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videopatías
Causal de
despido
Los filmes Tokyo Drifter (Tokio nagaremono, 1966) y
Branded to Kill (Koroshi no rakuin, 1967), representaron a la
vez el punto culminante y la culminación del trabajo de Seijun Suzuki en
los estudios Nikkatsu. La empresa lo despidió por estas dos películas,
que hoy son consideradas como las obras maestras del realizador, y
también son piezas fundamentales de un cine japonés eclipsado en su
momento por la obra de Yasuhiro Ozu, Kenji Mizoguchi y Akira Kurosawa,
así como por la nueva ola (Nuberu vagu) que encabezaron Nagisa
Oshima y Shohei Imamura. Hoy, 40 años después, Suzuki, quien sigue
activo, es valorado por su audacia artística, que tiene un lejano
parentesco con la
de Jean-Luc Godard.
En la
comunicación que probablemente le envió la empresa para participarle la
decisión de prescindir de sus servicios, el realizador probablemente
subrayó las palabra “incomprensible”, referida específicamente a
Branded to Kill, y quizás fue con ella al equivalente japonés de la
Inspectoría del Trabajo a reclamar. En todo caso, le ganó un juicio a la
empresa que, probablemente como respuesta, emprendió contra él un boicot
que le dejó sin poder hacer otra película durante 10 años.
Lo
peor es que Nikkatsu, si bien pudo no haber actuado con justicia, tenía
algo de razón. La última cinta que el director hizo para el estudio fue
una consciente y escrupulosa violación de las más elementales reglas del
género y la verosimilitud en general. En el montaje, fracturó
deliberadamente el desarrollo “natural” de la historia. Por poner un
ejemplo, de unos mafiosos que viajan en carro, de noche, y temen ser
perseguidos por otros criminales se corta a un plano de un hombre rana
que se prepara para sumergirse en el mar, con lo que comienza una
secuencia que se desarrolla en un muelle, la cual obliga al espectador a
hacer un esfuerzo para imaginar cómo debe insertarla en la trama. El
personaje principal, además, es un sicario cuya pasión más intensa
consiste en aspirar el aroma del arroz al cocinarse, y que falla en la
ejecución de una de sus víctimas porque una mariposa se posa ante la
mira telescópica de su rifle. Hay confusión en los planos cerrados entre
la lluvia y el agua que sale de una regadera, provista de una manguera,
la cual que no pareciera ser usada sólo en el baño –la representación el
espacio es también ambigüa en el filme–, y en la trama aparece una
misteriosa mujer que vive en una casa decorada con pájaros muertos y
miles de mariposas, lo cual sirve como pretexto para una secuencia en la
que el protagonista aparece enmarcado entre franjas decoradas con
siluetas dibujadas de aves y de esos insectos.
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La
historia de Branded to Kill es la de Goro Hanada (Jo Shishido),
el asesino n° 3 en el ranking del sicariato japonés, quien es contratado
primero para transportar bajo protección a una persona y luego para
matar a varias otras. Comete esos crímenes, por ejemplo, disparando
desde el sótano, a través de la cañería del lavabo, para liquidar a un
optometrista que lava el ojo de vidrio de un paciente, y en otra ocasión
huye saltando por el balcón para caer sobre un globo cuya trayectoria
previamente había calculado. Pero no consigue lograr su objetivo en el
caso del tiro que le hace errar la mariposa, por lo que se convierte en
alguien marcado para matar, quizás por culpa de su esposa, que pareciera
involucrada en un negocio de diamantes fraguado con un amante, a sus
espaldas. Esto no es completamente claro. En todo caso, el final es un
enfrentamiento con el asesino n° 1, que ocurre en un gimnasio de boxeo.
Hanada termina gritando “Soy el campeón”, “Soy el campeón”, antes de
caer del ring, quien sabe si agonizando o muerto. ¿Acaso se esperaba
algo definitivo?
La
irreverencia del director de este filme no parece haber nacido de
complicadas especulaciones acerca de la naturaleza del cine sino de una
brutal rebeldía contra el sistema de producción en el que se hallaba
inserto, quizás extensiva a la sociedad japonesa en su conjunto. En la
Nikkatsu, Suzuki desempeñaba la labor de productor en serie de filmes
que serían el equivalente de la Serie B estadounidense, destinados a
completar los programas que se exhibían en los cines de la empresa, y
cuyo atractivo principal eran otras películas. El realizador calcula
haber hecho cerca de 40 películas de esta manera industrial, a razón de
hasta 4 por año, y se ufanaba de poder montar una cinta en un sólo día,
tiempo que le habría demorado la edición de Branded to Kill.
