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King of California

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Doblones en el hipermercado

 

Hay películas que cobran relevancia, o simplemente existen, como oportunidades para que un actor de Hollywood asuma un papel diferente de aquellos en los que la industria tiende a encasillarlo y pueda demostrar así la amplitud de sus dotes interpretativas. El rey de California (King of California, 2007) es una de ellas. La ópera prima de Mike Cahill, producida por Alexander Payne, el director de Entre copas (Sideways, 2004), es una vitrina para que el Michael Douglas, quien fue nominado al Razzie por su papel en Bajos instintos (Basic Instinct, 1992), exhiba el talento que le hizo acreedor de un Oscar de actuación por Wall Street (1987), y es un recordatorio también de su disposición a apoyar proyectos poco convencionales y osados, como ocurrió cuando fue productor de Atrapado sin salida de Milos Forman (One Flew Over The Cuckoo’s Nest, 1975), que ganó el premio de la academia estadounidense a la mejor película, el mejor director, el mejor guión adaptado y los mejor actor y actriz principal. En el caso de El rey de California el tema es también la locura, sólo que no para narrar el enfrentamiento de un hombre contra la autoridad sino para relatar la historia de un Don Quijote moderno que busca un tesoro de la época de la Conquista española, enterrado bajo el piso de cemento de un establecimiento que tiene algo del supermercado de California del poema de Allen Ginsberg, con el añadido del posmoderno prefijo “hiper”.

 

La combinación de Cervantes y la generación beat fija el tono de este filme, cuyo principal problema, en consecuencia, es el de la verosimilitud. Se trata de la historia de Charlie (Douglas), un hombre que, luego de ser dado de alta del hospital psiquiátrico donde estaba internado, emprende la búsqueda del tesoro con la ayuda de su hija de 16 años de edad, Miranda (Evan Rachel Wood), y de un viejo amigo y compañero en una banda de jazz, Pepper (Willis Burks II). Como si eso fuera poco delirante, diversos detalles mantienen un precario equilibrio sobre la línea de lo que creíble, como que Miranda gane lo suficiente para vivir sola, sin la ayuda de la seguridad social, trabajando en McDonald’s, y que todavía más dinero aparezca para que Charlie compre un detector de metales, entre otros equipos, y alquile una pala mecánica.

 

 
Trailer de King of California
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El hecho de que sean propietarios de la casa en la que viven y de que su valor pueda haber subido como consecuencia de la urbanización que se construye en los alrededores, da un precario sustento a la justificación que hay en el filme para que los pobres sean tan ricos: la fuente de recursos son los créditos que el padre obtiene hipotecando la vivienda. Esta explicación, sin embargo, no es en el fondo sino una petición para que se conceda a la película la licencia del realismo poético, conservando apenas algunos detalles de la problemática social real. Por ejemplo, la ineficacia de las instituciones para ayudar a Miranda y el hecho de que haya tenido que abandonar sus estudios para ponerse todos los días el ridículo uniforme que le obliga a usar la empresa y salir con él a ganar lo necesario para pagar las facturas.

 

El público que ha aceptado participar en el juego, que no ha sido demasiado numeroso, a juzgar por las críticas que ha recibido El rey de California. Pero el que todavía se deje llevar por el espíritu de un Ginsberg lector del Quijote quizás sintonice mejor con el ácido y a la vez dulce abordaje de un problema más profundo que la crisis económica: cómo lo establecido se mantiene también como consecuencia de la negación de la utopía y la relegación de otras formas de vivir al ámbito de la locura. La búsqueda del tesoro lleva a Charlie a confrontar la California quijotesca de los cronistas con la gris realidad del presente que provocó el aullido del poema homónimo, donde la mercantilización y el achatamiento llegan hasta los últimos rincones del paisaje y de la existencia cotidiana: los prados se han convertido en campos de golf, tractores y camiones preparan las montañas para la edificación de nuevas urbanizaciones, el centro de la vida colectiva no es la misión de los valientes religiosos sino el hipermercado, el contacto principal de Miranda con las demás personas es el saludo corporativo y lo que más parece entretenerla es observar con la boca abierta la demostración de cómo funciona un lavaplatos automático. “¿Hasta cuándo vas a creer que el mundo es un lugar para jugar?”, le dice Miranda a Charlie, reprochándole su falta de sentido para entender que aquello que rechaza es la verdadera realidad. Pero él simplemente le responde: “Mira el mundo”.

 

El rey de California se sostiene también en las buenas actuaciones. En primer lugar la de Michael Douglas, quien logra una hazaña para un actor tan reconocible como él: desaparecer bajo la piel del barbudo y desaliñado de Charlie, sin caer nunca en el facilismo de llevar hasta la exageración los gestos que hacen manifiesta su sinrazón. Y no se queda atrás Evan Rachel Wood, quien hace aquí un papel exactamente contrario al del filme A los trece, de Catharine Hardwicke (Thirteen, 2003), por el cual ganó el Globo de Oro a la mejor actriz principal. En vez de una adolescente imposible de encauzar, aquí encarna la chata razón convencional, que por fortuna fracasa en su intento de contener a Charlie y termina, impulsada por la lúcida locura del padre, a encontrar su propio camino en la vida.

 

EL REY DE CALIFORNIA

The King of California, Estados Unidos, 2007

 

Dirección y guión: Mike Cahill. Producción: Alexander Payne, Randall Emmett, George Furla, Avi Lerner, Michael London, John Thompson. Diseño de producción: Dan Bishop. Fotografía: Jim Whitaker. Montaje: Glenn Garland. Música: David Robbins. Elenco: Michael Douglas (Charlie), Evan Rachel Wood (Miranda), Willis Burks II (Pepper). Duración: 93 minutos. Formato: 35 mm con intermedio digital, 1,85:1, color, Dolby Digital.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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