04/08
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Merdado de ladrones

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Capitalismo noir

 

Si Jules Dassin no hubiera muerto el 31 de marzo habría sido difícil reparar en una película de 1949 que está a la venta en DVD en una tienda en Internet venezolana, y se la puede comprar pagando en bolívares. En español se titula de forma más acertada que en inglés: Mercado de ladrones, tal como la novela en la que está basada, escrita por A. I. Bezzerides, quien fue también el autor del guión. La 20th Century Fox se decantó por Autopista de ladrones (Thieves’ Highway). Buenas razones de índole ideológica no le faltaron a la compañía para llevar a cabo el cambio edulcorante. La película es una brutal crítica de la forma como pueden mercantilizarse las relaciones humanas allí donde la lógica del capitalismo se vuelve más cotidiana: entre los pequeños empresarios.

 

La historia se desarrolla en el submundo de los camioneros independientes y de los vendedores del mercado municipal con los que hacen negocios. Esta última palabra está desprovista en la película de la luminosa aura libertaria que adquiere en las aulas del IESA o en los panfletos del Cedice. Valga decir que la cinta ha sido considerada como una pieza de film noir, o cine negro, por la forma como en ella se pasa de la negociación al robo, la agresión y el asesinato sin solución de continuidad. Los métodos honestos, deshonestos y criminales integran un solo conjunto de medios orientados a la consecución de un fin: cobrar siempre, pagar nunca, para obtener así la mayor ganancia al menor costo posible.

 

No es recatada la película para mostrar eso, y en ello reside su valor, tanto en 1949 como en la actualidad, en Estados Unidos y en Venezuela. El padre del protagonista perdió las piernas cuando fue emborrachado por un comerciante para arrebatarle la mercancía, y luego hacerle creer que tuvo un accidente con el camión y después le robaron. El vehículo, además, fue adquirido por otro camionero para hacer un negocio, sin pagar por él. El dinero para ello ha de provenir del mismo negocio, dice. Esa suerte de robo es la inversión.

 

En las negociaciones también se manifiesta en el filme lo desalmados que pueden ser los comerciantes. Las manzanas que dos personajes deciden transportar desde la granja a la ciudad son de óptima calidad, pero a los polacos que apenas hablan inglés que las han cosechado se les intenta pagar menos de lo acordado inicialmente, haciendo gala, obscenamente, del hecho de que no hay otros transportistas que hayan venido a sacarlas y podrían pudrirse en los árboles. Sólo la intervención del joven protagonista, poco habituado a esa altura de la historia a los usos y modos del comercio frutal, permite que el granjero reciba una remuneración un poco más acorde con las necesidades de su familia. Pero es la voluntad bondadosa de un individuo ingenuo, no las leyes de la oferta y la demanda, la que fija el justo precio o, mejor sería decir, un precio un poco menos injusto por las manzanas.

 

La verdadera jungla mercantil es, sin embargo, el mercado municipal. El camionero que lleva largas horas sin dormir, y sometido a la tensión de los accidentes que amenazan su vida en la ruta, necesita recuperar rápidamente a toda costa la lucidez necesaria para descubrir los ardides que se traman a su alrededor para apoderarse al menor costo posible de su mercancía, si no gratis. Pero el héroe, cuando estaciona, de inmediato queda semiinconsciente de cansancio sobre el volante. Tiene, además, el plan suicida de vengarse, haciendo un buen negocio, del rey de los estafadores de lugar, el mismo Mike Figlia que dejó inválido a su padre.

 

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Para apoderarse también sin pagar del cargamento del hijo, el vendedor hace que le corten los cauchos al camión del muchacho, que está mal estacionado, con el fin de tener un pretexto para descargarlo: debe aliviar el peso para que pueda ser remolcarlo. De hecho, Figlia se pone a vender la mercancía ajena con ese fin, mientras el protagonista retoza con una mujer que el comerciante puso a su alcance precisamente con ese fin. Luego Figlia miente sobre el precio al que colocó la mercancía, dice que no tiene dinero en efectivo para pagar con un cheque y, al ver que el otro persiste tercamente en su afán de cobrar, manda después unos ladrones para que le roben el efectivo que le ha dado por las manzanas.

