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videopatías
Anomalías estadísticas
A
primera vista pareciera ser El vengador anónimo, con una frágil
mujer, Jodie Foster, en el papel del rudo Charles Bronson. Sin embargo,
la Nueva York actual donde se desarrolla La valiente (The
Brave One, 2007), dirigida por Neil Jordan, es muy diferente de la
de la película de Michael Winner, en los setenta. Al comienzo, Erica
Bain (Foster) y su pareja sacan a pasear el perro de noche por Central
Park, que es un lugar bien iluminado, donde los viejitos se sientan en
los bancos, y no la boca de lobo poblada de malandros de Death Wish
(1974). La ciudad es, como dice Bain en su programa de radio, la
metrópoli más segura en el mundo, por lo que el brutal asalto del que es
víctima en el parque, y que le cuesta la vida a su compañero, debe ser
considerado como una anomalía en las estadísticas, algo tan extraño como
que ella decida comprar una pistola al salir del hospital para
convertirse en la versión femenina del “Vigilante”, el desconocido que
se dedica a limpiar las calles de la escoria humana del crimen.
El mayor acierto en la primera parte La
valiente es haber transformado en parte una historia que en sus
orígenes requería algo de abstracción, para poder ser vista como
representativa de una problemática social, en algo que le ocurre a un
personaje singular en circunstancias excepcionales. Además de ser un
requisito para tratar de convertir en arte lo que en El vengador
anónimo era básicamente denuncia del auge del delito y planteamiento
de tesis antiliberales al respecto, aparte de entretenimiento, en el
filme dirigido por Jordan esto constituye una forma lúcida de replantear
el problema del crimen, en un momento histórico y en un lugar
específicos en los que los índices de delictivos han disminuido.
¿A
quién puede importarle que las probabilidades de que cualquiera sea
asaltado de noche, en un lugar como Central Park, desciendan hasta el
nivel de la anomalía estadística, si es víctima de uno de esos ataques?
La pregunta que plantea el filme apunta certeramente a una paradoja de
la lucha contra el crimen en una sociedad democrática. Las cifras con
las que se pretende demostrar que la inseguridad disminuye son incapaces
de crear una auténtica sensación de seguridad, puesto que lo que siente
cada persona depende de sus experiencias personales al respecto, no del
índice delictivo. A alguien que han golpeado para quitarle sus
pertenencias es imposible convencerlo de que la ciudad es más segura,
aunque las estadísticas sean las única manera de demostrar si la
situación social mejora o empeora, y por ende si el gobierno elegido por
el pueblo es exitoso o no en la lucha contra el crimen.
El
problema de la relación entre el individuo y el colectivo se extiende en
el filme a la representación literaria de la ciudad que hace Erica Bain
en su programa Street Walk. Utilizando una técnica inspirada en el
personaje decimonónico del paseante, o flâneur, la protagonista
en la radio es una Nueva York recreada con palabras y sonidos
ambientales grabados por la locutora en diversas partes de la ciudad.
Las historias que ella cuenta se perderían en el anonimato si con ellas
no se entretejiera la vida de Nueva York.
Después del asalto todo eso se convierte para la locutora en una mentira
que le cuesta volver a contar ante el micrófono. Ya no puede asumir esa
posición de narradora omnisciente, desde la cual intentaba hacer la
crónica de la vida de Nueva York para esa abstracción que también son
los neoyorquinos como colectivo. Desde entonces se le impone la
peculiaridad de su historia personal, y las de muchos otros que empiezan
a llamarla al programa, no sólo para expresar su miedo sino también
cualquier disparate. Una vez que ha caído el velo de la literatura, la
ciudad se revela como un amasijo de historias y opiniones incoherentes y
desarticuladas. El mito de Nueva York se disuelve en la nada.
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Pero
lamentablemente la película no es realmente eso, ni sólo el fruto del
empeño que pusieron Jodie Foster y el coprotagonista, Terrence Howard, en
darle profundidad a sus respectivos personajes y a la transformación de
Erica Bain en particular. Tales planteamientos son marginales en el
filme, puesto que La valiente es realmente una historia de
venganza justiciera, y en la segunda parte sigue más o menos al pie de
la letra el modelo de El vengador anónimo, con poca imaginación
en lo que a la realización respecta, además. Aunque contribuyó a crear,
mediante la selección de las locaciones, un extrañamiento con respecto a
la Nueva York tradicional de las películas, que se corresponde
acertadamente con las experiencias de la protagonista, Jordan incurrió,
por ejemplo, en el lugar común del encuadre oblicuo para representar lo
que siente Erica Bain en la medida en que su seguridad interior se
transforma en miedo y en incertidumbre acerca de sí misma, porque sabe
que se está convirtiendo en otra persona. Tampoco resulta muy
imaginativo el recurso empleado para tamizar la violencia de la
secuencia del asalto: mostrarla en parte a través de las imágenes que
uno de los delincuentes capta con la cámara de un celular. Al final se
intenta justificarlo en la historia y el resultado todavía más
artificioso. Finalmente la película contradice sus propios
planteamientos cuando la locutora diserta acerca del alma
estadounidense, en el fondo de la cual habría un asesino justiciero. Eso
no es sino volver a poner sobre el tapete la ley del revólver encarnada
por Bronson.
El
camino de Hollywood hacia el arte suele estar empedrado de ambigüedades
como estas. Toca al espectador decidir que rescata del filme y qué es lo
que deja precipitar hacia el rápido olvido al que están destinados los
productos de la industria del entretenimiento.
LA
VALIENTE
The Brave One,
Estados Unidos-Australia, 2007
Dirección: Neil
Jordan. Guión: Roderick Taylor, Bruce A. Taylor, Cynthia Mort,
basado en una historia de Roederick y Bruce Taylor. Producción:
Joel Silver, Susan Downey. Diseño de producción: Kristi Zea.
Fotografía: Philippe Rousselot. Montaje: Tony Lawson.
Sonido: Philip Stockton. Música: Dario Marianelli.
Elenco:
Jodie Foster (Erica Bain), Terrence Howard (detective Mercer), Nicky
Katt (detective Vitale), Naveen Andrews (David Kirmani), Mary
Steenburgen (Carol). Duración:
122 minutos. Formato: 35 mm anamórfico con intermedio digital,
2,35:1, color, SDDS, Dolby Digital, DTS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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