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Juego de monstruos
Hay dos principales tradiciones en el cine comercial sobre monstruos: la
estadounidense y la japonesa. Los realizadores con ambiciones artísticas
también han incursionado en el género, pero pareciera estar claro que
una criatura de Andrzej Zulawski o de Jan Svankmajer, por mencionar dos
casos, no tendrá nunca la misma difusión que el Godzilla de Ishiro Honda
y menos aun que los tres King Kong o los dinosaurios de Jurassic Park.
Bong
Joon-ho no es de la misma opinión. En The Host (Gwoemul,
2006) se propuso hacer un filme sobre una criatura del río Han que fuese
una auténtica obra de arte sin que la gente huyera espantada de la sala,
no por el bicho sino por la película. Al menos esto último lo logró: 13
millones de entradas vendió la película en Corea del Sur, que es una
nación de 49 millones de habitantes. Para ello recurrió a dos
estrategias. En primer lugar, jugó con las reglas del género y con las
de la verosimilitud en el cine en general. Además de eso, cuestionó los
tópicos y estereotipos cinematográficos con referencias críticas a la
realidad actual de su país. El director de Crónica de un asesino en
serie o Memories of Murder (Salinui chueok, 2003)
exhibe en esta superproducción una sorprendente libertad para hacer
sátira social y del poder político, incluido el papel de guardián del
país que aún ejerce Estados Unidos.
Los
filmes japoneses y estadounidenses son traídos a colación en The Host.
El monstruo del río Han tiene un origen similar al de Godzilla. Así como
la criatura de Honda surgió como consecuencia de pruebas nucleares, la
del filme de Bong es el resultado de una descarga de formaldehído hecha
desde la morgue de una base de Estados Unidos, pese a las advertencias
que un empleado coreano hace de que se trata de una sustancia
contaminante. De Hollywood el filme toma, además de los efectos
especiales, la forma como es presentado el personaje principal. Park
Gang-du (Song Khang-ho) parece ser el típico looser tonto y
torpe, que se queda dormido en el trabajo y se cae sin razón aparente
cuando camina. Pero el hecho de que tenga el pelo teñido de rubio es un
primer indicio de que hay en él algo de parodia del personaje
estadounidense que le sirve de modelo. Además hay un auténtico rubio
estadounidense: un militar que, vestido de civil, es uno de los primeros
en enfrentarse con la criatura. El resultado es que pierde un brazo y
luego muere en una base militar de su país. El monstruo, además, irrumpe
en el filme para perturbar la apacible existencia de personajes de esa
clase media que en las películas de Hollywood constituye la
representación estandarizada del ser humano.
La
parodia comienza a convertirse en burla cuando el monstruo, en vez de
destruir toda construcción a su paso, como suelen hacerlo las criaturas
japonesas, busca refugio bajo el puente Dong-ho, en Seúl. La alarma
inexplicablemente se dirige entonces contra un virus que contagia a las
personas que entran en contacto con la criatura, aseguran los
estadounidenses, y que, para mayor inquietud de la población, se
manifestaría con los síntomas de la gripe común. El verdadero monstruo
pasa a un segundo plano, a pesar de que sigue comiéndose a la gente.
Esta es una burla dirigida, por una parte, contra la lógica que rige el
funcionamiento de la industria, y según la cual unos monstruos deben
suceder a otros a medida que van pasando de moda. Pero también es un
golpe a la forma como el cine ha sido y es utilizado para inculcar
paranoia, distrayendo la atención de la gente hacia falsos peligros. El
problema auténtico en el filme, sin embargo, es un personaje
característico del cine paranoico estadounidense: el monstruo que ataca
a la gente inocente.
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A
medida que avanza la película el espectador comenzará a darse cuenta
también de que algo no marcha como supuestamente debería marchar esta
película de género. Hay, por ejemplo, secuencias que trascienden su
justificación funcional y se vuelven así independientes de la trama,
como los célebres diálogos de Tarantino. Así ocurre en un funeral
colectivo de las primeras víctimas del monstruo, en el cual la familia
Park se reúne por primera vez en mucho tiempo para llorar la muerte de
la hija de Gang-du, pero que termina convertida en una escenificación
grotesca de los conflictos entre ellos, incluidas peleas a golpes. Más
adelante, el señor Park da una explicación de la tendencia a quedarse
dormido de su hijo que constituye una historia dentro de la historia,
como el cuento del reloj en Pulp Fiction: durante los años de
penurias económicas del país, él no fue capaz de darle a Gang-du la
atención que requería, por lo que el muchacho se vio incluso en la
obligación de recurrir al hurto famélico para sobrevivir, y no tuvo en
la alimentación las proteínas necesarias para que su cerebro se
desarrollara normalmente.
Pero
la parte esencial del juego de The Host con el cine es la forma
como en la cinta son burladas las reglas de la verosimilitud. La
causalidad, como se dijo, es forzada por el inexplicable desplazamiento
de la atención del monstruo al virus invisible. Además, aunque Gang-du
es propenso a quedarse profundamente dormido en cualquier lugar, la
anestesia que le aplican en una base estadounidense, como parte de los
exámenes que le practican para estudiar el supuesto virus que porta, no
le hace ningún efecto. En otra secuencia, Hyun-seo, la hija
supuestamente fallecida de Gang-du, de la que después se sabe que está
con vida, atrapada por el monstruo, aparece misteriosamente cuando la
familia se reúne para comer, sin que nadie se sorprenda por su llegada,
y en la siguiente escena no está.
