Más oscuro que el negro
Un detective privado es contratado para
una investigación por una misteriosa mujer –o un personaje
masculino le pide que siga los pasos de una oscura dama–. La
pesquisa lo sumerge en un mundo en el que todos parecen
villanos, o los propósitos nobles y perversos no son fáciles
de distinguir, incluidos los del investigador. Los motivos
que impulsan a los protagonistas de las historias turbias
que se van tejiendo de esta manera tampoco parecen estar del
todo claros, y ni siquiera es fácil –o incluso posible–
descifirar por completo la intriga. Pero todo gira alrededor
de la búsqueda del dinero, la manipulación a través del sexo
y vicios de toda calaña, desde el juego hasta las drogas. El
tratamiento se ajusta al tema mediante préstamos del estilo
desarrollado en los años veinte por el expresionismo alemán:
el claroscuro subraya la ambivalencia de los personajes, las
angulaciones extravagantes ponen de relieve la ausencia de
una perspectiva moral firme desde la cual pueda juzgarse a
ese mundo, las líneas de sombra que produce la luz al
atravesar las persianas venecianas dibujan los barrotes de
celdas simbólicas sobre el ambiente y los cuerpos, que
aparecen así continuamente atrapados en la cárcel del
desenlace fatal hacia el cual conducen las acciones, aun
cuando la lógica de su desarrollo no sea comprensible.


El lector apresurado quizás podría
encontrar en las líneas anteriores una caracterización del
film noir, o cine negro, que floreció en Estados
Unidos desde comienzos de los años cuarenta, más
específicamente desde 1941, cuando fue estrenada la pieza
fundacional: El halcón maltés (The Maltese Falcon)
de John Huston, con Humphrey Bogart en el papel del
private eye Sam Spade. Evidentemente se trataba de un
género que marchaba constantemente en el filo de la navaja
de lo permitido para aquel entonces en Hollywood, donde en
1934 entró en vigencia el llamado Código Hays de autocensura
moral de la industria. Asimismo, tocaba fibras sensibles en
un país necesitado de mantener en alto la moral para
encontrar inspiración en la guerra contra los malvados nazis
y japoneses.
A pesar de los que entonces parecían
excesos, el cine negro quizás podría ser visto hoy como un
arte de precarios equilibrios entre la necesidad de
expresión y lo prohibido. Al menos así pareciera haberlo
entendido Brian De Palma en The Black Dahlia (2006),
donde intenta un reabordaje contemporáneo del género, a
partir de la adaptación de la novela homónima de James
Ellroy. El director de Carrie (1976) y Los
intocables (The Untouchables, 1987) dio rienda
suelta a los bajos instintos que los moralistas cristianos
obligaban a sublimar en los cuarenta para producir una obra
que encuentra réplica simbólica en la propia historia: el
cadáver de una joven y hermosa mujer, torturada, cortada en
dos, vaciado su cuerpo de vísceras, desfigurado el rostro
con una horrible sonrisa cortada de oreja a oreja, y de
otras formas mutilada para convertirla en una macabra obra
de arte.

