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videopatías
El primer Kubrick
La
Colección Stanley
Kubrick es una
caja de tres DVD con subtítulos en español, publicados por Paramount Home Entertainment, que
recientemente ha hecho aparición en las tiendas venezolanas aunque data
de 2006. Ella reúne tres de los cuatro primeros largometrajes de ficción
del director de 2001, una odisea del espacio (2001: A Space
Odyssey, 1968): El beso del asesino (Killer’s Kiss,
1955), Casta de malditos (The Killing, 1956) y Patrulla
infernal, más conocida en el país como Senderos de gloria (Paths
of Glory, 1957). Antes Kubrick había filmado de forma independiente Fear
and Desire (1953), pero de esa cinta dijo en 1991 que no se trataba
sino de un “vacilante ejercicio fílmico amateur”. El beso del asesino
y Casta de malditos son, sin embargo, también obras
primerizas. Las características de su esplendor se manifiestan recién en
Senderos de gloria.
El
beso del asesino
y Casta de malditos
son filmes en los que el predominio de la reflexión sobre la forma es
evidente. La primera cinta es un ensamblaje de diversas partes
disímiles, que tienden a cobrar importancia por sí mismas más que por la
función que cumplen en la trama, lo cual es una crítica de la narración
clásica de Hollywood, mientras que la película del año siguiente es un
aceitado mecanismo de relojería, en el que hasta los desperfectos que
llevan al desenlace ocurren con arreglo a la lógica rigurosa del género:
la heist movie.
La
pareja protagonista de El beso del asesino es sumamente dispareja
–una chica que trabaja como bailarina de alquiler de un sórdido
dancing y un boxeador fracasado–, lo que hace manifiesto que la
presencia de ambos personajes en el filme tiene como fin crear ese
contraste estético, por encima de cualquier otra lógica. Es un
complemento del claroscuro de rigor de la fotografía, puesto que la
película es un film noir. En la cinta hay, además, una secuencia
de boxeo que desvía la atención de la historia por la manera
peculiarmente llamativa como fue filmada. Y no es la única que adquiera
relativa independencia. También hay otra en la que la protagonista
relata la historia de su hermana, una bailarina clásica que renunció a
su vocación y que terminó por suicidarse, la cual nuevamente desvía la
atención de la línea principal de la trama, y unos planos de la
actividad nocturna de Nueva York que asimismo reclaman la atención para
sí, robándosela a lo que le está ocurriendo a los personajes, por el
contraste entre su tono documental y la artificiosidad del resto de la
cinta. En esa calle, dos personajes insólitos le arrebatan la bufanda al
protagonista quien, al abandonar el lugar donde debía estar para correr
tras ellos, contribuye a desencadenar los acontecimientos que integran
la segunda parte de la película. Otra desviación más.
Pero
la razón de mayor peso para ver hoy El beso del asesino son dos
secuencias magistrales. La primera es la de la pelea de boxeo, que
sobresale por la fotografía, que combina tomas desde el ring side con
planos desde la perspectiva de los combatientes, incluida una magistral
resolución del KO con la cámara en el lugar del luchador que recibe el
golpe. Ella cae sobre la lona y termina con un contrapicado de las
luces, que encandilan en la pantalla y traducen así, visualmente, el
mareo que debió haber producido el puñetazo fulminante. El tratamiento
del boxeo en Toro salvaje de Martin Scorsese (Raging Bull,
1980) estuvo inspirado en el combate de El beso del asesino.
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La
segunda secuencia sobresaliente es también una pelea y se desarrolla en
un depósito de maniquíes, todos ellos con forma de mujer. En ella se
enfrentan los dos hombres que andan detrás de la chica, uno de ellos
armado de un hacha y el otro de una improvisada lanza, con la que
termina por ensartar y matar al rival. Son múltiples las
interpretaciones a las que puede dar pie la secuencia, cuya belleza
reside en el contraste entre la rabia animal y el entorno en que se
despliega, lleno de utilería inútil. La misoginia es una lectura
posible.
El
problema de la forma llega a convertirse en tema en Casta de malditos,
a través de cuestiones explícitamente planteadas en la historia. Además,
adquiere una dimensión amplia que lo relaciona con el cine y con el arte
en general. Al comienzo, un personaje dice que se siente como una pieza
en un rompecabezas, y ese es el lugar que realmente corresponde, puesto
que se trata de un heist film en el que se articulan las diversas
historias de un grupo de ladrones que organizan el asalto a un
hipódromo. La película tiene, además, una estructura no lineal que
también le da un aspecto superficial de puzzle. Más allá de hacer
referencia a la trama, el parlamento puede traer a colación la forma
como se actúa en el cine, mediante la interpretación de fragmentos
discontinuos que son ensamblados a posteriori por el director y el
montador. Los actores desconocen el resultado final de su trabajo hasta
que ven la película terminada, al igual que el personaje de Casta de
malditos.
