Adolescentes y mujeres adultas jóvenes, ahogadas por las
convenciones inherentes al papel que les toca cumplir en la
sociedad, son las protagonistas de los tres largometrajes de
Sofía Coppola: Las vírgenes suicidas (The Virgin
Suicides, 1999), basada en la novela homónima de Jeffrey
Eugenides; Perdidos en Tokio (Lost in Translation,
2003), y María Antonieta (Marine Antoinette,
2006), esta última nunca exhibida en cines en Venezuela pero
disponible para alquilar en DVD, en videoclubes. En el
segundo caso, el filme termina sin que la protagonista,
Charlotte (Scarlett Johansson), encuentre una salida en la
calle ciega en que se ha convertido su matrimonio. En el
caso del primero sí parece haber solución, aunque en Las
vírgenes suicidas la vía de escape sea el suicidio de
las hermanas Lisbon. Lo mismo ocurre en su tercera película,
aunque de forma más afortunada.
La
protagonista de María Antonieta es la que llegará a
convertirse en reina de Francia, una princesa austríaca a la
que razones de la política conducen a un matrimonio
adolescente con el no menos juvenil
Delfín, el heredero al trono de Francia. Los
convencionalismos son, en este caso, los de la corte de Versalles, por una parte, y por otra los inherentes al papel
de la muchacha como instrumento al servicio de las razones
de Estado. Para asegurar su posición, por ejemplo, María
Antonieta (Kirsten Dunst) debe estimular sexualmente a su
indiferente marido, que pareciera no estar destinado a
descubrir el placer del sexo (Jason Schwartzman) con el fin de evitar
la disolución del vínculo matrimonial, por no poder
consumarse la relación carnal, y para que le dé también un
hijo que la convierta en madre de un futuro heredero del
Trono. Asimismo, debe desempeñar sus deberes conyugales
hasta cierto punto en público, incluida la función
anteriormente mencionada: el monarca y los principales
miembros de la corte acompañan a la pareja de príncipes
hasta el lecho nupcial, luego del casamiento, y les desean
buena suerte en la tarea. Luego, a la mañana siguiente, y
desde entonces todos los días al despertar, María Antonieta
es rodeada de un amplio séquito que se aglomera alrededor de
ella desde el momento mismo en que se levanta, y se ve
obligada a cumplir con un estricto protocolo para ser
vestida y tomar la primera comida del día, en compañía del
príncipe y otros cortesanos.
Trailer de
María Antonieta
El
conflicto entre María Antonieta y los que la rodean se
intensifica hasta el punto en que ella decide no pensar más
en él y entregarse a disfrutar de los placeres que le ofrece
la vida en la corte. La solución al problema matrimonial
llega de una manera azarosa: una noche cualquiera, el Delfín
deja de darle la espalda a la cama, se monta sobre ella y le
hace el amor. Nueve meses después nace la niña que, aunque
no es un varón como se esperaba, al menos consagra a la
princesa como madre de los hijos del futuro monarca. Las que
hoy podríamos llamar “carencias afectivas” de María
Antonieta hallan remedio también por un golpe de suerte.
Durante una fiesta conoce a un hombre atractivo que se
convierte en su amante y del cual, al parecer, es el hijo
que la corte celebra como auténtico Delfín.
El
filme parece defender así abiertamente el hedonismo y la
actitud despreocupada o irresponsable ante la vida en
general, y lo hace por intermedio de un personaje que
probablemente aparezca en escena con la antipatía de buena
parte del público a cuestas. María Antonieta es frívola y
despilfarradora, no tiene sentido de la realidad ni de los
problemas del mundo que la rodea, salvo por las
incomodidades que le obligan a sortear. Pero la pregunta que
plantea el filme es, ¿acaso no causa rechazo esa forma de
vida porque en ella se cree percibir un eco pecaminoso? ¿Qué
de malo podría tener vivir así si se pudiera? Si se está de
acuerdo habría que plantearse como meta lograrlo: el ideal
de humanidad plenamente realizada sería la princesa
guillotinada por la Revolución Francesa.
