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Los fantasmas de Goya

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Pintura de ideas

 

El título de la más reciente película de Milos Forman, Los fantasmas de Goya (Goya’s Ghosts, 2006), sugiere que se trata de una biopic. Este es un género en el que el director ha incursionado varias veces desde que abandonó Checoslovaquia cuando fue invadida por la Unión Soviética, en 1968, y se radicó en Estados Unidos. Amadeus (1984) fue su primera película de este tipo. Luego realizó Larry Flynt: el nombre del escándalo, sobre el creador de la revista pornográfica Hustler (The People vs Larry Flynt,1996), y después Hombre en la luna, que relata la vida del comediante estadounidense Andy Kaufman (Man on the Moon, 1999). Sin embargo la cinta que parece estar dedicada al pintor español trata en realidad de la época más oscura que le tocó vivir en España, la del reinado de Carlos IV y la invasión napoleónica, y lo hace con el fin de plantear problemas de la actualidad, como el uso de la fuerza militar para propagar por el mundo el “fuego de la libertad”, como llama George W. Bush a sus invasiones. Es, en el fondo, un filme sobre la ambivalencia de la modernidad, puesto que son tan modernos la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano como en nazismo, y de la racionalidad entendida como elección de los mejores medios para alcanzar fines. A darle el ácido tono que corresponde contribuye el guionista Jean-Claude Carrièrre, con quien Forman había trabajado antes, en Valmont (1989).

 

La primera secuencia de Los fantasmas de Goya revela qué papel desempeñan en el filme el pintor y su obra. En la decadente Inquisición española de finales del siglo XVIII se estudian sus grabados, porque se sospecha que pueden constituir un peligro para la iglesia católica y el estado. Sin embargo, el hermano Lorenzo (Javier Bardem), que ha contratado a Goya para que le haga un retrato, los defiende de la censura que quieren imponer sus superiores con un curioso argumento: lo que amenaza a la religión y al reino no son los grabados, sino los hechos en los que ellos se inspiran. Por tanto, propone que sean restaurados los viejos métodos del Santo Oficio, para curar al país de sus nuevos males.

 

Pensar que la realidad y la gente pueden amoldarse a los requerimientos de una utopía es una idea típicamente moderna que ha hecho correr ríos de sangre. No debe olvidarse que la Inquisición cobró importancia en España como parte de una estrategia de imponer la unidad nacional y un credo único, la religión cristiana, en un país que siempre ha estado integrado por varios pueblos diferentes y en el que durante siglos convivieron en relativa armonía cristianos, musulmanes y judíos. Es eso lo que está en juego en la secuencia que desencadena el principal conflicto en el filme, cuando el Santo Oficio decide citar a Inés (Natalie Portman), la hija de un rico comerciante, porque rechaza comer cerdo. Hasta en el Quijote se registra cómo esto era considerado signo de que se profesaba en secreto el judaísmo, luego de que los Reyes Católicos expulsaran del país a los practicantes de esa religión en 1492. Si se volvía a perseguir a los judíos a finales del siglo XVIII es porque se intentaba imponer otra vez el modelo de súbdito católico que la idea de nación exigía.

 

 
Trailer de Los fantasmas de Goya
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La razón, que se considera característica de la época moderna, está acompañada de esta sombra, que no es la que proyectan los irracionales sino la que se cierne sobre ellos desde el resplandeciente trono de la razón. En la película de Forman y Carrière las relación que convierte a las facetas luminosa y macabra en las dos caras de una misma moneda está representada, primero, en una secuencia del juicio religioso que se le sigue a Inés. De la pregunta que le hacen, sentada en una silla frente al interrogador y el escribiente, que anota prolijamente los pormenores del proceso, se pasa instantáneamente a la repetición de la interrogante con la muchacha sometida a la tortura, colgando con los brazos estirados hacia atrás. El afán de poner orden y seguir reglas claras en el juicio, además de guardar el registro para futuras revisiones, conduce al tormento, sin solución de continuidad.