Además de por cintas de yakuzas como Tokyo Drifter y la
que ocasionó su despido, Suzuki también destacó en la realización de
melodramas prostibularios, como Historia de una prostituta
(1965), sobre las mujeres que fueron empleadas para el entretenimiento
sexual de los soldados japoneses desde antes la Segunda Guerra Mundial.
Esta y otras facetas del militarismo fue también otro blanco predilecto
de la furiosa crítica del realizador, quien fue enviado dos veces al
frente, en Filipinas y Taiwán, como miembro de una unidad de
meteorólogos en la guerra, y pudo conocer de primera mano las
atrocidades cometidas por las tropas de su país. Sus sentimientos hacia
la empresa y el Ejército, le llevaron a condensar en una frase su
posición ante las instituciones: “Hacer cosas no es lo que cuenta: es el
poder de destruirlas”.
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No
obstante, Suzuki fue también constructor de una estética en sus filmes,
especialmente mediante la técnica del pastiche y el uso expresivo y
simbólico de recursos que deben estar subordinados al cumplimento de una
función narrativa, según la concepción clásica del cine. En Tokyo
Drifter, por ejemplo, hay una secuencia de western caprichosamente
inserta en la película, la cual se desarrolla en un típico saloon de
puertas batientes, en el que hay una cantante y bailarina rubia, entre
otros estadounidenses, y que termina con una pelea en la que ser rompen
botellas, sillas, mesas y hasta el propio local, parte del cual incluso
se derrumba. Mientras que Branded to Kill es en blanco y negro,
en esta cinta fue filmada de esa manera sólo la primera secuencia. Luego
de que el protagonista descubre un objeto rojo de forma indefinida en
suelo, la película salta a un uso intenso y plano del color. Las escenas que
tienen el sexo como elemento central ocurren en un decorado en el que
casi todo es del tono que tiene este significado: el amarillo, según Stephen Teo en su artículo sobre Seijun Suzuki para
Senses of Cinema. En otra secuencia, el fondo cambia de rojo a blanco, que
representan el encarcelamiento y la muerte, respectivamente, según el
código de la yakuza.
Aun
en medio del más feroz de los caos, las películas de Suzuki cumplían
también con recorrer los tres puntos básicos de la acción en el teatro
kabuki: la escena de sexo, la escena del asesinato y la escena de la
batalla. Esos serían los pilares dramátúrgucos de un estilo que, a pesar
de su apariencia insólita, tendría además como eje fundamental una
preocupación por el espectador. “La gramática del cine consiste en
mantener la atención del público”, dijo el realizador, para lo cual
sería válido, no sólo aclararle las cosas sino también causar
desconcierto, de manera tal que lo que mantiene a la gente en vilo sea
la necesidad de hacerse de vez en cuando preguntas sobre lo que está
pasando. De
igual manera, a diferencia de las películas de Godard, intelectualmente
más ambiciosas, en los filmes de Suzuki el humor que hay detrás de la
irreverencia está combinada siempre con mucha acción. “Incomprensibles” habrían sido, entonces, para
los ejecutivos de la Nikkatsu, y para el modelo de espectador que ellos
imaginaban, y no para quienes entonces pudieran haber sido como los
fanáticos que siguen hoy a Quentin Tarantino, por ejemplo,
uno de los que han bebido en la fuente de Suzuki.
Tokyo Drifter
y Branded to Kill están disponibles en ediciones de la Criterion
Collection, cuyo principal atractivo, aparte de la calidad de la imagen
–no se ofrecen datos acerca de restauración alguna, ni sobre el proceso
de digitalización– es la entrevista con Seijun Suzuki que incluye cada
disco. Cuestan cada una 27 dólares, sin incluir los gastos de envío, en
Amazon.com. También forman parte de la colección Historia de una
prostituta, Youth of the Beast (1963), Gate of the Flash
(1964) y Fighting Elegy (1966). El precio es el mismo.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |