adriana Taylhardat como actriz. Como señaló el
jurado de Maracaibo, es una película que plantea “una contradicción de
roles tradicionales”. Se trata de un cuestionamiento al menosprecio de
las mujeres como personas que no deben hacer tareas reservadas a los
hombres, planteada a través de la historia de un anciano pescador y una
niña en un pueblo costero.
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Pero
la crítica es todavía más amplia. Al comienzo de la cinta se plantea una
analogía entre los seres humanos y los pelícanos que, cuando envejecen,
y ya no son capaces de pescar, afrontan la disyuntiva de convertirse en
vergonzosos pedigüeños o en dignos suicidas. A este preámbulo se
contrapone el hecho de que la incapacidad del pescador para seguir
haciéndose a la mar no se debe únicamente a una merma natural de sus
condiciones para el oficio, o a la herida en su mano que no cicatriza,
sino también a la negativa de un colega de venderle la gasolina que
requiere para hacerse a la mar. La supuesta existencia de un orden
natural es ironizada así el desorden artificial creado por la maldad de
este hombre, y el rechazo social que expresa, pero también por la
necedad del anciano, que se niega a dejar que la niña salga con él a
pesar y le dé la ayuda que necesita.
Cunaro parece
lejanamente emparentada con la célebre película Jinete de las
ballenas (Whale Rider, 2002) de Niki Caro. Las dos abordan el
conflicto entre tradición y cambio, y plantean posibilidades de
renovación social que son paralelas a lo que suele entenderse por
“desarrollo”, y que puede implicar un cambio socioeconómico que obedece
a causas e intereses exógenos y que incluso puede dejar intocados otros
asuntos, más profundos. Cada comunidad, y cada familia y cada individuo,
debe encontrar sus propias respuestas para renovarse, producto de la
confrontación entre lo que ha sido y es, y en lo que necesita ser para
poder salir adelante. Esto es lo que plantea esta hermosa cinta.
CUNARO
Venezuela, 2007
Dirección y guión:
Alexandra Henao. Producción: Vanesa Campos, Beto Benítez.
Fotografía: Daniel García. Montaje: Beto Benítez. Sonido:
Frank Rojas. Música: Aquiles Báez. Elenco: Adriana
Taylhardat, Amelia Carías, Osman Miranda. Duración: 14 minutos.
Perolita
de Patricia Ortega
Patricia Ortega es una realizadora joven y a la vez prolífica, que se ha
desenvuelto hasta ahora en el documental –cortos y largos– y en el
cortometraje de ficción. Sus películas del segundo tipo están marcadas
fuertemente por una inquietud social y un realismo cuya documentalidad
es trascendida a través de la exaltación de los aspectos grotescos y
macabros del ambiente y de los personajes, no desprovista incluso de
cierto tremendismo. Podría decirse que el vínculo entre las dos facetas
de su obra está en que la primera atiende a la realidad, sin dejar de
reparar en sus aspectos luminosos y esperanzadores, mientras que la
segunda esa preocupación por lo real se dirige hacia personas que sufren
con particular intensidad, principalmente los que viven al abandono en
las calles de las ciudades, y a la mirada documentalista se agregan los
alaridos de alerta que deberían causar, en cualquier persona con
sensibilidad, las situaciones horribles que se han vuelto cotidianas.
En
Al otro lado del mar (2005), sobre una niña de la calle para la que
el fin de la infancia a está marcado por un “rito” de iniciación en la
prostitución, se insinuaba ese realismo que busca Ortega en la ficción,
próximo, además, al espíritu de los sesenta, especialmente en las
imágenes de la carne –recuérdese el célebre Homenaje a la necrofilia
de Carlos Contramaestre en Venezuela–. En Perolita se lo
explora más profundamente, lo cual es posible también porque dura más
del doble que el otro corto, de 12 minutos. Hay, además, en el filme un
referente televisivo, que hace que la película juegue con otros
símbolos. Se trata del sketch de Radio Rochela que tenía como personajes
a Perolito y Escarlata, una pareja de gente sin hogar, de los que viven
de recoger latas. Si el mundo donde se desarrolla la película es la
antítesis de una sociedad que crea sobreabundante riqueza para unos
pocos, la cinta es también, por este detalle, la antitelevisión. El eco
de esa comedia barata de RCTV contribuye a acentuar lo grotesco en el
filme.
Perolita es una
película desagradable de ver, como lo exige la coherencia de quien
pretende denunciar una realidad repugnante. No todo lo hecho con este
fin parece ser completamente acertado, como quizás ocurre con el
monólogo incomprensible y continuo de la protagonista, que constituye el
aspecto central de la banda sonora de su locura. Más atinada es, en este
sentido, la partitura de Edward Jiménez, una música acorde con el
destartalado nombre de Perolita y el descalabro de la sociedad rota que
la ha mantiene donde está. Sin embargo, hay en la cinta momentos en los
que se borra con acierto la frontera entre la locura que se atribuye al
personaje, una indigente, y lo demencial del ambiente que la rodea, como
su tránsito vertiginoso a través de ese infierno del consumismo de bajo
presupuesto que son los buhoneros en el filme, además del comportamiento
evidentemente psicópata del hombre que la persigue para matarla por
haberle robado.