En The Black Dahlia el desenfreno
se encausa principalmente hacia la vertiente del sexo, la
usual bestia negra de la moral conservadora. Las
investigaciones de Bucky Bleichert (Josh Hartnett), uno de
los dos detectives de la historia, lo conducen hacia el
submundo de la homosexualidad femenina, incluida la visita a
los glamorosos locales prohibidos, curiosamente instalados
junto a los cines que proyectan los estrenos de los grandes
estudios. Allí las mujeres dan rienda suelta a sus pasiones
en una clandestinidad obviamente protegida por el poder y el
dinero. La pornografía lésbica y sadomasoquista –una
vertiente del cine alternativo en todas las épocas– es el
segundo motivo clave en el filme: la víctima convertida en
esculpido cadáver, Elizabeth Short (Mira Kishner), es vista
únicamente en sus apariciones en una cinta en la que se
acuesta con una mujer, la amarran y le introducen
dolorosamente un falo plástico en el ano –eso es todo lo que
se muestra, a pesar del declarado propósito de desquite de
una época de censura institucionalizada, lo cual revela que
The Black Dahlia se propone profundizar en el retrato
decadentista de la decadencia, no regodearse con ella.
Pero más que el qué, lo importante en
esta película es el cómo. Una secuencia reveladora del
estilo del filme comienza con una virtuosística toma con
grúa de unos cuervos posados en una azotea. La cámara sigue
elevándose hasta mostrar la calle que está detrás del
edificio, la cual a su vez linda con un enorme terreno
baldío en el que apenas se vislumbra algo arrojado sobre la
hierba. Una mujer que pasa se acerca y luego huye gritando,
justo en el momento en el que pasa un carro al que la cámara
sigue hasta hacer un giro que lleva a tomar la fachada del
edificio. Allí se produce un tiroteo. Los detectives,
Bleichert y Lee Blanchard (Aaron Eckhardt) se baten a tiros
con unos delincuentes. Una vez culminada la tarea, ambos se
dan cuenta de que el verdadero centro de interés se halla en
el baldío, y acuden a ese lugar para descubrir el cadáver
desfigurado de Elizabeth Short.
Simultaneidad de las acciones, y a la vez
una organización por capas, en las cuales unas historias son
más profundas, en el sentido de que están literalmente
detrás o más en el fondo que otras, es la forma como se
organiza la trama en The Black Dahlia, con una
relativa claridad que contrasta con los enredos de los
filmes del período de esplendor del cine negro. La forma de
llegar de unas a otras historias, además, signe un curso
opuesto al de un clásico que se evoca en la cinta, El
sueño eterno, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall
(The Big Sleep, 1946). En el filme de Brian De Palma
también hay un padre anciano, millonario y decadente, Emmett
Linscott (John Kavanagh), que tiene dos hijas bellas y
alocadas –pretty and pretty wild–. Una de ellas,
Madeleine (Hilary Swank), se convierte en la llave de
Bleichert hacia el submundo lésbico en el que vivía la
víctima. Pero, mientras que en el filme de Howard Hawks la
historia aparece claramente situada desde el comienzo en un
mundo podrido que rodea a la familia rica, en The Black
Dahlia se llega a él a medida en que se van
profundizando las investigaciones, y a lo largo de una
historia que atraviesa otras dos capas de realidad
completamente heterogéneas antes de dar con ese fondo.
The Black Dahlia
comienza como una película sobre el
pugilismo, en la que Bleichert y Blanchard –dos ex
boxeadores conocidos como Hielo y Fuego, respectivamente–,
se enfrentan en un combate de fines políticos y
publicitarios, en el cual comienzan a disputar también el
amor de Key Lake (Scarlett Johansson), la pareja de
Blanchard. Luego pasan se ven enfrascados en un asunto más
serio y complicado: la persecución de un asesino de
muchachas negras y mujeres indefensas en general. Sólo
después de eso llegan al núcleo de la historia, cuando se
involucran casualmente en el caso de la muchacha asesinada.
Incluso después de que los dos detectives se ven
involucrados en la investigación de la muerte de Elizabeth
Short, detrás de esa historia va cobrando forma el trasfondo
de otra, cuyos cabos sueltos habían quedado sin amarrar: la
de los manejos turbios de Blanchard y el origen de su
relación con Lake.


Lo que en el cine negro es principalmente
expresión de crítica de la moral institucionalizada adquiere
de esta manera el perfil de una inquietud ontológica en
The Black Dahlia. La realidad pareciera tener diversos grados en
el filme de De Palma, que se acrecientan en la medida en que Bleichard atraviesa la capa más superficial de los
acontecimientos, descorre el velo de las mentiras que le han
hecho tomar por hechos para convertirlo en cómplice
inconsciente de su compañero, y llega finalmente a la
corrupta familia Linscott, que ha hecho su fortuna
construyendo casas con materiales podridos; a los instintos
sexuales que se agitan sin freno en la clandestinidad, y a
la esencia del arte moderno, que es la producción de
monstruosidades macabras. Es el clásico itinerario platónico
de las imágenes engañosas a las esencias, y de allí a lo que
ilumina la verdad, que para el filósofo es la luz del sol.
Sólo que en el filme la que ilumina el mundo de ficción es
la oscuridad de la decadencia en la que parecen tener origen
las oscuras pasiones de los Linscott y quienes los rodean, al
igual que el lado oculto de Lee Blanchart y Kate Lee. Sin
embargo, el camino hacia la verdad ni es sino un ir de
simulacro en simulacro, hasta llegar al decadente teatro que
los Linscott parecen representar para sí mismos, que a su
vez no es sino una fachada para esconder las películas que
producen en la clandestinidad.
Una
pregunta estética queda planteada al final del filme: así
como Brian De Palma hizo autopsia del cine negro de los años
cuarenta para hacer ver las entrañas que éste no podía
mostrar, ¿qué clase de hallazgos podrán hacerse a partir de
la disección de un filme como éste, cuando hayan pasado más
de sesenta años? ¿Qué oscuridades que no podemos ver en los
simulacros de hoy serán perceptibles entonces, a través de
obras de arte aun más monstruosamente decadentistas?
THE BLACK DAHLIA
Estados Unidos-Alemania,
2006
Dirección: Brian De Palma. Guión: Josh
Friedman, basado en la novela homónima de James Ellroy.
Producción: Rudy Cohen, Moshe Diamant, Avi Lerner, Avi
Linson. Diseño de producción: Dante Ferretti. Fotografía: Vilmos Zsigmond.
Montaje: Bill
Pankow. Sonido: Paula Fairfield. Música: Mark Isham.
Elenco:
Josh Hartnett (Dwight “Bucky” Bleichert, Scarlett Johansson
(Kay Lake), Aaron Eckhardt (Lee Blanchard), Hilary Swank
(Madeleine Linscott), Mira Kishner (Elizabeth Short), John
Kavanagh (Emmett Linscott). Duración: 121 minutos. 35 mm,
2.35:1, color, Dolby Digital o DTS.
Disponible para alquilar en videotiendas
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info