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videopatías
No ha llegado el día que lo dejen de querer
El
monumento al cantante de “El día que me quieras” en Caño Amarillo, en
Caracas, es una prueba del culto que se le ha profesado en Venezuela, y
la presencia de abundante cantidad de sus películas en DVD en las
tiendas de la ciudad es un indicio de que la devoción no ha perdido
vigencia a pesar de los más de 50 años que han transcurrido desde su
muerte. Es, además, una prueba de la importancia que tuvo el cine en la
creación del mito de Carlos Gardel en la cultura de masas, aun en los
primeros tiempos del sonoro, cuando la forma de ver las películas
también era diferente de la actual. Tan vinculado estuvo el cantante de
tangos al espectáculo cinematográfico que llegó a “actuar” en filmes
mudos, antes de convertirse en una estrella de la Paramount. Son
imprescindibles las comillas porque ante la cámara Gardel no fue nunca
otra cosa que una gran voz.
Las primeras apariciones del artista en la
pantalla se remontan a 1917 en Argentina, cuando actuó en Flor de
durazno y La loba, dirigidas por Francisco Defilippis Novoa.
El historiador Simon Collier confiesa que no han sido aclaradas todavía
las razones que llevaron a Gardel a incursionar en el cine, pero se cree
que pudo haber sido básicamente por amistad con algunos actores. A esa
época también se remontan las dudas acerca de su capacidad de actuar. El
propio músico era uno de los menos convencidos.
La
llegada del cine sonoro cambió las perspectivas para él, al menos en lo
que a las aspiraciones respecta. Probablemente Gardel tuvo conocimiento
de las posibilidades que se le abrían entre 1928 y 1929, cuando estuvo
de gira por París. Se cree incluso que en ese momento pudo haber
entablado conversaciones al respecto con la Paramount, de las cuales
nada resultó. Pero su regreso a Argentina, en 1930, filmó 10 cortos,
dirigidos por Eduardo Morera, que estuvieron entre las primeras
películas sonoras rodadas en el país.
En
una gira que hizo después, nuevamente por Francia, a Gardel se le
presentó la oportunidad de ser por primera vez protagonista de un
largometraje. Para ello se combinaron varios factores: el capital
formado por una compañía de teatro de dos dramaturgos argentinos, Manuel
Romero y Luis Bayón Herrera; la construcción de seis estudios de la
Paramount en Joinville-le-Pont, dedicados a la producción de películas
de bajo presupuesto y a la realización de doblajes en alrededor de 12
lenguas, y la intervención del director chileno radicado en Europa
Adelqui Millar, quien contribuyó a las gestiones que llevaron al
cantante a filmar con la corporación trasnacional.
La
primera película que Gardel filmó para la Paramount fue Luces de
Buenos Aires (1931), hecha a la carrera como toda la producción en
Joinville, con Millar como director, y Romero y Bayón Herrera como
guionistas. La música fue de Gardel y del compositor de “La comparsita”,
Gerardo Matos Rodríguez, con la colaboración de Julio de Caro y su
orquesta típica, que se hallaba por casualidad de gira en Francia. El
elenco provenía principalmente de la compañía de los dramaturgos.
A
pesar de algunas críticas adversas, la acogida entusiasta del filme por
la fanaticada del cantante derivó en un fenómeno quizás inédito en la
historia del cine: el público de los cines pedía al proyeccionista que
rebobinara y pasara de nuevo la secuencia del tango “Tomo y obligo”.
Cosas así volvieron a ocurrir en esos tiempos con otras cintas de
Gardel. La industria no había disciplinado todavía lo suficiente a la
audiencia.
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Otras
tres cintas rodó el cantante en Joinville para la Paramount, en momentos
en los que la empresa comenzaba a ser afectada por las repercusiones de
la crisis financiera de 1929. Melodía de arrabal (1932) es
considerada la mejor. Imperio Argentina fue la coprotagonista; la
dirección estuvo a cargo de Louis Gasnier, realizador de Los peligros
de Paulina para la Pathé (The Perilms of Pauline, 1914), y el
escritor fue Alfredo Le Pera. El filme marcó el comienzo de la
colaboración de Gardel y Le Pera, y en él es marcadamente visible
también la influencia de la poesía de bajos fondos del cine francés de
la época, acuñada por René Clair en Bajo los techos de París (Sous
les toits de París, 1930) y que va como anillo al dedo con el
imaginario del tango. El paraguas de la Paramount no debe prestarse a
equívocos: Melodía de arrabal es una cinta que nada tiene de
Hollywoodense.
En
1933 Gardel estuvo de vuelta en Argentina, como consecuencia de la
demora de la Paramount en rodar más películas suyas en Francia. Su viaje
a Estados Unidos en 1935 propició la firma de un nuevo contrato con la
empresa para la distribución de seis filmes, el cual le permitió a
Gardel participar como productor con su propia empresa. Para las dos
primeras cintas, el cantante trajo de Francia a Gasnier, quien dirigió
Cuesta abajo y El tango en Broadway, rodadas en Nueva York
en 1934.
La
tercera cinta, de 1935, y la penúltima en su carrera, puesto que murió
ese año en un accidente aéreo en Medellín, es la más célebre de todas
las que hizo: El día que me quieras, dirigida por John Reinhardt,
quien sustituyó a Gasnier luego de una pelea con Le Pera, y
coprotagonizada por Rosita Moreno. La participación de Astor Piazzolla,
cuando era niño, en un papel secundario es otro ingrediente de la
leyenda que rodea a esta cinta, en la que Gardel interpreta la pieza del
título y “Volver”. La perspectiva histórica, sin embargo, hace que
Melodía de arrabal sea hoy más interesante. Ella obedece a un patrón
que parece más original porque fue relegado por la hegemonía
estadounidense.
En todo
caso, salvo para los fanáticos de Gardel ambas cintas son en la
actualidad básicamente una alternativa para satisfacer la curiosidad
acerca de los primeros años del cine parlante en América Latina. A tal
efecto es importante evitar las versiones colorizadas de estos filmes,
un detalle que no está claramente señalado en los DVD legales que se
hallan disponibles en las tiendas del país. La edición argentina de
2003, publicada por International DVD Group, mantiene el blanco y negro
original de Melodía de arrabal y El día que me quieras. Si
bien se trata de versiones hechas a partir de copias de proyección muy
rayadas y brutalmente marcadas al final de cada rollo, en las que
incluso faltan algunos segmentos que producen molestos saltos, la banda
sonora se escucha bien, que es lo más importante, y la imagen tiene buen
contraste. Si se olvida el estándar de calidad fijado por la Colección
Criterion, puede disfrutarse como cinéfilo de estos 2 documentos
históricos recogidos en DVD, que tienen un precio de alrededor de 70
bolívares cada uno.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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