Lo
mejor de Perolita es que aborda el tema de la gente de la calle
desde una perspectiva en la que los personajes no son nulidades que le
deben su único ser posible a la asistencia social. La protagonista
posee un mundo interior en el que el filme indaga. si bien está signado
por la locura, se contrapone también a la sinrazón que la rodea, y en él
hay incluso lugar para una forma quebrada de amor, con un joven que
tiene retardo mental. Si, como se dijo, hay en Al otro lado del mar
y en Perolita un grito de protesta, el dolor del que proviene
tiene una agudeza proporcional a la humanidad vejada de las
protagonistas que es puesta al descubierto en la cinta, a contramano de
la mirada de quien pasa apresuradamente por el lado de estos personajes,
sin verlos, en su tránsito rutinario por la ciudad.
PEROLITA
Venezuela, 2007
Dirección y guión:
Patricia Ortega. Producción: Liubiezka Prieto. Fotografía:
Alejandra Fonseca. Montaje: Sergio Curiel. Sonido: José
Saavedra. Música: Edward Jiménez. Elenco: Luz Labat, José
Iglesias. Duración: 23 minutos. 35 mm, color.
La guerra sin fin (I’m
Very Happy), de
Zigmunt Cedinsky
Zigmunt Cedinsky es un cineasta que se ha mantenido fiel a propósito de
hacer cine experimental en Venezuela. En La guerra sin fin
explora uno de los campos que parecen más prometedores en la actualidad
para las búsquedas de los cineastas, que es el del sonido. La banda
sonora del filme, tomada de Apocalipsis ahora (Apocalypse Now,
1979), es desplazada de su correlato original de imágenes de la guerra
para emplearla como fondo de un encuentro de gente rica, en torno a la
piscina de un hotel de cinco estrellas de una cadena trasnacional. Para
resumirlo en términos esquemáticos, se trata del sonido del infierno de
Vietnam, según Coppola, utilizado como música de fondo para personajes
que podrían provenir de La dolce vita, según Fellini, y que
representan la contraparte feliz del mundo de mayorías miserables creado
por la globalización.
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| La guerra sin fin (I'm Very Happy) |
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Al
final no hay créditos –tampoco al principio–, como una burla de lo que
suele ocurrir en numerosos cortometrajes, donde ellos tienen una
duración desproporcionada en relación con la película. Esa ausencia,
además, parece destinada a desconcertar el espectador, acostumbrado a
que las películas vengan correctamente acompañadas de créditos iniciales
y finales, que indiquen dónde comienzan y donde terminan, y no que
aparezcan sorpresivamente en la pantalla. El realizador de La guerra
sin fin se decanta así por un tipo de cine que aún apuesta por las
estrategias de las vanguardias. Apunta hacia el shock, tanto a través
del desconcierto como del golpe físico del sonido estruendoso y
descontextualizado, puesto al servicio de la denuncia política, como es
obvio, pero también, y quizás sobre todo, del planteamiento de una
interrogante acerca de lo que debe ser el cine.
Desde
una óptica frívola, disfrazada de posmoderna, uno podría limitarse a
responder la segunda pregunta con un “todo vale”, y acompañar el
comentario de una sonrisa. También podría hacérsele a Cedinsky la manida
advertencia de la contradicción preformativa entre el discurso radical y
la exhibición en festivales. Sin embargo, no es tan fácil evadir el
fondo de la pregunta que plantea la cinta: puede que todo valga, pero en
ese valer continúa supuesto un fin, que se puede alcanzar o no, y puede
hacérselo de mejor o peor manera. En ese sentido, todavía habría unas
películas más válidas que otras, aunque se insista en que vale todo.
Si el
propósito de La guerra sin fin (I’m Very Happy) es hacer que el
público piense, cabe concluir que, según el criterio expuesto, es una
buena película.
LA
GUERRA SIN FIN (I’M VERY HAPPY)
Venezuela, 2007
Dirección:
Zigmunt Cedinsky. Guión: Zigmunt Cedinsky, Rafael Sáez.
Producción: Reinaldo Rojas. Fotografía: Rodolfo Cihak.
Montaje: Francisco García. Sonido: Oscar Camacho. Elenco:
Michel Ramnicianu, Isabelle Soto, Armando Losada, Francisco Denis,
Basilio Álvarez, Aura Elena Pisan. Duración: 8 minutos.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |