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Cidade Baixa

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El cuerpo que late

 

Cidade Baixa (2005), dirigida por Sérgio Machado, escrita por él junto con Karim Ainouz, el director de Madame Satá (2002), y producida por Walter Salles, representa una manera brasileña de abordar la realidad actual de la juventud, la misma inquietud que ha dado fama a Luc y a Jean-Perre Dardenne (ver la entrevista en Vértigo). Salvando las distancias con la pareja de maestros del cine social, ganadores de la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 2005 con El niño (L’Enfant), los realizadores de este filme latinoamericano tienen en común con los belgas la preocupación por el cuerpo de los jóvenes, y cómo en él se manifiesta una suerte de regresión al estado animal, cuando ellos son víctimas de la marginación social. La diferencia está en que para los Dardenne es fundamental representar las huellas corporales del sufrimiento, mientras que en Cidade Baixa se trata de plasmar otras manifestaciones de la vida que late en esos cuerpos, a pesar de las circunstancias. Principalmente se trata del goce del sexo y los estallidos de la ira y otras emociones.

 

El tema de Cidade Baixa no puede ser más lugar común latinoamericano. Es una película de malandros y putas, en la que hay una pelea de gallos y un personaje boxeador. Deco (Lázaro Ramos) y Nadinho (Wagner Moura) son amigos del alma y propietarios de un bote que transporta mercancías por los alrededores del puerto de Salvador de Bahía. Antes de zarpar en un viaje hacia la ciudad, conocen a una hermosa prostituta de la misma edad de ellos, Karinna (Alice Braga), a quien aceptan transportar a cambio de favores sexuales. Como es de rigor, la sinrazón del deseo se impone a la lógica del comercio, y los tres terminan atrapados en un triángulo amoroso cuyo elemento más original es la naturalidad con que se asume al principio que Deco sea negro. Luego todo eso se disuelve en la inescapable tragedia de los celos y los resentimientos. Tanta sensualidad no debería ser motivo de asombro, salvo porque en Hollywood cosas así son difíciles de lograr, por cuestiones de racismo y moral protestante. Incluso cuesta imaginar que los hermanos Dardenne lleguen a dejar un día sus temas cristianos, y la fría región de Valonia, para dejarse empapar por la poca de verdad que quizás haya en el estereotipo tropical. 

 

A pesar de los clichés, el filme destaca principalmente por la sensualidad de la fotografía de Toca Seabra, no sólo en las múltiples secuencias eróticas sino también en las peleas y en los desplazamientos de los personajes por los tarantines de venta y las escalinatas de los barrios ruinosos de Salvador. Hay carne, sudor, pero también sangre, paredes desconchadas, restos de comida en la comisura de las bocas... El logro sobresale si se considera que, aunque la manera como la cámara se sumerge en la intimidad de los personajes hace pensar en la ligereza del video, la película fue filmada en Super 16. Este es otro punto en común con los hermanos Dardenne, que utilizan el mismo formato.

 

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Pero la fotografía por sí misma no sería nada de no ser por la actuación del trío protagonista. Tal como lo requiere un filme que trata de mostrar el palpitar de la vida, los personajes son arrastrados desde el comienzo hasta el fin de la película por el torrente de las emociones y los deseos. Sin embargo, nunca pierden la naturalidad, a pesar de que los clichés de la historia se prestan tanto a la impostación. Y el ambiente es un personaje más. En la escena de la pelea de gallos, por ejemplo, en el que uno es negro y el otro blanco y anticipa así lo que ocurrirá entre Deco y Nadinho. La lucha entre los animales no es sólo un elemento decorativo. En los picotazos y los ataques con las espuelas se centra la atención en la secuencia, mientras que la pugna de las apuestas pasa a un segundo plano. Hacia el final del filme, además, una pelea entre Deco y Nadinho, que se desarrolla en una escalinata de piedra, tiene como acompañamiento un enorme perro que ladra, salta y enseña los colmillos, rabioso, tratando de morder a los personajes, cuando el combate los arrastra hasta donde él está. De una manera atinada ayuda a redondear la represtación de la furia animal de los jóvenes que luchan por el amor de una mujer, más allá de los golpes que rabiosamente se ve que se dan. Sin el perro sería una simple pelea.

 

Si cuando se produjo el éxito nacional e internacional de Estación Central, de Walter Salles (Central do Brasil, 1998) y Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles (Cidade de Deus, 2002), se acusó a estos filmes de hacer una “cosmética de la pobreza”, con similar suspicacia podría decirse que Cidade Baixa peca al retratar la pobreza como algo sexy. Propugnaría una “erotización de la pobreza” al servicio de una representación de Brasil como paraíso salvaje, de gente tan caliente como la tierra. La ambivalencia del filme da pie para esos pensamientos. Sin embargo, no puede dejar de insistirse lo que significa, para quienes no tienen otra cosa, disfrutar de placeres como aquellos tras los que se les va la vida a los personajes de la película. La renuncia a las pocas oportunidades de goce que tienen es quizás una renuncia aristocrática de la cual no suelen darse el lujo los pobres.

 

CIDADE BAIXA

Brasil, 2005

 

Dirección: Sérgio Machado. Guión: Karim Ainouz, Sergio Machado. Producción: Walter Salles. Fotografía: Toca Reabra. Monataje: Isabela Monteiro de Castro. Música: Carlinhos Brown, Beto Villares. Elenco: Lázaro Ramos (Deco), Alice Braga (Karinna), Wagner Moura (Naldinho), José Dumont (Sergipano). Duración: 98 minutos. Formato: Súper 16 inflado a 35 mm, 1,85:1, color, Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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