En
contra de esta lectura podría argumentarse que la película
termina, precisamente, cuando comienza el triunfo de la
Revolución. Ese sería una suerte de castigo por los pecados
de una realeza decadente entregada al derroche mientras la
población pasa hambre. Sin embargo, esa no es la posición
del filme, al menos en lo que al disfrute de María Antonieta
específicamente respecta. Por una parte, prescindir de las
decapitaciones descarta el cumplimiento de un destino: la
Revolución no es sino como un azar, un accidente que pone
fin a la felicidad. Además, si bien continuamente se
menciona el repudio que causan los gastos de la princesa
para rodearse de lujos, también se tiene el tino de mostrar
que las causas del déficit del Estado son otras. Por
ejemplo, el dinero que Francia aporta a Estados Unidos. El
problema es el de los recursos que son destinados a fines
que trascienden la felicidad de las personas, como los que
se desprenden de las razones de Estado. Lo que alguien gasta
específicamente en sus goces tiene, en cambio, un límite
humano, que viene dado porque su capacidad de disfrutar es
limitada, por más desaforado que alguien sea.
Sarcásticamente, y para hacer rabiar aun más a los que creen
que buscas el placer por el placer mismo es cosa de gente
podrida por la plata, uno de los lujos que se permite la
reina, a la par con los vestidos multicolores, los zapatos
de todo tipo y el extravagante peinado, es el elaborado
trabajo de jardinería con el que construye un rincón
pastoral en Versalles. Allí sus hijos crecen rodeados de
flores, corderos y gallinas cuyos huevos son cuidadosamente
limpiados por las sirvientas antes de que lleguen a
tocarlos. En ese refugio María Antonieta lee, además,
elogios al estado de naturaleza, probablemente extraídos de
un texto del republicano Rousseau. Es de notar que su
conducta indica que habría hecho de esas ideas una
interpretación anacrónica por avanzada, por posmoderna. La
naturaleza y la vida sencilla son para ella un ideal, que es
llevado a la práctica mediante una escrupulosa modificación
de lo natural. Disfrutar de ese pasatiempo es, además,
obviamente, una elección, no una sencillez de costumbres
impuesta por una pobreza a la que se atribuya dignidad. Pensar que la frugalidad es por si
misma buena, ¿no es acaso un eco oscuro del temor al
bienestar por pecaminoso?
El
problema con María Antonieta es que estas cuestiones
morales no tienen parangón en la calidad cinematográfica de
la película. La manera como se produce la transformación que
convierte a la protagonista en una hedonista, como se dijo,
despoja de dramatismo a la historia, incluso de forma
deliberada, lo cual se reflejaría también en el tratamiento
frío de la cuestión del embarazo que no llega. Lo que queda
no es un relato capaz de interesar por sí mismo, y la forma
como es retratada la vida en la corte tampoco alcanza a
llenar el vacío. Finalmente, si la música era uno de los
pilares de los largometrajes anteriores de Sofia Coppola,
la combinación del rock alternativo de los ochenta-noventa y
obras de época no pareciera ser afortunada en María
Antonieta. Incluso la inserción de por lo menos una
pieza da la impresión de ser caprichosa, y para colmo se la
editó bruscamente para intentar hacer que cupiera en la
escena. Se trata de “Plainsong”,
del disco Desintegration de The Cure (1989), uno de
cuyos versos, sin embargo, podría servir de epígrafe a las
desventuras de la protagonista: “‘The wind is blowing like
it’s the end of the World’, you said, “and it’s so cold it’s
like the cold if you were dead” and the you smiled for a
second”.
MARÍA ANTONIETA Marie Antoinette,
Japón-Francia-Estados Unidos, 2006
Dirección y guión: Sofia Coppola.
Producción: Sofia Coppola, Ross Katz. Diseño
de producción: K. K. Barrett. Fotografía: Lance Acord.
Montaje: Sarah Flack. Sonido: Richard Beggs.
Elenco: Kirsten
Dunst (María Antonieta), Jason Schwartzman (Luis XVI), Judy
Davis (condesa de Noailles), Rip Tom (Luis XV), Rose Byrne
(duquesa de Polignac), Asia Argento (condesa de Barry).
Duración: 123 minutos. 35 mm, 1,85:1, Color, DTS, SDDS,
Dolby Digital.