07/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

La enfermedad del desamor

“¿Una novela sobre un gay que tiene sida? Eso es más interesante que la poesía”. Estas palabras del editor que rechaza un poemario de Pablo Pérez (Juan Minujín), pero le llama la atención el diario que escribe sobre su enfermedad, ilustran el tono amargamente irónico de Un año sin amor (2004), el primer largo de Anahí Berneri, cinta argentina que ganó el Osito de Peluche (Teddy Bear), que se entrega en el Festival de Berlín al mejor filme de temática gay y lésbica, y el premio de la crítica internacional en el Festival de Mar del Plata, y que ha sido exhibida en Venezuela como parte de la muestra del Festival Diversa.

Cabe aclarar que no se trata de la primera película sobre el sida realizada en Argentina. Este honor correspondió a Fotos del alma de Diego Musiak (1995) nueve años antes. En cuanto a la homosexualidad, bastaría mencionar la exitosa Tan de repente de Diego Lerman (2002), basada en la novela La prueba de César Aira, para hacer ver que no Un año sin amor tampoco es una pieza insólita por esta razón en su contexto. Incluso en la televisión argentina la temática se ha abierto paso, y entre los que han contribuido a ello está la realizadora. Autora en cine del cortometraje Modelo para armar (1997), Anahí Berneri ha dirigido el programa sobre cuestiones gay Máximo para el canal de cable Plus Satelital, y fue a través de él que conoció el diario del Pablo Pérez de la vida real.

No debe pensarse, por tanto, que es una cinta que apostó por escandalizar al público en su país. En realidad, Un año sin amor pareciera proponerse todo lo contrario: desmitificar. En primer lugar, ataca el halo banalmente trágico de la enfermedad. Al comienzo de la película se sitúa la historia en 1996, es decir, en la época en que el desarrollo de nuevas combinaciones de fármacos comenzaba a convertir el sida en un mal crónico pero no necesariamente mortal. Y de similar manera despoja de su sórdido atractivo al submundo del sadomasoquismo. Las primeras incursiones de Pérez en el club “leather” son registradas en planos breves y cerrados, con cámara en mano, iluminación precaria, y quejidos y gemidos como sonido de fondo. Así se dejan ver apenas unos pocos pero significativos detalles –como un pene estrangulado con una soga, por ejemplo, o una penetración anal con guantes quirúrgicos–, de manera tal que el resto es dejado a la imaginación perversa del espectador. Sin embargo, estas tinieblas parecen disiparse cuando el protagonista tiene su primer encuentro solitario con Martín (Javier van de Couter), por quien se había sentido atraído al verlo fugazmente en la calle y reencuentra en el club, donde lo ve entregarse al placer de flagelar a otro. Luego de hacer cosas en el cuarto de Pérez que la cinta tiene el tacto de omitir, se muestra a los dos cariñosamente abrazados en la cama. Una marca de inflamación en las muñecas, producto del uso de esposas, es la única evidencia de lo que pudo haber pasado y que pareciera ser más juego amoroso que verdadera crueldad.

 

No son, por tanto, el “gay con sida”, que tanto entusiasma al editor que rechaza los poemas de Pablo Pérez, ni tampoco el oscuro mundo SM el tema del filme, sino la enfermedad del desamor, que también parece ser crónica en el caso del protagonista. Y hacia ese sumidero se encamina la historia, en paralelo con el deterioro físico del sidético. Si los estragos del virus al final logran ser contenidos por una repugnante mezcla de fármacos sobre cuyo nombre de “coctel” no deja de ironizarse, no ocurre lo mismo con el naufragio sentimental. Luego de la tierna escena de amor con Martín, el “Comisario” (Osmar Núñez) invita a Pérez a disfrutar de unos juguetes nuevos en su casa, donde es encadenado e intentan cortarle las tetillas con un cuchillo. Aunque la escena llega hasta allí, y nunca se muestra el “premio” que debió haber recibido la víctima por dejarse someter al simulacro, la secuencia muestra al verdadero Martín, que no busca tanto amor sino que le laman las botas. El supuesto juego erótico de esos SM se revela así como lo que en el fondo es, un vulgar juego de poder al que unos se someten buscando quizás otra cosa: aquello que Pablo Pérez quiere realmente encontrar con esa creciente desesperación que le causa la soledad.

Indagadora así en la realidad que subyace a las mitologías que rodean los temas sexuales que aborda, Un año sin amor se inscribe en la corriente del Nuevo Cine Argentino que ha procurado contar historias que procuran mostrar con realismo los ambientes en los que se desarrollan. La filmación en 16 mm, secundada por un procedimiento en el revelado que acentúa el grano y el contraste, subrayan el tratamiento documentalista del tema por parte de Berneri. Pero se trata de un tipo particular de documentación: la del caso de un individuo. Si bien la realizadora se preocupó por evitar otras referencias temporales, e incluso espaciales, que fueran más allá de ubicar vagamente la historia en Buenos Aires, en la época crucial antes señalada, ello se debe a que su interés era relatar la historia de una persona en particular, que tiene su propia forma de vivir el desamor y la enfermedad, las cuales no pueden reducirse, de forma alguna, a un caso de gay con sida, ni tampoco que aficionado al entretenimiento sexual sadomasoquista. Desmitificar es, en el caso de este filme, principalmente destruir estereotipos, y no con la intención de sustituir los modelos negativos trillados por otros más positivos sino de aniquilarlos a todos. Irónicamente, el supuesto caso único e irrepetible se convierte así en caso “humano”. Más que de sida, Pablo Pérez sufre la enfermedad mortal de la que hablaba Soren Kierkegaard: la desesperación causada por la finitud de la existencia. Ese es el fondo del pozo de su desamor, donde no se vislumbra la esperanza –quizás ilusoria– de trascender el vacío en los brazos de otro.

UN AÑO SIN AMOR
Argentina, 2004

Dirección: Anahí Berneri. Guión: Anahí Berneri, Pablo Pérez, basado en el libro homónimo de Pérez. Producción: Daniel Burman, Diego Dubcovsky, Maximiliano Pelosi. Fotografía: Lucio Bonelli. Montaje: Alex Zito. Sonido: Javier Farina. Música: Leo García, Martín Bauer. Elenco: Juan Minujín (Pablo Pérez), Mimí Ardú (la tía), Carlos Echevarría (Nicolás), Javier van de Couter (Martín), Osmar Núñez (Báez), Ricardo Merkin (el padre). Duración: 102 minutos. 16 mm inflado a 35 mm, 1.85:1, Color, Dolby Digital.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info