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videopatías
Posgrado de vida
Into the Wild
(2007), la cuarta película
de Sean Penn como director, y la tercera en la que también es guionista,
es una adaptación del libro de Jon Krakauer sobre Christopher Johnson
McClandless, quien abandonó a su familia luego de graduarse en la
Universidad de Emory y estando a las puertas de Harvard, para emprender
dos años de viajes a pie, en cola y remando por Norteamérica, que
concluyeron con una incursión solitaria en Alaska, donde la naturaleza
en la cual pretendía hallar un refugio contra el veneno de la
civilización acabó por matarlo en poco tiempo. El cinéfilo podrá
encontrar en el tema un parecido con el documental Grizzly Man de
Werner Herzog (2005), dedicado al naturalista Timothy Threadwell, quien
murió junto con su novia, también en Alaska, cuando los atacó uno de los
osos a cuya protección había dedicado su vida. Pero no se trata de una
persona que intenta rebasar los límites de su humanidad, como en el
filme del director alemán, sino de alguien que trata de profundizar en
el conocimiento de sí mismo para encontrar su verdad como hombre, y que
para hacerlo revive una utopía característicamente estadounidense,
plasmada en obras de pensadores y literatos como Henry David Thoreau y
Jack Korouac.
El
filme de ficción de Penn comparte con el de Herzog, sin embargo, la
expresión de un genuino interés, nacido de la admiración, por comprender
al personaje, sin dejar por ello de mantener una posición crítica frente
a él. En relación con la búsqueda de la verdad que a McCandless le
inspira a lanzarse a la carretera, la cinta indica que tanto él como su
hermana eran hijos bastardos de un exitoso ingeniero, quien emprendió
una relación con su madre cuando todavía estaba casado con otra mujer.
Hay, por tanto, una típica explicación de psicología hollywoodense: el
trauma que causó descubrir la falsedad de la aparente normalidad del
matrimonio en la infancia habría sembrado dudas en el personaje acerca
de la vida familiar y la angustia por encontrar lo verdadero, además del
rechazo a sus padres.
Pero
también hay una justificación claramente política de la actitud de
McCandless (Emile Hirsch) hacia la civilización, en las secuencias en
que el filme plantea aspectos absurdos de la autoridad opresiva del
estado. Por ejemplo, cuando no le dejan regresar a su país, después de
haber cruzado la frontera hacia México, porque no puede mostrar ninguna
identificación a los guardias, y cuando le exigen que espere más de 10
años para sacar la licencia que le permitiría remar legalmente en un
río. Este es el aspecto más típicamente estadounidense de la rebelión
del protagonista, aunque entre sus fuentes también está Tolstoi, en la
medida en que es expresión de una suspicacia liberal acerca del poder
del gobierno, y la necesidad de que se restrinja a lo estrictamente
necesario para hacer felices a los ciudadanos. La cuestión es similar en
lo que concierne al poder en la familia: el liberalismo sostiene que
nadie puede ejercer autoridad paternal sobre los mayores de edad, ni en
el estado ni en el hogar. En el caso de McCandless, como también en los
de Thoreau y Kerouac, entre muchos otros, esto se hace extensivo a todos
los demás hombres: no quiere que nadie se arrogue el derecho de decirle
qué puede y qué no puede hacer, y cómo tiene que vivir.
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También el conflicto de McCandless con la civilización está planteado de
una forma poética, en el que quizás es su aspecto más profundo. Una vez
que el joven retorna a Estados Unidos, se siente extraviado entre las
torres de fachadas de vidrio de la ciudad, y cuando deambula de noche
por las calles, la sensación de ser ajeno a ese mundo aumenta, tanto por
la observación de la vida que llevan los vagabundos iguales a él como
por la confrontación con aquello en que podría convertirse su vida si
retomara el camino hacia el éxito por la vía de los estudios y el
trabajo: un joven profesional que levanta la vista y le dirige una
sonrisa de comercial de dentífrico hace evidente el abismo que existe
entre ambos. El filme muestra así cómo la vida que busca McCandless está
por completo fuera de lugar en el asfalto, como consecuencia de una
intuición metafísica de la falsedad de todo lo civilizado. Su verdad
sólo puede hallarse en la carretera, en el campo y en la espesura.