 

La película no escatima en otros ejemplos para ilustrar cómo el razonar moderno puede trazarse con prístina claridad los más horrendos fines y elegir, además, la mejor forma de hacerlos realidad. Es cartesiano, por ejemplo, el argumento al que recurre el padre de Inés para demostrar la falsedad de lo que ha confesado su hija bajo tortura: invita bajo engaño al hermano Francisco a su casa y le somete al tormento para hacerle firmar una declaración absurda. Con ese papel acude a la Inquisición y al monarca para defender la inocencia de Inés. El dolor puede hacer que cualquiera confiese cualquier cosa, le dice al rey. Sin embargo, la lógica del santo tribunal es también inflexible en lo tocante a la defensa de sus intereses. Si el hermano Lorenzo confesó que es un simio disfrazado de hombre, infiltrado en la Inquisición para destruirla, eso sólo demuestra que es tan culpable como la muchacha.

 

La segunda parte del filme está dedicada a mostrar cómo la revolución de la libertad, la igualdad y la fraternidad, apoyada por el pueblo, no se diferencia esencialmente de la concepción monárquica de la nación con el rey como centro y la iglesia a su lado, al menos en lo que a la forma de llevar a la práctica las ideas redentoras a la práctica. Los fantasmas de Goya se convierte en una crítica explícita de la invasión a Irak cuando muestra la manera como las tropas francesas arrasan el país y abusan de sus habitantes en nombre de los derechos del hombre y del ciudadano, y cómo atacan a la religión del pueblo. No es otra cosa lo que hace Estados Unidos para promover la democracia y combatir el “fundamentalismo” islámico. Como remate de todo esto, entre los líderes españoles que colaboran con los invasores franceses aparece otra vez el antiguo hermano Lorenzo, quien se transforma de oscuro inquisidor encapuchado en luminoso difusor de las ideas de los nuevos tiempos. Nuevamente está aquí el problema de la racionalidad instrumental: los mismos métodos modernos pueden resultar eficaces tanto para mantener el tradicional dominio de la iglesia y del rey como para establecer en el poder a los que se proclaman portavoces del progreso. Es llamativo que el personaje de Bardem en este filme guarde un notable parecido, incluso en lo que al peinado respecta, con el Anton Chigurh de Sin lugar para los débiles, de los hermanos Coen (No Country for Old Men, 2007). También se trata de alguien que actúa criminalmente con arreglo a una inflexible racionalidad medios-fines.

 

La dualidad del personaje indica que el filme no se propone ser realista, en el sentido de reconstruir los acontecimientos de una época. Lo que les interesa a Forman y a Carrière es mostrar las consecuencias de cierta forma de pensar y de los intentos de hacer que las cosas del mundo se ajusten a la imaginación de los hombres poderosos. Para ello prescinden incluso de la verosimilitud con el fin de plantear ejemplos lo suficientemente grotescos para golpear al público y hacerle pensar, más allá de los acontecimientos que se relatan, en aquello invisible por lo cual se producen, y reflexionar también de manera tal que se trascienda la época en que se desarrolla la historia para considerar los acontecimientos de la actualidad. A eso aluden los fantasmas del título, a que siguen causando espanto hoy. En cuanto al pintor y su obra, el planteamiento pudiera consistir en establecer un paralelismo con las preocupaciones y procedimientos de la película, aunque no queda nada claro. Sin embargo, no puede decirse que sea una buena película, más allá de que sepa dar en el clavo con la crítica política. En el ejemplo concientizador se desdibujan la biopic y la ficción.

 

LOS FANTASMAS DE GOYA

Goya’s Ghosts, Estados Unidos-España, 2006

 

Dirección: Milos Forman. Guión: Milos Forman, Jean-Claude Carrière. Producción: Saúl Zaentz. Diseño de producción: Patricia von Brandenstein. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Montaje: Adrian Boome. Música: Varhan Bauer, José Nieto. Elenco: Javier Bardem (hermano Lorenzo), Natalie Portman (Inés Bilbatúa y Alicia), Stellan Skarsgard (Francisco de Goya), Randy Quaid (Carlos IV), José Luis Gómez (Tomás Bilbatúa), Michel Londsdale (inquisidor general), Mabel Rivera (María Isabel Bilbatúa), Blanca Portillo (reina María Luisa). Duración: 113 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color, DTS, Dolby Digital. 

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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