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videopatías
Capitalismo noir
Si
Jules Dassin no hubiera muerto el 31 de marzo habría sido difícil
reparar en una película de 1949 que está a la venta en DVD en una tienda
en Internet venezolana, y se la puede comprar pagando en bolívares. En
español se titula de forma más acertada que en inglés: Mercado de
ladrones, tal como la novela en la que está basada, escrita por A.
I. Bezzerides, quien fue también el autor del guión. La 20th Century Fox
se decantó por Autopista de ladrones (Thieves’ Highway).
Buenas razones de índole ideológica no le faltaron a la compañía para
llevar a cabo el cambio edulcorante. La película es una brutal crítica
de la forma como pueden mercantilizarse las relaciones humanas allí
donde la lógica del capitalismo se vuelve más cotidiana: entre los
pequeños empresarios.
La historia se desarrolla en el submundo de
los camioneros independientes y de los vendedores del mercado municipal
con los que hacen negocios. Esta última palabra está desprovista en la
película de la luminosa aura libertaria que adquiere en las aulas del
IESA o en los panfletos del Cedice. Valga decir que la cinta ha sido
considerada como una pieza de film noir, o cine negro, por la
forma como en ella se pasa de la negociación al robo, la agresión y el
asesinato sin solución de continuidad. Los métodos honestos, deshonestos
y criminales integran un solo conjunto de medios orientados a la
consecución de un fin: cobrar siempre, pagar nunca, para obtener así la
mayor ganancia al menor costo posible.
No es
recatada la película para mostrar eso, y en ello reside su valor, tanto
en 1949 como en la actualidad, en Estados Unidos y en Venezuela. El
padre del protagonista perdió las piernas cuando fue emborrachado por un
comerciante para arrebatarle la mercancía, y luego hacerle creer que
tuvo un accidente con el camión y después le robaron. El vehículo,
además, fue adquirido por otro camionero para hacer un negocio, sin
pagar por él. El dinero para ello ha de provenir del mismo negocio,
dice. Esa suerte de robo es la inversión.
En
las negociaciones también se manifiesta en el filme lo desalmados que
pueden ser los comerciantes. Las manzanas que dos personajes deciden
transportar desde la granja a la ciudad son de óptima calidad, pero a
los polacos que apenas hablan inglés que las han cosechado se les
intenta pagar menos de lo acordado inicialmente, haciendo gala,
obscenamente, del hecho de que no hay otros transportistas que hayan
venido a sacarlas y podrían pudrirse en los árboles. Sólo la
intervención del joven protagonista, poco habituado a esa altura de la
historia a los usos y modos del comercio frutal, permite que el granjero
reciba una remuneración un poco más acorde con las necesidades de su
familia. Pero es la voluntad bondadosa de un individuo ingenuo, no las
leyes de la oferta y la demanda, la que fija el justo precio o, mejor
sería decir, un precio un poco menos injusto por las manzanas.
La
verdadera jungla mercantil es, sin embargo, el mercado municipal. El
camionero que lleva largas horas sin dormir, y sometido a la tensión de
los accidentes que amenazan su vida en la ruta, necesita recuperar
rápidamente a toda costa la lucidez necesaria para descubrir los ardides
que se traman a su alrededor para apoderarse al menor costo posible de
su mercancía, si no gratis. Pero el héroe, cuando estaciona, de
inmediato queda semiinconsciente de cansancio sobre el volante. Tiene,
además, el plan suicida de vengarse, haciendo un buen negocio, del rey
de los estafadores de lugar, el mismo Mike Figlia que dejó inválido a su
padre.
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Para
apoderarse también sin pagar del cargamento del hijo, el vendedor hace
que le corten los cauchos al camión del muchacho, que está mal
estacionado, con el fin de tener un pretexto para descargarlo: debe
aliviar el peso para que pueda ser remolcarlo. De hecho, Figlia se pone
a vender la mercancía ajena con ese fin, mientras el protagonista retoza
con una mujer que el comerciante puso a su alcance precisamente con ese
fin. Luego Figlia miente sobre el precio al que colocó la mercancía,
dice que no tiene dinero en efectivo para pagar con un cheque y, al ver
que el otro persiste tercamente en su afán de cobrar, manda después unos
ladrones para que le roben el efectivo que le ha dado por las manzanas.
