La enfermedad del desamor
“¿Una novela sobre un gay que tiene sida?
Eso es más interesante que la poesía”. Estas palabras del
editor que rechaza un poemario de Pablo Pérez (Juan Minujín),
pero le llama la atención el diario que escribe sobre su
enfermedad, ilustran el tono amargamente irónico de Un
año sin amor (2004), el primer largo de Anahí
Berneri, cinta argentina que ganó el Osito de Peluche (Teddy
Bear), que se entrega en el Festival de Berlín al mejor
filme de temática gay y lésbica, y el premio de la crítica
internacional en el Festival de Mar del Plata, y que ha sido
exhibida en Venezuela como parte de la muestra del Festival
Diversa.

Cabe aclarar que no se trata de la
primera película sobre el sida realizada en Argentina. Este
honor correspondió a Fotos del alma de Diego Musiak
(1995) nueve años antes. En cuanto a la homosexualidad,
bastaría mencionar la exitosa Tan de repente de Diego
Lerman (2002), basada en la novela La prueba de César
Aira, para hacer ver que no Un año sin amor tampoco
es una pieza insólita por esta razón en su contexto. Incluso
en la televisión argentina la temática se ha abierto paso, y
entre los que han contribuido a ello está la realizadora.
Autora en cine del cortometraje Modelo para armar
(1997), Anahí Berneri ha dirigido el programa sobre
cuestiones gay Máximo para el canal de cable Plus
Satelital, y fue a través de él que conoció el diario del
Pablo Pérez de la vida real.
No debe pensarse, por tanto, que es una
cinta que apostó por escandalizar al público en su país.
En realidad, Un año sin amor pareciera proponerse
todo lo contrario: desmitificar. En primer lugar, ataca el
halo banalmente trágico de la enfermedad. Al comienzo de la
película se sitúa la historia en 1996, es decir, en la época
en que el desarrollo de nuevas combinaciones de fármacos
comenzaba a convertir el sida en un mal crónico pero no
necesariamente mortal. Y de similar manera despoja de su
sórdido atractivo al submundo del sadomasoquismo. Las
primeras incursiones de Pérez en el club “leather” son
registradas en planos breves y cerrados, con cámara en mano,
iluminación precaria, y quejidos y gemidos como sonido de
fondo. Así se dejan ver apenas unos pocos pero
significativos detalles –como un pene estrangulado con una
soga, por ejemplo, o una penetración anal con guantes
quirúrgicos–, de manera tal que el resto es dejado a la
imaginación perversa del espectador. Sin embargo, estas
tinieblas parecen disiparse cuando el protagonista tiene su
primer encuentro solitario con Martín (Javier van de Couter),
por quien se había sentido atraído al verlo fugazmente en la
calle y reencuentra en el club, donde lo ve entregarse al
placer de flagelar a otro. Luego de hacer cosas en el cuarto
de Pérez que la cinta tiene el tacto de omitir, se muestra a
los dos cariñosamente abrazados en la cama. Una marca de
inflamación en las muñecas, producto del uso de esposas, es
la única evidencia de lo que pudo haber pasado y que
pareciera ser más juego amoroso que verdadera crueldad.

No son, por tanto, el “gay con sida”, que
tanto entusiasma al editor que rechaza los poemas de Pablo
Pérez, ni tampoco el oscuro mundo SM el tema del filme, sino
la enfermedad del desamor, que también parece ser crónica en
el caso del protagonista. Y hacia ese sumidero se encamina
la historia, en paralelo con el deterioro físico del
sidético. Si los estragos del virus al final logran ser
contenidos por una repugnante mezcla de fármacos sobre cuyo
nombre de “coctel” no deja de ironizarse, no ocurre lo mismo
con el naufragio sentimental. Luego de la tierna escena de
amor con Martín, el “Comisario” (Osmar Núñez) invita a Pérez
a disfrutar de unos juguetes nuevos en su casa, donde es
encadenado e intentan cortarle las tetillas con un cuchillo.
Aunque la escena llega hasta allí, y nunca se muestra el
“premio” que debió haber recibido la víctima por dejarse
someter al simulacro, la secuencia muestra al verdadero
Martín, que no busca tanto amor sino que le laman las botas.
El supuesto juego erótico de esos SM se revela así como lo
que en el fondo es, un vulgar juego de poder al que unos se
someten buscando quizás otra cosa: aquello que Pablo Pérez
quiere realmente encontrar con esa creciente desesperación
que le causa la soledad.
Indagadora así en la realidad que subyace
a las mitologías que rodean los temas sexuales que aborda,
Un año sin amor se inscribe en la corriente del Nuevo
Cine Argentino que ha procurado contar historias que
procuran mostrar con realismo los ambientes en los que se
desarrollan. La filmación en 16 mm, secundada por un
procedimiento en el revelado que acentúa el grano y el
contraste, subrayan el tratamiento documentalista del tema
por parte de Berneri. Pero se trata de un tipo particular de
documentación: la del caso de un individuo. Si bien la
realizadora se preocupó por evitar otras referencias
temporales, e incluso espaciales, que fueran más allá de
ubicar vagamente la historia en Buenos Aires, en la época
crucial antes señalada, ello se debe a que su interés era
relatar la historia de una persona en particular, que tiene
su propia forma de vivir el desamor y la enfermedad, las
cuales no pueden reducirse, de forma alguna, a un caso de
gay con sida, ni tampoco que aficionado al entretenimiento
sexual sadomasoquista. Desmitificar es, en el caso de este
filme, principalmente destruir estereotipos, y no con la
intención de sustituir los modelos negativos trillados por
otros más positivos sino de aniquilarlos a todos.
Irónicamente, el supuesto caso único e irrepetible se
convierte así en caso “humano”. Más que de sida, Pablo Pérez
sufre la enfermedad mortal de la que hablaba Soren
Kierkegaard: la desesperación causada por la finitud de la
existencia. Ese es el fondo del pozo de su desamor, donde no
se vislumbra la esperanza –quizás ilusoria– de trascender el
vacío en los brazos de otro.
UN AÑO SIN AMOR
Argentina,
2004
Dirección:
Anahí Berneri. Guión: Anahí Berneri, Pablo Pérez,
basado en el libro homónimo de Pérez. Producción:
Daniel Burman, Diego Dubcovsky, Maximiliano Pelosi.
Fotografía: Lucio Bonelli. Montaje: Alex Zito. Sonido:
Javier Farina. Música: Leo García, Martín Bauer.
Elenco: Juan Minujín (Pablo Pérez), Mimí Ardú (la tía),
Carlos Echevarría (Nicolás), Javier van de Couter (Martín),
Osmar Núñez (Báez), Ricardo Merkin (el padre). Duración:
102 minutos. 16 mm inflado a 35 mm, 1.85:1, Color, Dolby
Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info