En
cuanto la reflexión sobre el arte, otro personaje de fuerte carga
simbólica, quien es luchador y ajedrecista, dice: “Siempre he creído que
los gángsters y los artistas son lo mismo para los ojos de las masas.
Son admirados y se les rinde culto como héroes, pero siempre está
presente un deseo subyacente de verlos destruirse en la cúspide de la
gloria”. La frase hace referencia a la figura del creador incomprendido
por el público, y establece un paralelismo entre el mundo al margen de
la ley en que se desenvuelven los delincuentes y la vida del artista,
que frecuentemente no es considerada una existencia “normal”. En este
sentido es ilustrativo el título que se le puso en español a la cinta:
Casta de malditos.
Pero
quizás sea posible estirar más la interpretación del parlamento. La
frase podría significar que el artista, y en particular el cineasta, se
parece a los personajes de la película en la medida en que también traza
un plan para alcanzar un objetivo, en el cual se ven involucradas muchas
personas y una serie de circunstancias azarosas, por lo cual nunca puede
ejercer un control total sobre la obra, aunque se trate del obsesivo
Kubrick, que parecía tener esa aspiración. La realización de toda
película estaría en alguna manera determinada por el azar y por los
conflictos, que a su vez son los factores que impiden que se consume el
golpe perfecto en un heist film que siga el modelo clásico del
género. Habría en esto un toque de autoironía por parte del realizador,
cuya carrera apenas comenzaba.
El
problema con Casta de malditos es que la rigidez formal termina
por convertirla en una partida de ajedrez muy diestramente ejecutada
pero previsible. Asimismo, El beso del asesino, dura apenas 67
minutos, por lo que no pasa de ser un ensayo excelentemente realizado.
Es por ello que el Stanley Kubrick que más se conoce es el que se revela
en Senderos de gloria, no en esos otros filmes, aunque la
película haya sido apenas un año después de Casta de malditos y
vuelva sobre el tema de Fear and Desire: la guerra.
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No es
de las batallas propiamente que trata Senderos de gloria sino de
la burocracia militar. La historia que el filme relata es la de tres
soldados que son seleccionados al azar entre las tropas al mando del
coronel Dax (Kirk Douglas), para fusilarlos como sanción ejemplar, ya
que fueron incapaces de alcanzar el objetivo absurdo que les asignó un
general que actúa movido por su ambición de poder. También hay crítica
de la guerra, puesto que mostrar las duras condiciones del combate en
las trincheras lo es. Se incluyó al final, además, una secuencia en la
que los soldados franceses se enternecen con una canción alemana, al
escuchársela cantar a una hermosa mujer prisionera. Esta es una manera
romántica de decir no a los conflictos bélicos sobre la base del
planteamiento de una hermandad universal que sería reconocible en la
belleza del arte. Pero la cuestión de la burocracia y su poder sobre los
individuos es lo que predomina, y es un tema recurrente en Kubrick –en
La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), y sobre
todo en Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987) otro
filme sobre el ejército.
La
película, sin embargo, no hace gala de la contención necesaria para
evitar que la denuncia devenga en discurso retórico sobre la justicia y
la dignidad humana, puesto en boca del coronel Dax en el juicio a los
combatientes. El personaje, además, tiene el peso incómodo de los que
son héroes morales intachables desde el comienzo hasta el final de la
cinta, e incluso actúan para llevar a cabo algunos actos de justicia
poética, aunque no pueda evitar el desenlace trágico. Por detalles como
estos, que quizás no molestaban en 1957, con el recuerdo de la Segunda
Guerra Mundial y la Guerra de Corea aún fresco, y la amenaza del
enfrentamiento nuclear directo entre Estados Unidos y la Unión
Soviética, Senderos de gloria podría resultar hoy una película
envejecida. Además, la crítica actual de la burocracia tiene como blanco
principal su ineficacia, no su capacidad de imponer su poder sobre los
individuos. Ese es un fantasma antisoviético que recorre el filme y en
la actualidad es anacrónico. Por ello el interés podría volcarse hoy
hacia El beso del asesino y Casta de malditos. Aunque son
obras menores, en ellas se plasmó una preocupación menos susceptible a
los vaivenes de las épocas: una inquietud sobre problemas del cine.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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