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videopatías
In memoriam Ben-Hur
La
muerte de ese desconcertante personaje de la vida real que fue Charlton
Heston, defensor de la causa de Martin Luther King y presidente de la
National Rifle Association, es propicia para volver sobre la película
por la cual ganó el único Oscar en su carrera: Ben-Hur, dirigida
por William Wyler. Por coincidencia, pocos días antes del fallecimiento
apareció por las videotiendas de Caracas una edición especial de Warner
Video –la cinta fue una producción de la Metro-Goldwyn-Meyer–, en
la que se restituyó la ventanilla original de la película, de 2,76:1.
Además se incluyó la
primera versión cinematográfica de la novela de Lew Wallace, realizada
en 1925 por Fred Niblo, también para MGM, y con Ramón Novarro como
protagonista. Varias secuencias de este filme fueron rodadas en el
segundo sistema de technicolor, creado en 1922, que registraba en rojo y
verde. Esta rareza basta para justificar que los cinéfilos adquieran el
paquete de cuatro DVD, y volver a apreciar hoy el valor de la película
que ganó 11 premios de la academia en 1959 también vale la pena.
Los
Ben-Hur de 1925 y 1959 son hijos de sus respectivas épocas
en muy diversos aspectos. El filme de Wyler está marcado por la
necesidad de competir con la televisión, que irónicamente se ocuparía
después de mutilarlo a 1,33:1 y de despojarlo de sus auténticos colores.
A esta circunstancia se debe que haya sido rodado casi todo en 65 mm con
lentes anamórficos, aunque se empleó también 35 mm en las escenas que
requerían más que las tres cámaras disponibles en el formato más ancho.
Esto permitió que en la película haya encuadres que siguen resultando
impresionantes en la pantalla del televisor. Hay filas de soldados romanos
que recorren el cuadro de un extremo al otro, por ejemplo, y se las
percibe con nitidez, incluso a medida en que se van perdiendo en la
distancia. Uno de los principales logros artísticos de la cinta que se
exhibió en los cines es ese: la diestra explotación de las posibilidades
del formato 2,76:1 para llevar a cabo una composición inmensa y
preciosista.
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El
filme de 1959 es también fruto de la autocensura de la industria en una
época todavía no demasiado lejana del macartismo. A ello se debe la
popularidad de la corriente de películas sobre temas bíblicos en la que
se inscribe Ben-Hur, aunque el tema de la vida de Cristo es
básicamente en la cinta una cuestión de fondo para lo que realmente
importa, que es la historia de la venganza del héroe, más inspirada en
El conde de Montecristo de Alejandro Dumás que en los Evangelios.
Pero también se percibe en esta producción la cercanía de los sesenta:
la conversión del héroe al cristianismo no es evidente, como sí ocurre
en la versión de 1925. A Cristo, además, nunca se le ve el rostro, lo
cual deja margen para que el espectador se lo imagine como quiera,
siempre y cuando sea alto, blanco y rubio.
En el
caso de la cinta de 1925, la principal influencia parece ser la
necesidad de competir con espectáculos como la versión teatral de la
novela, en la que 5 cuadrigas corrían sobre el escenario. El filme
dirigido por Niblo es, por tanto, todavía más impresionante en diversos
aspectos, puesto que mucho de lo que se rodó fue filmado como si hubiera
ocurrido en la vida real, sin modelos a escala como los de la batalla
naval de Wyler. Para la primera cinta se construyeron navíos idénticos a
las galeras romanas y se las hizo combatir en el mar. En lo que respecta
a la secuencia de la carrera de cuadrigas en el circo, la más célebre de
ambas películas, a pesar de que en el segundo filme se agregaron las
cuchillas que permiten a Messala destruir los carruajes de sus
adversarios, es notable la semejanza en todos los demás aspectos,
incluida la copia fiel de algunos episodios, como el arrollamiento del
villano y los latigazos que le propina a Ben-Hur en un momento de furia.
En ambos filmes, además, la secuencia dura casi exactamente lo mismo. Como espectáculo, la carrera
de 1925 le gana incluso a la de 1959, principalmente por el azar de un
accidente que se produjo en el rodaje, en el que varios carruajes
chocaron. Niblo, además, empleó 42 cámaras para filmar la secuencia y
con una facilidad de movimientos, ausente en las cámaras de 65 mm, que
contribuye a darle un realismo cuasidocumental.
Entre
los atractivos del primer Ben-Hur destaca también un erotismo
dirigido al público femenino de la época que prácticamente no existe en
la segunda. Ramón Novarro aparece en todo el filme ataviado con una
suerte de minifalda que deja al descubierto sus musculosas piernas,
mientras que el intérprete de Messala, Francis X. Bushman, exhibe la
musculatura de sus brazos. Para placer de los hombres de 1925, en la
escena de la llegada del nuevo gobernador romano a Judea forman parte
del séquito varias muchachas semidesnudas, con los pechos al aire, una
libertad que podían permitirse los productores en Hollywood antes de la
entrada en vigencia del Código Hays, en 1934. El Ben-Hur de Wyler,
en cambio, aún es víctima de la autocensura “moral” de la industria.
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Pero
en el segundo Ben-Hur la carrera es un duelo de personajes y no
solamente de carros tirados por caballos, como en la primera. En
términos generales, la profundidad que Wyler logró darle a los
personajes y a su conflicto a pesar de las debilidades del guión, al
trabajarlo como un pleito con venganza entre amantes –aunque no se trata
propiamente de homoerotismo–, es una de las dos razones por las cuales
su película es superior a la primera. La segunda es que el director supo
aprovechar mucho mejor los contrastes entre las partes épicas y góticas
de la historia, entre la representación de las multitudes y el drama de
los individuos. El Ben-Hur de 1959 está compuesto sobre al base
de un contrapunto entre planos generales colosales y primeros planos,
algo bastante osado cuando se trabaja en 65 mm, y así como las escenas
del circo, la batalla y los desfiles ocurren bajo una radiante luz que
saca el máximo provecho del colorido, lo mejor del trabajo del director
de fotografía, Robert Surtees, son las escenas de claroscuro, en las que
la tenebrosidad del ambiente es reflejo del estado de ánimo del
protagonista, cuya alma está ensombrecida por la sed de venganza. Por si
fuera poco, a Wyler se le volaron los tapones en la secuencia de la
muerte de Jesús: un relámpago hace que se vea el reflejo brillante de la
cruz sobre un charco, y luego la cámara hace un travelling que sigue el
recorrido de la sangre derramada por Cristo a lo largo de una corriente
de agua formada por la lluvia. Si George Lucas se inspiró en la carrera
de cuadrigas en el episodio I de La guerra de las galaxias (Star
Wars: Episode I – The Phantom Menace, 1999), quizás Martin Scorsese
tomó algo de esta parte para la secuencia del asesinato al final de
Taxi Driver (1976).
El
Ben-Hur de 1959, sin embargo, es sobre todo una película de Charlton
Heston. Su interpretación de Judah Ben-Hur sobresale por la naturalidad
y vitalidad con que encaró el papel épico. Para generaciones posteriores
a las que vieron Ben-Hur en el cine, el actor es recordado
principalmente por sus interpretaciones en El planeta de los simios
de Franklin J. Schaffner (1968) y, sobre todo, Cuando el destino
nos alcance de Richard Fleisher (Soylent Green, 1973), y se
intenta olvidar papel de víctima del justiciero Michael Moore en
Bowling for Columbine (2002). Este filme reconciliará a varios con
esta otra faceta épica, que puede despertar tantas suspicacias por su
empaque superficialmente cristiano.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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