 |
videopatías
Taiwán en femenino
La
película 20 30 40 (2004), a la que en español le pusieron el
título imposible de Tres edades para el amor, formó parte de la
selección oficial del Festival de Berlín el año de su estreno. Si bien
se trata de una buena cinta comercial y no propiamente de arte y ensayo,
este filme taiwanés dirigido, coescrito e interpretado por la actriz
Sylvia Chang, abreva en las fuentes del cine asiático que irrumpió en
los noventa en los principales certámenes internacionales, en particular
del hongkonés Wong Kar Wai. Realizada 10 años después del clásico
Chungking Express de Wong (1994), incluso copia de allí una
secuencia en la que una de las tres protagonistas, en una crisis de
despecho, comienza a llamar a todos los hombres que ha conocido desde la
infancia. Tiene también un toque del mismo sentido del humor absurdo con
cara de poker, además de la estructura de historias que se cruzan porque
el azar acerca a los personajes. Es, igualmente, una comedia romántica.
La diferencia es que Chang no se propone llevar el género al extremo
delirante de su colega, ni pretende tampoco llegar a la profundidad de
sus reflexiones sobre el problema del tiempo y la fugacidad de la vida.
Su preocupación es la situación en que se encuentran las mujeres en una
sociedad modernizada, cuando su condición no es la de madres y esposas
que les asigna, como base de su identidad, la moral tradicional. El
título proviene de las edades de las tres protagonistas, que tienen 20,
30 y 40 años de edad, respectivamente. Cada una de ellas afronta los
males de amor propios de la etapa en que se encuentra su vida.
A pesar de que el tema y el género
cinematográfico se prestan muy fácilmente para el falso sentimentalismo,
los estallidos emocionales están estrictamente filtrados en esta
película. Cuando Lily Zhao, la mujer de más de 40 años de edad (Chang),
tiene el inevitable derrumbe en llanto, luego de firmar el divorcio que
ha pedido al descubrir que su marido
tenía
otra mujer, la escena ocurre en solitario y en un ascensor, y es vista a
través de las cuatro imágenes simultáneas que muestra la cámara de
seguridad, sin fluidez de movimiento, por ejemplo. “Soy una mujer
abandonada, soy una mujer abandonada”, repite ella misma al final del
filme, en una secuencia que el montaje coloca fuera del lugar que le
corresponde en el desarrollo cronológico de la historia para desvincular
el monólogo de su causa inmediata, que es también la crisis del
divorcio. Pero la interrumpe un leve terremoto, que es otro enlace entre
todas las historias, el cual le hace tomar conciencia de la verdadera
dimensión de sus problemas sentimentales en relación con todo lo que la
rodea, por lo que al final termina diciendo una vez más la frase, pero
como la constatación de un hecho, no una lamentación. “Soy una mujer
abandonada” significa ahora para ella que hay que comenzar a reconstruir
la vida. La navaja que remojaba en agua caliente mientras hablaba la
utiliza entonces con el fin de prepararse para entrar en acción,
rasurándose las axilas.
En el
tratamiento del comportamiento de la recién divorciada priva, además, un
descarte radical de la coartada del qué dirán, en la que suele
confundirse la censura social con una estrategia para no asumir la
responsabilidad de vivir. El fin de un matrimonio que sabía que no
funcionaba no es para Llily un fracaso como mujer sino una liberación.
Esto en el filme es subrayado por la manera como se llena de color su
historia después del divorcio. Si el comportamiento que asume cuando
sale a lugares nocturnos deja con la boca abierta a las demás mujeres,
ello parece ser a la vez por espanto moral y por envidia de su
vitalidad, que le permite emprender relaciones con hombres mucho más
jóvenes, a los que satisface sexualmente, aunque no es joven ni bella.
Al final, cuando se decide a tomar la iniciativa y a poner en práctica
varios trucos para conquistar a un tipo de su edad que le gusta y que
tiene una amante mucho menor que ella, no lo hace por desesperación ni
para conquistar una posición social, puesto que ya es propietaria de un
negocio. Lily ha hecho todo lo que se supone que debía hacer en la vida;
ha sido esposa, madre y empresaria. El divorcio se hace entender que
sólo le falta conquistar la felicidad, mientras le quede tiempo para
hacerlo, y hacia ese objetivo se dirige, con toda la resolución de la
que es capaz.
Muy
diferente es la historia de la mujer de 30, lo cual se debe también a
que cada actriz –en este caso Rene Liu– colaboró en la escritura de la
historia de su personaje, nutriéndolo con sus experiencias personales.