El
problema con este filme es que la crítica del mercantilismo haya
fundamento en cuestiones religiosas. Las manzanas son una clásica
metáfora del pecado, y uno de los personajes codiciosos muere consumido
por las llamas, en el infierno al que lo conduce su imprudente ambición.
También puede reprochársele que su retrato del mercado excluye a los
peores de todos los ladrones: las grandes corporaciones, que recurren a
métodos que no son distintos de los que emplean los personajes de la
película, con la diferencia de que no ofrecen un rostro humano contra el
cual dirigir la censura moral y disfrutan de una impunidad todavía más
atroz. Pero hay que tener en cuenta que se dirige a un público
estadounidense para el cual la Biblia era y sigue siendo una
referencia importante para entender el mundo y distinguir el bien y el
mal, y que se estrenó en una época de cacería de reales o presuntos
comunistas en Hollywood. Hasta la Fox se asustó con la contundencia de
la denuncia en el filme, por lo cual no quiso que le pusieran a la cinta
el título de la novela.
Dassin, de hecho, fue perseguido por la Comisión de Actividades
Antiestadounidenses del Congreso como consecuencia de su militancia en
el Partido Comunista, que abandonó en 1939 como consecuencia del pacto
nazi-soviético. Para explicar su militancia dijo una vez, en una
entrevista con The Guardian: “Crecías en Harlem, donde había
problemas para alimentar y dar calor a las familias, y vivías muy cerca
de la Quinta Avenida, que es elegante. Te enojabas, tenías ideas, al ver
un montón de pobreza a tu alrededor, y era un proceso muy natural”. El
cineasta estuvo casado, además, con la actriz griega Melina Mercouri,
quien fue una militante antifascista que luchó contra la dictadura
militar en su país. Esto explica que Dassin haya muerto en Atenas, y
permite entender también por qué llevó adelante la parte fundamental de
su carrera en Francia, adonde emigró en 1953.
Para
dar una idea de la relevancia actual de la obra de Jules Dassin podría
decirse que en la consagratoria Colección Criterion hay cinco títulos
dirigidos por él, incluido Merado de ladrones –la edición que se
comenta aquí es de Fox Home Entertainment–. Los otros filmes son
Brute Force (1947), Naked City (1948), Night and the City
(1950) y Rififi, su primera cinta en Francia (1955). Aunque
en Estados Unidos fue un realizador destacado en el cine negro, se le
recuerda principalmente por el filme francés de bajo presupuesto
Rififi, que es considerado una pieza fundamental del género de las
películas sobre ladrones de joyas, y es célebre por la secuencia del
robo, que dura 30 minutos sin música ni diálogos. Por esa película ganó
el premio al mejor director en el Festival de Cannes. Otra de sus cintas
más conocidas es Nunca los domingos (Pote tin Kyriaki,
1960). Por su papel en ella Melina Mercouri compartió con Jeanne Moreau
el premio a la mejor actriz en el mismo certamen francés.
MERCADO DE LADRONES
Thieves’ Highway,
Estados Unidos, 1949
Dirección:
Jules Dassin. Guión: A. I. Bezzerides, basado en su novela
Thieves’ Market. Producción: Robert Bassler. Fotografía:
Norbert Brodine. Montaje: Nick DeMaggio. Sonido: Alfred
Bruzlin, Harry M. Leonard. Música: Alfred Newman.
Elenco:
Richard Conte (Nick Garcos), Valentina Cortese (Rica), Lee J. Cobb (Mile
Figlia), Barbara Lawrence (Polly Faber), Jack Oakie (Slob), Millard
Mitchell (Ed Prentiss), Joseph Pevney (Pete). Duración: 94
minutos. Formato: 35 mm, 1, 37:1, blanco y negro, mono.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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