Ruleteo mortal
Un anciano borrachín y maloliente se
siente mal, cada vez peor. Es llevado por la noche en
ambulancia a un hospital, del cual lo despachan rápidamente
hacia otro. De allí lo remiten a un tercero para que sea
intervenido de urgencia, pero el cirujano se niega a
operarlo. Es trasladado entonces a un cuarto centro de
salud, adonde llega al borde de la agonía.

Esta historia, que suena tan común y
corriente, y casi sería trivial en Venezuela, hizo que
jurados de festivales y críticos se halaran los cabellos por
la situación del sistema de salud en Rumania, luego de ver
la película que ganó el premio de la sección Una Cierta
Mirada en el Festival de Cannes de 2005: La muerte del
señor Lazarescu de Cristi Puiu (Mortea domnului
Lazarescu, 2005). Además, la historia real en la que se
basa el filme fue todo un escándalo en el país del director,
que incluso terminó con una enfermera en la cárcel.
Pero La muerte del señor Lazarescu
no ha ganado ese premio y muchos otros más sólo por la
historia, ni por la denuncia que podría atribuírsele. Esta
suerte de anti-ER sobresale, en primer lugar, por una
realización inspirada en los documentales del estadounidense
Friederick Wiseman, quien por una parte se ha dedicado a
trabajar el tema de la relación entre los ciudadanos y las
instituciones, y por otra ha desarrollado un estilo visual
que se preocupa por mostrar las relaciones entre las
personas y los diversos ambientes en los que se
desenvuelven.
En el filme de Puiu, por tanto,
prácticamente no
hay primeros planos del señor Lazarescu (Ion Fiscuteanu),
tal como sería de rigor para el dramatismo en una película
convencional. Siempre se ve al protagonista a una distancia
desde la que, en la primera parte, se llega a saber de él es
principalmente lo que dicen la suciedad de su hogar, la
decrepitud del mobiliario y los gatos que son su única
compañía. Asimismo, el tratamiento de la odisea hospitalaria
lo muestra como aquello que es para los médicos: un molesto
paquete asqueroso, del cual tratan de librarse lo más
rápidamente posible, pasándoselo a otro.
El juicio que hay en el filme sobre el
sistema hospitalario no se refiere, entonces, a la
responsabilidad del estado. Por el contrario, es una crítica
que trata de poner al desnudo las diversas estrategias que
los profesionales de la salud ponen en práctica para
desenvolverse en las instituciones para las que trabajan,
las cuales comprenden desde intercambios de favores
personales hasta el uso descarnado de la autoridad que se
deriva del título y del escalafón, tanto ante los pacientes
como entre el personal médico de diferente jerarquía. De
esta manera la cinta pone el dedo en la llaga de la
responsabilidad: al ajustarse a la lógica que exige el
desenvolvimiento en la institución, y que además parece ser
lo que permite que el hospital funcione, los médicos
terminan actuando sobre la base de la persecución de fines
que parecen ajenos a la salud de los pacientes, que es la
razón de ser de su profesión. Esta cuestión moral es puesta
de relieve, sobre todo, por las diferencias en el
comportamiento de los diversos doctores, que conoce matices
que van, desde el claro rechazo a todo esfuerzo y compromiso
hasta la entrega resignada de aquellos que llevan encima
largas horas de trabajo agotador y se ven llamados a atender
todavía una emergencia más en la madrugada.

Asimismo, el filme dirige su ojo crítico
al abandono de los ancianos por parte de sus familiares.
Morir solo pareciera ser no solamente el destino del señor
Lazarescu sino también el de todos aquellos que van siendo
relegados a un rincón donde el teléfono se convierte en el
principal contacto con el exterior.
Irónicamente, tanto la ambulancia que
traslada al señor Lazarescu como los hospitales que recorre
parecen estar, aunque llenos de gente que espera por ser
atendida, adecuadamente dotados de equipos y materiales
médicos. Al protagonista incluso lo ve un neurólogo que le
envía a hacerse un par de tomografías computarizadas en el
mismo hospital, y el procedimiento se lleva a cabo de
inmediato, incluida la entrega de los resultados. Es
imposible saber si los hospitales rumanos se encuentran o no
en estas condiciones, que no parecieran distar de lo óptimo.
Lo cierto es que el director evade así la tentación de
culpar al gobierno de todo lo malo que sucede. Si bien
negarse a atender emergencias “innecesarias” puede ser un
indicio de crisis en los hospitales, al igual que la
sobrecarga de trabajo del personal, el filme por lo menos
deja las dudas en el aire: ¿no hay una falla inherente al
funcionamiento de las instituciones, independientemente de
que las circunstancias de su desenvolvimiento sean buenas o
malas?; ¿acaso los hospitales funcionarían mejor en
condiciones ideales con profesionales negligentes e
inhumanos?
De igual manera es irónico el contraste
entre el miserable comportamiento de los personajes,
incluido el protagonista, quien se ha abandonado a la
decadencia y no cuida su salud, y los nombres cargados de
contenido simbólico que ostentan: el anciano enfermo se
llama Dante, y a lo largo de su recorrido por los diversos
círculos del infierno hospitalario que atraviesa se
encuentra con un Virgilio, llama Beatriz a la enfermera que
lo lleva de un lado a otro y, al final del recorrido lo
espera un “ángel”. Además del tono absurdo que esos nombres
aportan a un filme realizado en la patria de Ionesco, quizás
también son un eco burlón del aura de venerado prestigio que
rodea a los profesionales de la medicina.
La muerte del señor Lazarescu
está disponible en una edición en DVD de
Tartan Video, con subtítulos en inglés, que puede ser
adquirida en Amazon.com por 20 dólares, más los gastos de
envío. Si bien el subtitulado es bastante tosco, esta
versión incluye una larga y excelente entrevista en video
con Cristi Puiu, así como con un tal doctor Fred Berlin,
quien intenta convencer al público de que historias como las
de la película no pueden ocurrir en Estados Unidos, aunque
Michael Moore opine lo contrario. Asimismo trae un folleto
con un artículo del New York Times sobre la cinta y
otra entrevista con el director, hecha por Christopher Huber
de la revista Cinema Scope.
LA MUERTE DEL SEÑOR LAZARESCU
Mortea
domnului Lazarescu, Rumania,
2005
Dirección:
Cristi Puiu. Guión: Cristi Puiu, Razvan Radulescu.
Producción: Bobby Paunescu, Anca Puiu. Diseño de
producción: Cristina Barbu. Fotografía: Oleg Mutu,
Andrei Butica (cámara en mano). Montaje: Dana Bunescu.
Sonido: Constantin Fleancu. Elenco: Ion
Fiscuteanu (Dante Lazarescu), Luminita Gheorghiu (Mioara),
Dana Dogaru (Mihaela Sterian), Doru Ana (Sandu Sterian),
Servan Pavlu (Gelu), Gabriel Spahiu (Leo), Florin Zamfirescu
(doctor Ardelean), Alexandru Fifeu (Virgil, camillero de
hospital), Monica Barladeanu (Mariana), Alina Berzunteanu
(doctora Zamfir), Doru Boguta (chofer de la ambulancia),
Mimi Branescu (doctora Mirica), Mihai Bratila (doctor
Breslasu). Duración: 153 minutos. 35 mm, 1.85:1,
Color.
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Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info