La
crítica más profunda al personaje viene por el lado de hacer manifiesta
la ironía que plantea todo lo que hace. Señalar esto es imprescindible
en una época en la que prácticamente no quedan rincones del plantea que
no hayan sido explorados y conquistados por la civilización, y en la que
la “vida salvaje” sobrevive básicamente en los parques nacionales,
protegida por los gobiernos. Es ilustrativa, en este sentido, la imagen
de aviones que pasan, dejando una estela blanca en el cielo, incluso
allí donde el héroe se considera más integrado a la naturaleza. La idea
de huir de la civilización de McCandless proviene, además, de un
elemento central de la cultura y la vida civilizada: los libros. Es de
la lectura de donde surge en parte su forma de ser y de pensar, y cuando
se interna en el mundo natural, lo hace también con la guía de libros
sobre las plantas y con las notas que toma de las recomendaciones que le
dan acerca de cómo tratar la carne para que no se agusane. Para rematar,
si en el filme se muestra al héroe en repetidas ocasiones leyendo El
llamado de la selva de Jack London, la muerte le sobreviene por
haber cometido errores como los de los protagonistas de dos de los
Cuentos del ártico del mismo escritor: “Encender una hoguera” y “Las
mil docenas”. El lector empedernido salvaje fallece como un personaje
literario.
Otra
ironía es que la supervivencia del solitario McCandless en Alaska es
únicamente posible gracias a la civilización y a que el terreno ha sido
preparado por un aventurero anterior. El joven halla refugio en el “Bus
Mágico”, que se encuentra listo para proporcionarle un refugio
confortable, luego de una simple limpieza, y caza con un rifle. Y la
enseñanza que el personaje obtiene de la experiencia es aprender a
valorar la compañía humana, justo antes de descubrir que una
circunstancia no prevista le impide regresar a la civilización, como se
propone hacerlo luego de unas pocas semanas en el monte. “La felicidad
es irreal cuando no es compartida”, es la moraleja que escribe mientras
agoniza por estar aislado de la gente. Además, esa segunda vida que
decidió emprender para buscar la verdad, en la cual McCandless intenta
convertirse en otro, y adopta el ridículo nombre de Alexander Supertramp
(Supervagabundo), en el filme es relatada en capítulos titulados
“Nacimiento”, “Adolescencia”, “Madurez”, etcétera. Pero se prolonga
apenas alrededor de dos años, como a la vez se indica en la cinta con el
prolijo fechado de los hechos. Es decir, la aventura de vivir como un
aprendizaje de la verdad dura el equivalente de un posgrado, que al
final incluye el acto de graduación del estudiante: la muerte por hambre
en el monte.
INTO THE WILD
Estados Unidos, 2007
Dirección y
guión: Sean Penn, basado en el libro homónimo de Jon Krakauer. Producción:
Sean Penn, Art Linson, William Poblad. Diseño de producción:
Derek Hill. Fotografía: Eric Gautier. Montaje: Jay Cassidy.
Sonido:
Edward Tise, Martin Hernandez. Música: Michael Brook, Eddie
Vedder, Kaki King. Elenco: Emile Hirsch (Chris McCandless),
Marcia Gay Harden (Billie McCandless), William Hurt (Walt McCandless),
Jena Malone (Carine McCandless), Catherine Keener (Jane Burres), Brian
H. Dierker (Rainey), Vince Vaughn (Wayne Westerberg), Kirsten Stewart
(Tracy Tatro), Hal Holbrook (Ron Franz).
Duración:
148 minutos. Formato: 35 mm anamórfico con intermedio digital,
2,35:1, color; sonido Dolby Digital, DTS o SDDS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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