04/08
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Toro salvaje

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Esplendor de Martin Scorsese

 

La colección de Martin Scorsese en DVD, publicada por MGM en 2006 y que recién llega a las tiendas venezolanas, reúne tres filmes que el director realizó en un período de esplendor de su carrera, propiciado por el éxito de Taxi Driver (1975): El último vals (The Last Waltz, 1978), New York, New York (1977) y Toro salvaje (Raging Bull, 1980). El primero es un documental sobre el último concierto de The Band, el grupo que acompañó a Bob Dylan en numerosas giras; el segundo, una insólita mezcla de drama y musical, si es que es posible adscribir la película a un género; el tercero es la segunda obra cumbre en la carrera de Scorsese, después de Taxi Driver, y relata el ascenso y caída de Jake La Motta, quien fue campeón mundial de boxeo en el peso medio y es célebre por los seis combates que libró contra Sugar Ray Robinson. Es una biopic, en síntesis. ¿Hay algo en común entre las tres cintas que justifique su publicación en el mismo paquete, más allá de la coincidencia en el tiempo y el hecho de que sean trabajos de un mismo realizador? Responder esta pregunta significaría hallar la clave de por qué Martin Scorsese podría ser considerado como un autor de Hollywood o, quizás sería mejor decir, del Nuevo Hollywood.

 

Vasos comunicantes existen, evidentemente. New York, New York y El último vals tienen en común el tema de la música, cuya importancia para el director ha sido puesta de relieve recientemente por los documentales que ha realizado sobre Bob Dylan (No Direction Home, 2005) y los Rolling Stones (Shine a Light, 2008). Antes de hacer la película del concierto de The Band, había participado, además, en el montaje del documental sobre el Festival de Woodstock, al igual que la editora de Toro Salvaje, Thelma Schoonmaker.

 

Si bien New York, New York es una película sobre el jazz, y no sobre el rock-and-roll, que es la verdadera especialidad de Scorsese, el conflicto que se plantea en ella es también entre el tipo de jazz que derivó hacia los espectáculos de Broadway y el que se convirtió en una expresión musical de vanguardia, tan exquisita hoy en día como la música académica. Es, por tanto, también un filme sobre problemas de la música, no sólo una suerte de musical.

 

New York, New York y Todo salvaje son, a su vez, películas de Robert De Niro. La última, sobre todo, debe ser considerada como el resultado de la suma de la creatividad de Scorsese, De Niro y el mismo guionista de Taxi Driver, Paul Schrader, quien en este caso adaptó el libro homónimo escrito por La Motta con la ayuda de dos colaboradores. Las dos también representan una continuación de las búsquedas del filme de 1975 en lo que refiere a la tensión entre un estilo deliberadamente artificioso y elementos que pugnan por desbordarlo: la forma de actuación característica del Actor’s Studio y el afán de representar en el filme la vida real de los italoestadounidenses en Nueva York, respectivamente.

 

 
Trailer de El último vals
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Siete cámaras en el Winterland

 

A pesar de que nació como un encargo, y se convirtió incluso en una tarea ardua e inconveniente, porque la realización fue paralela a la etapa final de rodaje y al montaje de New York, New York, El último vals no puede ser considerado como un mero compromiso. Desde el comienzo Scorese se involucró tan a fondo en el proyecto que expandió la idea original de registrar el espectáculo en 16 mm a un ambicioso despliegue de siete cámaras de 35 mm. Detrás de ellas estuvieron, además, directores de fotografía como Laszlo Kovacs, quien venía de hacer New York, New York; Vilmos Zsigmond, nominado al Oscar por la fotografía de El francotirador de Michael Cimino (The Deer Hunter, 1978), y David Myers, quien trabajó en THX 1138 de George Lucas (1971). Todos estuvieron bajo la dirección de David Chapman, director de fotografía de Taxi Driver y Toro salvaje.

 

Más allá del derroche técnico, que tiene un correlato justo en los resultados, el filme destaca por una estructura circular, acorde con la idea de la despedida de The Band. L película comienza al final del concierto, y se desarrolla como una suerte de flash back, aunque también se insertan entrevistas y piezas interpretadas por el grupo en estudio. Como documento, además, es valiosa por los artistas que acompañaron al grupo esa noche en el Winterland de San Francisco, convocados por el productor Bill Graham: Bob Dylan, Neil Young, Muddy Waters, Dr John, Neil Diamond, Van Morrison, Joni Mitchell y los poetas Lawrence Ferlinghetti y Michael McClure, entre otros, a los que se añaden Ringo Starr y Ron Wood en un cameo, al final.

