09/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

Elogio de la riqueza

Adolescentes y mujeres adultas jóvenes, ahogadas por las convenciones inherentes al papel que les toca cumplir en la sociedad, son las protagonistas de los tres largometrajes de Sofía Coppola: Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides, 1999), basada en la novela homónima de Jeffrey Eugenides; Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003), y María Antonieta (Marine Antoinette, 2006), esta última nunca exhibida en cines en Venezuela pero disponible para alquilar en DVD, en videoclubes. En el segundo caso, el filme termina sin que la protagonista, Charlotte (Scarlett Johansson), encuentre una salida en la calle ciega en que se ha convertido su matrimonio. En el caso del primero sí parece haber solución, aunque en Las vírgenes suicidas la vía de escape sea el suicidio de las hermanas Lisbon. Lo mismo ocurre en su tercera película, aunque de forma más afortunada.

 

La protagonista de María Antonieta es la que llegará a convertirse en reina de Francia, una princesa austríaca a la que razones de la política conducen a un matrimonio adolescente con el no menos juvenil Delfín, el heredero al trono de Francia. Los convencionalismos son, en este caso, los de la corte de Versalles, por una parte, y por otra los inherentes al papel de la muchacha como instrumento al servicio de las razones de Estado. Para asegurar su posición, por ejemplo, María Antonieta (Kirsten Dunst) debe estimular sexualmente a su indiferente marido, que pareciera no estar destinado a descubrir el placer del sexo (Jason Schwartzman) con el fin de evitar la disolución del vínculo matrimonial, por no poder consumarse la relación carnal, y para que le dé también un hijo que la convierta en madre de un futuro heredero del Trono. Asimismo, debe desempeñar sus deberes conyugales hasta cierto punto en público, incluida la función anteriormente mencionada: el monarca y los principales miembros de la corte acompañan a la pareja de príncipes hasta el lecho nupcial, luego del casamiento, y les desean buena suerte en la tarea. Luego, a la mañana siguiente, y desde entonces todos los días al despertar, María Antonieta es rodeada de un amplio séquito que se aglomera alrededor de ella desde el momento mismo en que se levanta, y se ve obligada a cumplir con un estricto protocolo para ser vestida y tomar la primera comida del día, en compañía del príncipe y otros cortesanos.

 
Trailer de María Antonieta

El conflicto entre María Antonieta y los que la rodean se intensifica hasta el punto en que ella decide no pensar más en él y entregarse a disfrutar de los placeres que le ofrece la vida en la corte. La solución al problema matrimonial llega de una manera azarosa: una noche cualquiera, el Delfín deja de darle la espalda a la cama, se monta sobre ella y le hace el amor. Nueve meses después nace la niña que, aunque no es un varón como se esperaba, al menos consagra a la princesa como madre de los hijos del futuro monarca. Las que hoy podríamos llamar “carencias afectivas” de María Antonieta hallan remedio también por un golpe de suerte. Durante una fiesta conoce a un hombre atractivo que se convierte en su amante y del cual, al parecer, es el hijo que la corte celebra como auténtico Delfín.

El filme parece defender así abiertamente el hedonismo y la actitud despreocupada o irresponsable ante la vida en general, y lo hace por intermedio de un personaje que probablemente aparezca en escena con la antipatía de buena parte del público a cuestas. María Antonieta es frívola y despilfarradora, no tiene sentido de la realidad ni de los problemas del mundo que la rodea, salvo por las incomodidades que le obligan a sortear. Pero la pregunta que plantea el filme es, ¿acaso no causa rechazo esa forma de vida porque en ella se cree percibir un eco pecaminoso? ¿Qué de malo podría tener vivir así si se pudiera? Si se está de acuerdo habría que plantearse como meta lograrlo: el ideal de humanidad plenamente realizada sería la princesa guillotinada por la Revolución Francesa.

