07/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

Ruleteo mortal

Un anciano borrachín y maloliente se siente mal, cada vez peor. Es llevado por la noche en ambulancia a un hospital, del cual lo despachan rápidamente hacia otro. De allí lo remiten a un tercero para que sea intervenido de urgencia, pero el cirujano se niega a operarlo. Es trasladado entonces a un cuarto centro de salud, adonde llega al borde de la agonía.

 

Esta historia, que suena tan común y corriente, y casi sería trivial en Venezuela, hizo que jurados de festivales y críticos se halaran los cabellos por la situación del sistema de salud en Rumania, luego de ver la película que ganó el premio de la sección Una Cierta Mirada en el Festival de Cannes de 2005: La muerte del señor Lazarescu de Cristi Puiu (Mortea domnului Lazarescu, 2005). Además, la historia real en la que se basa el filme fue todo un escándalo en el país del director, que incluso terminó con una enfermera en la cárcel.

Pero La muerte del señor Lazarescu no ha ganado ese premio y muchos otros más sólo por la historia, ni por la denuncia que podría atribuírsele. Esta suerte de anti-ER sobresale, en primer lugar, por una realización inspirada en los documentales del estadounidense Friederick Wiseman, quien por una parte se ha dedicado a trabajar el tema de la relación entre los ciudadanos y las instituciones, y por otra ha desarrollado un estilo visual que se preocupa por mostrar las relaciones entre las personas y los diversos ambientes en los que se desenvuelven.

En el filme de Puiu, por tanto, prácticamente no hay primeros planos del señor Lazarescu (Ion Fiscuteanu), tal como sería de rigor para el dramatismo en una película convencional. Siempre se ve al protagonista a una distancia desde la que, en la primera parte, se llega a saber de él es principalmente lo que dicen la suciedad de su hogar, la decrepitud del mobiliario y los gatos que son su única compañía. Asimismo, el tratamiento de la odisea hospitalaria lo muestra como aquello que es para los médicos: un molesto paquete asqueroso, del cual tratan de librarse lo más rápidamente posible, pasándoselo a otro.

El juicio que hay en el filme sobre el sistema hospitalario no se refiere, entonces, a la responsabilidad del estado. Por el contrario, es una crítica que trata de poner al desnudo las diversas estrategias que los profesionales de la salud ponen en práctica para desenvolverse en las instituciones para las que trabajan, las cuales comprenden desde intercambios de favores personales hasta el uso descarnado de la autoridad que se deriva del título y del escalafón, tanto ante los pacientes como entre el personal médico de diferente jerarquía. De esta manera la cinta pone el dedo en la llaga de la responsabilidad: al ajustarse a la lógica que exige el desenvolvimiento en la institución, y que además parece ser lo que permite que el hospital funcione, los médicos terminan actuando sobre la base de la persecución de fines que parecen ajenos a la salud de los pacientes, que es la razón de ser de su profesión. Esta cuestión moral es puesta de relieve, sobre todo, por las diferencias en el comportamiento de los diversos doctores, que conoce matices que van, desde el claro rechazo a todo esfuerzo y compromiso hasta la entrega resignada de aquellos que llevan encima largas horas de trabajo agotador y se ven llamados a atender todavía una emergencia más en la madrugada.

 

Asimismo, el filme dirige su ojo crítico al abandono de los ancianos por parte de sus familiares. Morir solo pareciera ser no solamente el destino del señor Lazarescu sino también el de todos aquellos que van siendo relegados a un rincón donde el teléfono se convierte en el principal contacto con el exterior.

Irónicamente, tanto la ambulancia que traslada al señor Lazarescu como los hospitales que recorre parecen estar, aunque llenos de gente que espera por ser atendida, adecuadamente dotados de equipos y materiales médicos. Al protagonista incluso lo ve un neurólogo que le envía a hacerse un par de tomografías computarizadas en el mismo hospital, y el procedimiento se lleva a cabo de inmediato, incluida la entrega de los resultados. Es imposible saber si los hospitales rumanos se encuentran o no en estas condiciones, que no parecieran distar de lo óptimo. Lo cierto es que el director evade así la tentación de culpar al gobierno de todo lo malo que sucede. Si bien negarse a atender emergencias “innecesarias” puede ser un indicio de crisis en los hospitales, al igual que la sobrecarga de trabajo del personal, el filme por lo menos deja las dudas en el aire: ¿no hay una falla inherente al funcionamiento de las instituciones, independientemente de que las circunstancias de su desenvolvimiento sean buenas o malas?; ¿acaso los hospitales funcionarían mejor en condiciones ideales con profesionales negligentes e inhumanos?

De igual manera es irónico el contraste entre el miserable comportamiento de los personajes, incluido el protagonista, quien se ha abandonado a la decadencia y no cuida su salud, y los nombres cargados de contenido simbólico que ostentan: el anciano enfermo se llama Dante, y a lo largo de su recorrido por los diversos círculos del infierno hospitalario que atraviesa se encuentra con un Virgilio, llama Beatriz a la enfermera que lo lleva de un lado a otro y, al final del recorrido lo espera un “ángel”. Además del tono absurdo que esos nombres aportan a un filme realizado en la patria de Ionesco, quizás también son un eco burlón del aura de venerado prestigio que rodea a los profesionales de la medicina.

La muerte del señor Lazarescu está disponible en una edición en DVD de Tartan Video, con subtítulos en inglés, que puede ser adquirida en Amazon.com por 20 dólares, más los gastos de envío. Si bien el subtitulado es bastante tosco, esta versión incluye una larga y excelente entrevista en video con Cristi Puiu, así como con un tal doctor Fred Berlin, quien intenta convencer al público de que historias como las de la película no pueden ocurrir en Estados Unidos, aunque Michael Moore opine lo contrario. Asimismo trae un folleto con un artículo del New York Times sobre la cinta y otra entrevista con el director, hecha por Christopher Huber de la revista Cinema Scope.

LA MUERTE DEL SEÑOR LAZARESCU
Mortea domnului Lazarescu, Rumania, 2005

Dirección: Cristi Puiu. Guión: Cristi Puiu, Razvan Radulescu. Producción: Bobby Paunescu, Anca Puiu. Diseño de producción: Cristina Barbu. Fotografía: Oleg Mutu, Andrei Butica (cámara en mano). Montaje: Dana Bunescu. Sonido: Constantin Fleancu. Elenco: Ion Fiscuteanu (Dante Lazarescu), Luminita Gheorghiu (Mioara), Dana Dogaru (Mihaela Sterian), Doru Ana (Sandu Sterian), Servan Pavlu (Gelu), Gabriel Spahiu (Leo), Florin Zamfirescu (doctor Ardelean), Alexandru Fifeu (Virgil, camillero de hospital), Monica Barladeanu (Mariana), Alina Berzunteanu (doctora Zamfir), Doru Boguta (chofer de la ambulancia), Mimi Branescu (doctora Mirica), Mihai Bratila (doctor Breslasu). Duración: 153 minutos. 35 mm, 1.85:1, Color.

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Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info