 

En conjunto, los invitados buscaban representar el amplio espectro de la música que interpretó The Band, que iba desde el repertorio de los editores de Tin Pan Alley, que dominaron la música popular estadounidense hasta comienzos del siglo XX, hasta las corrientes tradicionales y alternativas que florecieron en los cincuenta y los sesenta: country, blues, Fol., rock-and-roll... El último vals constituye un fresco de una cultura musical de honda raigambre estadounidense que, por esa misma razón, no ha tenido la trascendencia trasnacional del rock.

 

El Nuevo Hollywood vs el Hollywood clásico

 

New York, New York es una cinta maldita en la filmografía de Scorsese, puesto que el rodaje estuvo lleno de problemas, no funcionó con el público y la crítica la rechazó. Ello se debió en parte a que la primera versión que el director presentó, de 270 minutos de duración, fue recortada a 153 minutos por United Artists, y luego a 136 minutos, para exhibición en Europa, lo cual obligó a eliminar, entre muchas cosas, una secuencia clave de 12 minutos, “Happy Endings”, que se haría célebre cuando fue exhibida por primera vez en el Festival de Venecia, en 1979, y fue añadida en el montaje definitivo del filme, de 163 minutos de duración, que se exhibió en 1981. Es esta versión es la que se reproduce en el DVD, y tuvo una acogida crítica más favorable que la que llegó a las salas en 1978.

 

A pesar del tono comercial del título, New York, New York es casi una película experimental. Cuando menos es cierto que resultó una cinta tan extraña como Taxi Driver, aunque más cara y menos lograda. El argumento, la historia de dos personas creativas y talentosas que tratan de mantener una relación personal y profesional que fracasa, es irrelevante en comparación con los problemas formales en los que se centra el filme. La cinta se desarrolla sobre la base de una radicalización progresiva de la puesta en escena, que parte del modelo clásico, con el cual se halla en conflicto la actuación de Robert De Niro, como se dijo al principio, hasta llegar a la abstracción de ambientes que se diluyen en un solo color, tanto por la iluminación como por los fondos. Es decir, va del Hollywood de la época dorada al Nuevo Hollywood que irrumpió en 1975, con Taxi Driver.

 

New York, New York

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Otro problema cinematográfico es planteado en el filme mediante el choque entre la manera de actuar de De Niro, quien aprendió a tocar el saxofón para hacer el papel, así como se convirtió en chofer de verdad para preparar el personaje de Taxi Driver, y el desempeño de la coprotagonista, Liza Minelli. Se trata de un conflicto formal entre el Actor’s Studio y Broadway que tiene correlato dramático en el contraste de estilos musicales que los protagonistas encarnan: Doyle es una figura del be bop, que se aproxima al jazz de vanguardia; Franzine Evans (Minelli) es una cantante de big band, que deviene estrella de Broadway, de películas musicales y de pop para adultos, tal como la actriz en la vida real.

 

El personaje de Doyle, a su vez, no parece ser en las primeras secuencias otra cosa que un típico clown, pero poco a poco van aflorando en él los conflictos internos, hasta llegar al estallido en una escena en la que él y Evans pelean a gritos en el interior de un carro en marcha, en la que el realismo del conflicto interior de quien se siente envidioso del éxito ajeno, más aun si es de su mujer, contrasta con el absurdo de una situación en la que se conduce sin ver hacia el camino, prácticamente incluso sin tocar el volante. En la secuencia, Scorsese prescinde incluso de la proyección de fondo: la marcha es sugerida  por cambios en la iluminación. Esto es lo que más contribuye a darle apariencia abstracta.

 

La supresión de la secuencia donde Evans interpreta el musical Happy Endings en Broadway, que en el filme se confunde con una película dentro de la película, constituye el punto culminante de la ironía de New York, New York, que no tiene un final feliz como los de las cintas a las que se refiere la cantante en la pieza. Los protagonistas fracasan en su vida personal, así como triunfan con su arte y en los negocios. Incluso el éxito artístico de Doyle es irónico, puesto que consiste en alejarse más y más de la música que triunfa como producto industrial, al contrario de su pareja. La Nueva York de Taxi Driver, finalmente, no aparece en el filme, que fue completamente rodado en estudio, a pesar del título que celebra a la ciudad. La expresión “New York, New York” es también irónica.

 

Scorsese confiesa, en la entrevista que incluye el DVD como presentación, que no todo lo que se propuso en New York, New York pudo ser logrado. Sin embargo, por la huella autoral que imprimió a la cinta quizás debería considerarse hoy a este filme como una pieza fundamental del Nuevo Hollywood, a pesar de que no fue valorado en su momento.