En contra de esta lectura podría argumentarse que la película termina, precisamente, cuando comienza el triunfo de la Revolución. Ese sería una suerte de castigo por los pecados de una realeza decadente entregada al derroche mientras la población pasa hambre. Sin embargo, esa no es la posición del filme, al menos en lo que al disfrute de María Antonieta específicamente respecta. Por una parte, prescindir de las decapitaciones descarta el cumplimiento de un destino: la Revolución no es sino como un azar, un accidente que pone fin a la felicidad. Además, si bien continuamente se menciona el repudio que causan los gastos de la princesa para rodearse de lujos, también se tiene el tino de mostrar que las causas del déficit del Estado son otras. Por ejemplo, el dinero que Francia aporta a Estados Unidos. El problema es el de los recursos que son destinados a fines que trascienden la felicidad de las personas, como los que se desprenden de las razones de Estado. Lo que alguien gasta específicamente en sus goces tiene, en cambio, un límite humano, que viene dado porque su capacidad de disfrutar es limitada, por más desaforado que alguien sea.

 

Sarcásticamente, y para hacer rabiar aun más a los que creen que buscas el placer por el placer mismo es cosa de gente podrida por la plata, uno de los lujos que se permite la reina, a la par con los vestidos multicolores, los zapatos de todo tipo y el extravagante peinado, es el elaborado trabajo de jardinería con el que construye un rincón pastoral en Versalles.  Allí sus hijos crecen rodeados de flores, corderos y gallinas cuyos huevos son cuidadosamente limpiados por las sirvientas antes de que lleguen a tocarlos. En ese refugio María Antonieta lee, además, elogios al estado de naturaleza, probablemente extraídos de un texto del republicano Rousseau. Es de notar que su conducta indica que habría hecho de esas ideas una interpretación anacrónica por avanzada, por posmoderna. La naturaleza y la vida sencilla son para ella un ideal, que es llevado a la práctica mediante una escrupulosa modificación de lo natural. Disfrutar de ese pasatiempo es, además, obviamente, una elección, no una sencillez de costumbres impuesta por una pobreza a la que se atribuya dignidad. Pensar que la frugalidad es por si misma buena, ¿no es acaso un eco oscuro del temor al bienestar por pecaminoso?

El problema con María Antonieta es que estas cuestiones morales no tienen parangón en la calidad cinematográfica de la película. La manera como se produce la transformación que convierte a la protagonista en una hedonista, como se dijo, despoja de dramatismo a la historia, incluso de forma deliberada, lo cual se reflejaría también en el tratamiento frío de la cuestión del embarazo que no llega. Lo que queda no es un relato capaz de interesar por sí mismo, y la forma como es retratada la vida en la corte tampoco alcanza a llenar el vacío. Finalmente, si la música era uno de los pilares de los largometrajes anteriores de Sofia Coppola, la combinación del rock alternativo de los ochenta-noventa y obras de época no pareciera ser afortunada en María Antonieta. Incluso la inserción de por lo menos una pieza da la impresión de ser caprichosa, y para colmo se la editó bruscamente para intentar hacer que cupiera en la escena. Se trata de “Plainsong”, del disco Desintegration de The Cure (1989), uno de cuyos versos, sin embargo, podría servir de epígrafe a las desventuras de la protagonista: “‘The wind is blowing like it’s the end of the World’, you said, “and it’s so cold it’s like the cold if you were dead” and the you smiled for a second”.

MARÍA ANTONIETA
Marie Antoinette, Japón-Francia-Estados Unidos, 2006

Dirección y guión: Sofia Coppola. Producción: Sofia Coppola, Ross Katz. Diseño de producción: K. K. Barrett. Fotografía: Lance Acord. Montaje: Sarah Flack. Sonido: Richard Beggs. Elenco: Kirsten Dunst (María Antonieta), Jason Schwartzman (Luis XVI), Judy Davis (condesa de Noailles), Rip Tom (Luis XV), Rose Byrne (duquesa de Polignac), Asia Argento (condesa de Barry). Duración: 123 minutos. 35 mm, 1,85:1, Color, DTS, SDDS, Dolby Digital.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info