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videopatías
Represión siniestra
El
remake de Gustavo Moheno de Hasta el viento tiene miedo (2007) ha
confirmado el estatus de culto del realizador mexicano Carlos Enrique
Taboada en su país, quien estrenó la primera versión de la película en
1968. Taboada es uno de los cineastas que continúan recordándose en la
historia de esa corriente marginada que ha sido el cine de terror y de
suspenso en América Latina, al igual que el brasileño José Mojica Marins,
creador del personaje de Zé do Caixao, el argentino Jorge Carlos García
y el colombiano Jairo Pinilla, entre otros.
Las
películas de Taboada constituyen una invitación a reparar en aquellos
rasgos que podrían distinguir las películas de ambos géneros hechas en
América Latina y en España de los modelos más trillados de la industria
estadounidense. En el caso de Hasta el viento tiene miedo y
Veneno para las hadas (1984) podría señalarse, en primer lugar, el
abandono de toda truculencia efectista, salvo en el comienzo de la
segunda cinta, donde una niña asesina una mujer, cortándole el cuello
con una navaja. Pero se trata de la manera como la pequeña se imagina el
cuento de terror que le lee su niñera, y está marcada como tal mediante
una acertada manipulación del color. Otro detalle significativo es que
los padres de una de las dos protagonistas de Veneno para las hadas
son ateos, lo cual incluso se evidencia en el filme porque no celebran
la Navidad. Algo así pareciera ser inconcebible en Hollywood, porque
Estados Unidos, como se sabe, se considera como el “país de Dios”, y la
libertad consiste en venerarlo en múltiples iglesias, no en dudar de su
existencia.
Otro
rasgo característico podría ser la excesiva estilización, que llega al
extremo del acartonamiento y el edulcoramiento, sobre todo en las
secuencias campestres de Veneno para las hadas. Si buena parte
del atractivo del clásico Suspiria de Dario Argento (1977)
proviene de la tensión entre la cursilería del motivo de la academia de
ballet de señoritas, donde se desarrolla la historia, y la truculencia
de lo que allí sucede, con su correspondiente despliegue visual, en las
cintas de Taboada el alambicamiento no está acompañado por nada de los
segundo, como se dijo, aunque sí por mucho de represión sexual –también
presente en los filmes de Argento– y, sobre todo, de enfrentamientos
sociales latentes.
Hasta el viento tiene miedo
tiene como personajes
principales a un grupo de muchachas, todas blancas y rubias, que
estudian en un internado de señoritas de clase alta. Entre las alumnas
hay una sola chica mestiza, que además es huérfana. Las burlas y
agresiones contra ella son constantes y feroces, e incluso en una escena
la dejan en ropa interior para humillarla. Pero el comportamiento de la
víctima no es menos miserable: se pone al servicio de la directora para
espiar a sus compañeras e intentar ejercer autoridad sobre ellas.
Podría pensarse que eso, de por sí, no constituye una crítica. Sin
embargo, la estrategia podría ser similar a la de Veneno para las
hadas, que es una película que aborda el tema de la brujería de una
forma absolutamente “racional”, para supuestamente desenmascararla, pero
que al final le quita la careta a la intolerancia de los ateos. Se
trataría, por tanto, de una suerte de puesta al desnudo por exceso de
coherencia, es decir, por exageración de aquello que se critica, lo que
también podría ocurrir en Hasta el viento tiene miedo en el
retrato de las chicas blancas de clase alta, con el añadido de que es
extensivo al resentimiento de alguna gente mestiza y humilde, que
también es un problema social y cultural.
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Pero por
sobre todo es importante señalar que en este filme los conflictos
ocurren porque pende una maldición sobre el internado, la cual es
expresión de una protesta contra el régimen de disciplina opresiva. Una
vez que el fantasma hace justicia, la alegría de la juventud comienza a
reinar por fin entre las alumnas, y hasta se menciona un cambio
experimentado por Josefina, la jovencita pobre. En la película se
establece así una analogía entre los conflictos sociales y un maleficio
que nació como consecuencia de la represión y de una injusticia
cometida, lo cual sí revela con más claridad una posición crítica.
La
represión es también evidentemente sexual en Hasta el viento tiene
miedo. El internado es un colegio sólo de chicas y hasta las fotos
de los novios están prohibidas. Tanto la directora como la maestra amiga
de las estudiantes son solteronas. Pero la temática del sexo reprimido
no se despliega de manera espectacular, como ocurre, por ejemplo, en la
versión de El fantasma de la ópera de Dario Argento (Il
fantasma dell’opera, 1998). Por el contrario, se expresa a través de
un aparente exceso de pudor, de recato, como consecuencia del cual el
strip tease que intenta una de las muchachas de Hasta el viento tiene
miedo termina por resultar grotesco. Lo que vendría a ser una
travesura entre amigas se convierte en algo artificioso e incluso
cargado de violencia, puesto que a la chica pobre le quitan la ropa
porque se niega a hacer el strip. Si hay una secuencia buena en la
película es esa, que resulta interrumpida abruptamente por la aparición
del fantasma, además.
La
aparición de los fantasmas y de la bruja, en Hasta el viento tiene
miedo y Veneno para las hadas, respectivamente, ocurre por la
represión y contra ella. En el primer filme, donde esto es más claro, el
espectro es de una muchacha, huérfana de padre, a la que la directora
del colegio no le creyó cuando le dijo que su madre estaba gravemente
enferma, y a la que no le dieron permiso para ir a visitarla antes de
que muriera. E igual ocurre con los personajes principales: como castigo
por sus faltas, la cruel directora las deja sin poder salir de
vacaciones. La aparición actúa así, no sólo para vengarse, sino para
acabar con el autoritarismo, que es el origen de todo lo siniestro en el
filme.
En
Veneno para las hadas, a su vez, los fantasmas y las brujas existen
en las pesadillas de la niña cuya familia atea rechaza todo lo
sobrenatural, y que por eso mismo pareciera ser atractivo para ella. Al
final es la chica racional la que termina por cometer un acto cruel y
horrendo contra la amiga que juega a ser hechicera para imaginar que
tiene algún poder. Cabe agregar que la actitud “progresista” de la
familia de la niña mala se expresa también a través de una suerte de
sobreprotección científica: cuando una de las chicas, siempre
inmaculadamente limpias, se ensucia con barro en una hacienda, no sólo
la bañan sino que la desinfectan con alcohol.
Salvo
por esos detalles, que son de interés para quien ve la película con ojo
social, más que con la mirada gozosa del cinéfilo, Hasta el viento
tiene miedo y Veneno para las hadas no son películas
importantes. Quizás sólo la segunda sea lo suficientemente interesante
como para que merezca que se la aprecie hoy en día. En todo caso, sirven
para llamar la atención, una vez más, sobre la diversidad del panorama
cinematográfico en América Latina que, desde la irrupción de los “nuevos
cines”, en los años sesenta, estableció una relación de ruptura y
conflicto con esta corriente de terror y suspenso, que hoy regresa en
cintas como Habitaciones para turistas del argentino Adrián
García Bogliano (2004); Al final del espectro, del colombiano
Juan Felipe Orozco (2006); en el corto venezolano Larga distancia
de Héctor Palma (2007), y en el largo mexicano Km 31, de
Rigoberto Castañeda (2006).
Veneno para las hadas
y Hasta el viento tiene
miedo pueden adquirirse en Amazon.com, la primera por 8 dólares y la
segunda por 7 dólares. El precio no incluye los gastos de envío.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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