 

El guante de boxeo de Dios

 

El mismo desarrollo progresivo de la estilización de New York, New York se percibe en los combates de boxeo de Toro salvaje. Desde la primera escena de pelea es evidente que Scorsese quiso darle un tono artificioso a las escenas rodadas con la cámara sobre el ring, que bordea incluso la caricatura en la velocidad de los golpes. Pero en el último combate llega a prescindirse por completo del realismo, y se ve a Sugar Ray Robinson, contra un fondo neutro, preparar el golpe decisivo contra Jake La Motta, por ejemplo.

 

 
Trailer de Toro salvaje
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Irónicamente otra vez, el formalismo del filme, que comprende el uso del blanco y negro en toda la película, con la excepción de una “cita” de películas caseras del peleador, en vez de esconder la truculencia, evitando que se vea el rojo de la sangre, la subraya. Los golpes hacen brotar chorros de sangre del rostro de los combatientes y, en diversas secuencias, La Motta se expone abiertamente al castigo del adversario, con todos los estragos físicos que ello implica. Incluso detalles realistas, como la sangre que gotea de las cuerdas, que dejó impresionado a Scorsese la primera vez que fue a ver una pelea, y la que tiñe el agua con que lo refrescan en la esquina en el último match, están al servicio de una representación artificiosamente truculenta de un deporte cuyo salvajismo no requiere añadidos.

 

Toro salvaje fue estrenada en una época en la que estuvieron de moda las cintas sobre el boxeo, como Rocky (1976) y Rocky II (1979), interpretadas por Sylvester Stallone, cuyos colores influyeron también en la elección del blanco y negro. También Combate de fondo (The Main Event, 1979), con Barbara Streisend y Ryan O’Neil, y Campeon de Franco Zeffirelli (The Champ). Sin embargo, no es una película que trate propiamente de eso. La característica principal del filme es que se vale de un tema poderoso, socialmente interesante y de atractivo visual, para abordar un problema trascendente, de manera similar a como las cuestiones cinematográficas y musicales subyacen en New York, New York. En este caso, se trata del sufrimiento como castigo por los pecados, lo cual explica por qué La Motta deja que le golpeen cruelmente en el ring, y coloca incluso los brazos abiertos en cruz, como Cristo, sobre las cuerdas, mientras recibe el castigo que le desfigura el rostro.

 

La trascendencia es también con respecto al cuidadoso trabajo de la psicología del personaje en el guión, con el cual Robert De Niro logró, además, una de las mejores interpretaciones de su carrera, que requirió engordar 20 kilos para las escenas de la vida de La Mota como boxeador retirado. La cinta muestra a un hombre en conflicto consigo mismo, como el Travis Bickle de Taxi Driver, e incluso Jimmy Doyle, que a diferencia del primero no evoluciona hacia un estallido de violencia dirigida contra los demás, ni contra su pareja, como el protagonista de New York, New York, sino contra sí mismo. Sin embargo, la evocación de los motivos religiosos, que es evidente, impide concluir que se trata únicamente de un problema de carácter. Dios está en juego, aunque no se le mencione. Lo mismo es válido en relación con las circunstancias sociales que rodean el deporte, e incluso la penetración de la mafia en el manejo del espectáculo. Toro salvaje considera estos asuntos, sobre todo la corrupción, pero lo hace tangencialmente. El interés es otro.

 

Sin embargo, se trata también de una película que destaca por la representación realista de la vida de los italoestadounidenses como se dijo más arriba. Hay intertítulos que presentan los combates como si se tratara de un documental sobre el deporte, pero lo realmente “documentado” es la vida en un barrio donde continuamente se escuchan canciones lejanas que ilustran la cultura y costumbres de quienes viven allí, al igual que la decoración de los hogares y el vestuario, tanto para estar en casa como para salir.

 

Hay en Toro salvaje la misma tensión entre realismo y esteticismo que caracteriza a Taxi Driver, como ya se indicó. Pero no es una película tan brillante, sobre todo al final, cuando pareciera disolverse en una trillada biopic para narrar la última etapa de la caída del deportista retirado. Quizás también porque no tiene una música como la que Bernard Herrmann compuso para la cinta de 1975, y que fue su último trabajo antes de morir. Vista desde la perspectiva actual, lo propiamente magistral en la cinta sería es la actuación de Robert De Niro, que no tiene nada que envidiarle a la de Taxi Driver y que incluye rutinas similares, como una escena ante el espejo, al comienzo y al final del filme. También el montaje de Thelma Schoonmaker. Los dos ganaron los respectivos Oscar en 1980.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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