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Bus 174

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Trabajo sucio de la sociedad

 

Ver Bus 147 (Ônibus 174, 2002) es esencial para comprender el pensamiento de José Padilla, el controversial director de Tropa de elite, la película ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín este año y que pronto se estrenará en Venezuela. Se trata de uno de los documentales más importantes que se han hecho en América Latina en los últimos años y que recorre con destreza y originalidad un camino muchas veces transitado en la región, tanto en ese género como en la ficción: las historias de la página roja. El codirector, junto con Felipe Lacerda, tomó el caso del secuestro de un autobús en Río de Janeiro por un joven de la calle armado, que fue cubierto en vivo por la televisión, para indagar en el mismo problema que aborda Ciudad de Dios (Cidade de Deus), estrenada también en 2002, y que reaparece en Tropa de elite: los mecanismos que crea la sociedad para deshacerse de los pobres. La diferencia es que el interés de Fernando Meirelles se dirigió hacia cómo los que viven en las favelas se matan unos a otros en guerras de delincuentes con armas que les vende la policía, mientras que Padilha se ha ocupado también de la fuerza pública, y en especial al Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE), que es el encargado de llevar a la práctica el trabajo de borrar del mapa a aquellos que la sociedad quiere hacer invisibles.

 

Bus 174 se desarrolla como una película de acción porque relata de principio a fin la historia del secuestro a partir de múltiples registros audiovisuales. Esto mantiene en vilo la atención del espectador, sobre todo de los extranjeros que no conocen el caso. A la vez, a través de múltiples digresiones, va poniendo al descubierto el entorno social de los hechos, haciendo salir a la luz las causas mediatas de lo que pasó el 12 de julio de 2000 en el Jardín Botánico de Río. La primera y más importante revelación es que el “marginal”, como lo llama siempre la policía, tiene nombre, apellido y biografía. Se trata de Sandro Rosa do Nascimento, quien presenció el asesinato de su madre, decapitada cuando él era pequeño, y se convirtió después en un niño de la calle. Era uno de los que vivía en las inmediaciones de la Plaza de la Candelaria, donde se produjo una masacre de gente sin hogar en 1993, perpetrada por desconocidos que dispararon desde un carro. La historia de Bus 174 adquiere así el aspecto de una secuela de aquel episodio de odio social devenido crimen.

 

Nascimento también estuvo en un retén de menores y preso. Las dos secuencias más aterradoras de la película son una que muestra el interior vacío de una celda de detención en una comisaría de policía, mientras un funcionario va explicando cómo son las condiciones de reclusión en un lugar como ese, y otra donde la cámara entra en una cárcel y, en negativo, como la célebre secuencia de Nosferatu, permite que algunos presos den cuenta de su sufrimiento desde el otro lado de las rejas. Con esta información resulta asombroso que Sandro do Nascimento no haya matado por ciego resentimiento a ninguno de los secuestrados mientras estaba en el autobús, a pesar incluso de que parecía estar drogado. Eso contribuye también a poner de manifiesto la compleja personalidad del delincuente, que al parecer tenía su lado bueno. El misterio que termina de rodearlo, y que redondea su insondable humanidad, se completa por el hecho de que, cuando estaba en el autobús, llegó un momento en que comenzó a actuar para las cámaras de televisión, simulando incluso una ejecución, lo cual era algo que, estratégicamente, de ninguna manera lo favorecía. Es un comportamiento incomprensible como tantos que se presentan en la vida de cualquiera.

 

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Del otro lado de la historia, el filme muestra, en primer lugar, la realidad de unos agentes policiales regulares mal armados, mal entrenados y para los cuales el mejor desenlace del secuestro, en lo que concierne al bienestar social, hubiera sido facilitar la fuga del delincuente. Esas carencias son las que parecen justificar la existencia del BOPE, la tropa de élite policial, cuyos miembros, si bien poseen armas de guerra y dan a entender en las entrevistas que al menos conocen en teoría las técnicas para lidiar con casos como ese, deben comunicarse entre sí por señas porque no tienen radio. En cambio, continuamente reciben instrucciones de arriba, a través del celular del jefe de la operación.

 

Toda la experticia de la que se ufanan los agentes queda, sin embargo, puesta en entredicho por el desenlace, en el que se combinan la iniciativa individual desarticulada y la brutalidad colectiva. Pero hay que subrayar que el filme tampoco es complaciente con el delincuente. Así como la verborrea técnica de los policías no se compagina con sus actos, entre el discurso de los especialistas sobre Sandro do Nascimento y ese “lado humano” que se muestra en la película, por una parte, y la realidad de que se apoderó a punta de pistola de un autobús en el que viajaban 11 personas, y disparó varias veces en su interior, por la otra, hay una brecha lógica que no puede cerrarse. El retrato de los personajes de ambos bandos, delincuente y policías, incluye así una dimensión moral que los presenta como responsables de cosas que hicieron porque decidieron hacerlas, sin excusa en las circunstancias.

 

La intervención de la televisión, aunque no es explícitamente cuestionada en la película, es criticada también de una manera sutil. Descartada la facilitación de la fuga, el desenlace lógico de una situación de rehenes como esa, explica un agente del BOPE, hubiera sido un tiro de sniper a la cabeza del delincuente, que lo mataría en fracciones de segundos sin permitirle disparar contra la persona a la que apunta. El final de la película desmiente esa última hipótesis, pero lo más importante es que los policías no pusieron en práctica esa solución porque, como dice con toda calma un integrante del cuerpo élite, la cabeza de Sandro do Nascimento se habría desintegrado frente a las cámaras, y medio kilo de masa encefálica se hubiese esparcido a su alrededor. “Yo no quisiera que mis hijos viesen eso en la televisión”, remata.

 

Los canales, finalmente, aparecen tácitamente como corresponsables de que una multitud se hubiese aglomerado alrededor de la escena del crimen, la cual, una vez que el secuestrador fue dominado, se lanzó hacia él gritando “¡lincha!, ¡lincha!”. El círculo de muerte que comenzó a trazarse alrededor de los muchachos de la Plaza la Candelaria se cierra así no sólo como consecuencia del “fascismo” de la policía sino, como explica uno de los especialistas, porque el BOPE actúa como brazo ejecutor de un deseo no expresado de muchos: hacer invisibles a aquellos cuya miseria no quieren ver matándolos.

 

Bus 174 puede comprarse en DVD en Amazon.com por un precio de 9 dólares que no incluye los gastos de envío.

 

BUS 174

Ônibus 174, Brasil, 2002

 

Dirección: José Padilha, Felipe Lacerda. Guión: José Padilha. Producción: José Padilha, Marcos Prado. Fotografía: Marcelo Duarte, Cezar Moraes. Montaje: Felipe Lacerda. Sonido: Denilson Campos, Aloisio Compasso, Yan Saldanha, Armando Torres Jr. Música: Sacha Amback, Joao Nabuco. Duración: 120 minutos. Formato: DV inflado a 35 mm, color, Dolby SR.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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