 

El problema con este filme es que la crítica del mercantilismo haya fundamento en cuestiones religiosas. Las manzanas son una clásica metáfora del pecado, y uno de los personajes codiciosos muere consumido por las llamas, en el infierno al que lo conduce su imprudente ambición. También puede reprochársele que su retrato del mercado excluye a los peores de todos los ladrones: las grandes corporaciones, que recurren a métodos que no son distintos de los que emplean los personajes de la película, con la diferencia de que no ofrecen un rostro humano contra el cual dirigir la censura moral y disfrutan de una impunidad todavía más atroz. Pero hay que tener en cuenta que se dirige a un público estadounidense para el cual la Biblia era y sigue siendo una referencia importante para  entender el mundo y distinguir el bien y el mal, y que se estrenó en una época de cacería de reales o presuntos comunistas en Hollywood. Hasta la Fox se asustó con la contundencia de la denuncia en el filme, por lo cual no quiso que le pusieran a la cinta el título de la novela.

 

Dassin, de hecho, fue perseguido por la Comisión de Actividades Antiestadounidenses del Congreso como consecuencia de su militancia en el Partido Comunista, que abandonó en 1939 como consecuencia del pacto nazi-soviético. Para explicar su militancia dijo una vez, en una entrevista con The Guardian: “Crecías en Harlem, donde había problemas para alimentar y dar calor a las familias, y vivías muy cerca de la Quinta Avenida, que es elegante. Te enojabas, tenías ideas, al ver un montón de pobreza a tu alrededor, y era un proceso muy natural”. El cineasta estuvo casado, además, con la actriz griega Melina Mercouri, quien fue una militante antifascista que luchó contra la dictadura militar en su país. Esto explica que Dassin haya muerto en Atenas, y permite entender también por qué llevó adelante la parte fundamental de su carrera en Francia, adonde emigró en 1953.

 

Para dar una idea de la relevancia actual de la obra de Jules Dassin podría decirse que en la consagratoria Colección Criterion hay cinco títulos dirigidos por él, incluido Merado de ladrones –la edición que se comenta aquí es de Fox Home Entertainment–. Los otros filmes son Brute Force (1947), Naked City (1948), Night and the City (1950) y Rififi, su primera cinta en Francia (1955). Aunque en Estados Unidos fue un realizador destacado en el cine negro, se le recuerda principalmente por el filme francés de bajo presupuesto Rififi, que es considerado una pieza fundamental del género de las películas sobre ladrones de joyas, y es célebre por la secuencia del robo, que dura 30 minutos sin música ni diálogos. Por esa película ganó el premio al mejor director en el Festival de Cannes. Otra de sus cintas más conocidas es Nunca los domingos (Pote tin Kyriaki, 1960). Por su papel en ella Melina Mercouri compartió con Jeanne Moreau el premio a la mejor actriz en el mismo certamen francés.

 

MERCADO DE LADRONES

Thieves’ Highway, Estados Unidos, 1949

 

Dirección: Jules Dassin. Guión: A. I. Bezzerides, basado en su novela Thieves’ Market. Producción: Robert Bassler. Fotografía: Norbert Brodine. Montaje: Nick DeMaggio. Sonido: Alfred Bruzlin, Harry M. Leonard. Música: Alfred Newman. Elenco: Richard Conte (Nick Garcos), Valentina Cortese (Rica), Lee J. Cobb (Mile Figlia), Barbara Lawrence (Polly Faber), Jack Oakie (Slob), Millard Mitchell (Ed Prentiss), Joseph Pevney (Pete). Duración: 94 minutos. Formato: 35 mm, 1, 37:1, blanco y negro, mono.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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