El
juego de hacer punzantes comentarios sociales y políticos es todavía más
audaz. Esa sociedad de clase media idealizada en la que aparece el
monstruo para sembrar brevemente el pánico, antes de que el interés sea
desplazado hacia el supuesto virus, y que permitió que el padre de Gang-du
enviara tres hijos a la universidad trabajando en un puesto de comida al
borde del río Han, poco a poco va desnudando sus problemas. Así como en
los tiempos en que Gang-du comenzó a sufrir las consecuencias del
déficit de proteínas había que robar por hambre, un padre vagabundo, que
merodea el puente donde se oculta el monstruo junto con su hijo, ofrece
una explicación al niño, ilustrada con ejemplo práctico, del significado
de la palabra coreana que designa el hurto famélico y la tradición que
lo legitima –y que no ha cesado, por lo visto, en la pujante República
de Corea de hoy, al menos según el Bong Joon-ho–. El hermano de Gang-du
está desempleado y se queja que de que la sociedad democrática, por la
cual se dedicó a luchar en vez de estudiar cuando estaba en la
universidad, no le ofrece oportunidades. Pero después, cuando se
encuentra con un ex compañero de estudios que parece tener un buen
puesto –cosa que no deja de causarle curiosidad, porque era otro de los
que se dedicaba a protestar en vez de a sacar la carrera–, el
condiscípulo pronto le aclara que tiene deudas equivalentes a un año
completo de sueldo.
Las
manifestaciones tampoco podían faltar en una película de una nación que,
hasta no hace mucho, era casi tan conocida por la combatividad de su
juventud como por los productos electrónicos que exporta. El realizador
incluso llegó a pedir la ayuda de grupos de militantes ecologistas para
que prepararan estandartes y pancartas a favor de Gang-du, quien logra
escapar dos veces de las autoridades, y para protestar contra el uso del
“agente amarillo” contra el monstruo, un arma química estadounidense que
supuestamente extermina toda amenaza biológica donde es arrojada pero
que al monstruo no parece hacerle daño alguno. Terminan atacándolo,
entonces, a la manera estudiantil: empapándolo en gasolina y arrojándole
bombas molotov, y punzándolo también con una lanza, hecha sobre la
marcha con una señal de tránsito. Estudiantes contra monstruo, más claro
no podía hablarles Bong Joon-ho a sus compatriotas, aunque el ataque no
sea del todo efectivo.
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Salvo
por la intervención a último momento de estos insólitos aliados, la
familia Park debe actuar sin ayuda para encontrar a Hyun-seo y salvarla.
Lejos de actuar organizadamente para proteger al país y a los
habitantes, y liquidar a la criatura en una perfectamente organizada
ofensiva militar final, como prescriben las cintas fundacionales del
género en Estados Unidos, rodadas en los tiempos de la Guerra Fría,
estos ciudadanos deben, más bien, huir continuamente de las autoridades
nacionales y de la potencia extranjera.
Pero
el principal blanco de ataques en todo el filme es Estados Unidos. Si
bien la actuación irresponsable del médico de la morgue que provoca la
aparición del monstruo podría considerarse no más que un préstamo de
Godzilla, como se dijo antes, la cosa es diferente en el caso de las
advertencias sobre el virus. Además, los exámenes a los que es sometido
Gang-du, bajo una anestesia que no le hace efecto, no pueden ser vistos
sino como alusiones tangenciales a la tortura que practican los
estadounidenses impunemente en sus campos de prisioneros en el exterior.
Incluso al protagonista le practican una trepanación por instrucciones
de los especialistas extranjeros. Como corolario, en la secuencia de los
créditos el secretario de Estado pide disculpas a los coreanos por lo
sucedido. “Fue consecuencia de mala información”, explica. Datos falsos,
como las armas de Hussein.
Llama
la atención que un país que ha hecho del anticomunismo el elemento
central de la identidad nacional, para diferenciarse del vecino del
norte, y en el que las corporaciones tienen tanto peso en la economía,
un realizador pueda tomarse libertades como estas en una película
comercial. Pero las críticas también tienen algo de lucha por la
supervivencia: Bong Joon-ho ha sido uno de los cabecillas de la lucha
por la defensa de la cuota de pantalla del cine nacional, que fue
reducida de 40% a 20% por exigencia de Estados Unidos, que hizo de este
un punto de honor para suscribir un tratado de libre comercio con la
República de Corea. Ello pone de manifiesto cuál es el verdadero enemigo
de ambas cosas, tanto de la libertad de expresión como de los cines
nacionales: Hollywood.
THE HOST
Gwoemul,
República de Corea, 2006
Dirección: Bong Joon-ho. Guión:
Bong Joon-ho, Baek Chul-hyun, Ha Jun-won. Producción: Choi Yong-bae.
Diseño de producción: Ryu Seong-hie. Diseño de la criatura: Jang Hee-chul.
Fotografía: Kim Hyung-ku. Montaje: Kim Seon Min. Supervisión de efectos
especiales: Kevin Rafferty. Sonido: Coll Anderson, Sean Gamhart. Música:
Lee Byung-woo.
Elenco: Song Kahn-ho (Park Gang-du), Byeon Hie-bong (Park Hie-bong),
Park Hae-el (Park Nam-il), Ko Ah-sung (Park Hyun-seo), Bae Du-na (Park
Nam-joo). Duración: 119 minutos.
35 mm con intermedio digital, 1,85:1, Color, Dolby Digital EX.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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