El mundo de Gu Xiang es tan claroscuro como la ambigüedad que impera en
su vida, puesto que se debate entre dos hombres que en realidad no
quiere ni la quieren: uno joven y tan alocado como para ser capaz de
romperle el parabrisas del carro y arrojarle un tobo de agua con el fin
de llamar su atención, a lo Wong Kar Wai, y un tipo casado y muy ocupado
por el trabajo, absolutamente serio pero incapaz de tomar la decisión de
divorciarse. A diferencia de Lily, ella se siente impotente, y cae
incluso en la autocompasión cuando se enferma y no tiene a nadie que la
cuide. Se entretiene, además, imaginando soluciones audaces a sus
problemas, que sólo ocurren en sus sueños. Pero un encuentro casual le
abre las puertas al amor conyugal que busca.
Es
una virtud del filme considerar posibilidades diferentes en lo que a la
felicidad respecta, dependiendo de cada mujer. No hay solución talla
única, como en las malas comedias románticas de Hollywood. Pero esta
historia no deja de ser, por ello, la menos lograda del filme, a pesar
de la inserción de escenas evidentemente inspiradas en Wong, como otra
en la que la llegada de los dos novios de Xiang a su apartamento
coincide con un accidente en el que se rompe la pecera, por lo que ambos
hombres se lanzan con ella al suelo, a intentar salvar a los goldfish
que han ido a parar debajo de la cama. Son buenos chistes y nada más.
 |
|
La mejor
de las tres historias es la de Xiao Jie (Angelica Lee), la jovencita de
veinte años de edad, que ha venido del campo de Malasia a Taipei con la
idea de iniciar una carrera como cantante bajo la guía de un productor
hippie, Shi Ge, magistralmente interpretado por uno de los grandes del
cine de Hong Kong: Anthony Wong. Xiao Jie se aloja en la misma
habitación de hotel con la muchacha con la que ha de integrar un dúo,
Tong Yi (Kate Yeoung), y entre las dos se establece rápidamente una
amistad que se va cargando progresivamente de erotismo, hasta que
afrontan la posibilidad de hacer el amor en un baño público, a pesar de
que queda claro en el filme que se sienten atraídas principalmente por
los hombres. La frescura de los juegos eróticos de ambos personajes en
la habitación son lo mejor del filme, al igual que la escena del baño,
en la que Xiao Jie es paralizada por un ataque de risa.
20
30 40 muestra,
sin tremendismo alguno, cómo las fronteras entre la amistad y el amor,
atracción sexual incluida, pueden volverse mucho más porosas, en
ocasiones, que lo que la gente quisiera pensar para no perturbar
demasiado la falsa paz de las convenciones sociales. El episodio que
atraviesan las dos chicas aparece en el filme además solamente como eso,
una cosa que ocurrió en un momento de la vida de dos personas, sin que
las obligue a decidir para el resto de sus días si son homosexuales o
heterosexuales. Quizás el problema esté, más bien, en tratar de andar
buscando respuestas tajantes para una pregunta como esa, en vez de
permitir que la vida vaya hacia donde tiene que ir en cada caso, y
seguirle la corriente con algo de coraje. De repente eso también podría
llevar a la felicidad.
20
30 40 es
relativamente fácil de conseguir en Caracas, no porque esté disponible
para alquiler en los pocos videoclubes que sobreviven sino porque muchos
ejemplares de segunda mano están a la venta, por un precio ridículo, en
los remates de las tiendas. Es una verdadera lástima, porque a todo lo
dicho anteriormente se añade el virtuosismo de Chang como directora, que
se pone de manifiesto en el manejo del ritmo con historias cruzadas y en
el juego con los elementos que sirven como referencias cronológicas, así
como por muchos otros detalles, entre los que se podría mencionar el
manejo de un espejo de tres paneles como pantalla dividida. Es decir,
que no sólo se trata una película más sobre problemas de mujeres. Pero,
lamentablemente, parecer apreciarse poco en el país la cinematografía de
los países asiáticos, a pesar de que sus actores, sus historias y la
realización de los filmes son muchas veces superiores a las de Hollywood.
Es un misterio que la gente prefiera ver las mismas propuestas mal
copiadas en el cine de otras latitudes.
TRES EDADES PARA EL AMOR
20
30 40, Taiwán-Hong
Kong-Japón, 2004
Dirección:
Sylvia Chang. Guión: Sylvia Chang, GC Goo-Bi, Cat Kwan, basado en
historias de Chang, Rene Liu y Angelica Lee. Producción: Patricia
Cheng, Hsu Li-kong. Diseño de producción: Man Lim-chung.
Fotografía: Chen Hsiang. Montaje: Liao Ching-song. Sonido:
Tu Duu-chih. Música: Kay Huang. Elenco: Sylvia Cheng (Lily
Zhao), Rene Liu (Gu Xiang), Angelica Lee (Xiao-jie), Anthony Wong (Shi
Ge), Tony Leung Ka Fai (Jerry Chang), Kate Yeung (Tong Yi). Duración:
113 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
|