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videopatías
Centroamericanos sueltos en Beverly Hills
La
más reciente película de Larry Clark, Wassup Rockers (2005), no
sólo parece ser la mejor del director desde su debut en Kids
(1995), aunque hay opiniones divididas al respecto, sino también una
notable pieza del emergente género de patineteros, en el que se
inscriben la fallida Lords of Dogtown de Catherine Hardwick
(2005) y Paranoid Park de Gus Van Sant (2007). La preocupación
del realizador por los adolescentes, tema central en todas sus
películas, se distancia aquí de la principal vertiente explorada por él,
la del sexo, para decantarse hacia los problemas de los inmigrantes en
el South Central de Los Angeles y las subculturas juveniles, que en este
caso conjugan las patinetas con el punk rock latino.
Es
muy cuidadoso el director para establecer un deslinde con las películas
que le han dado fama de escandaloso por su tratamiento de las relaciones
sexuales entre adolescentes, e incluso niños (Kids), o entre
adultos y menores de edad (Ken Park, 2002). A pesar de que
Wassup Rockers comienza con un relato verbal de las aventuras
sexuales de Jonathan (Jonathan Velásquez), que como todos los
protagonistas es un muchacho centroamericano que vive en el gueto, en la
ciudad californiana, las escenas de sexo no pasan de los preparativos en
el filme. Clark se detiene esta vez más, en cambio, en las cariñosas
conversaciones de las parejas en la intimidad y la dinámica del grupo de
amigos, que van a la misma escuela, patinan y hacen música juntos. La
sensualidad, sin embargo, sigue concentrada en una fotografía que
devuelve el golpe de los moralistas, al trasladar el problema sexual de
la pantalla a la butaca: los planos detalle de labios húmedos, torsos
desnudos y ombligos con piercing hacen manifiesto para el espectador,
con su atractivo cuasipornográfico, que la frontera de lo prohibido es
más fácilmente franqueable de lo que quisiera suponer las buenas
conciencias que aullaron con la primera cinta de Clark y con Ken Park,
que nunca pudo ser exhibida comercialmente en Estados Unidos. No hay de
qué escandalizarse, por tanto, si los jovencitos quieren disfrutar de
esos mismos placeres.
También hay un escrupuloso intento en Wassup Rockers de impugnar
los lugares comunes que asocian violencia y drogas con las pandillas
juveniles, en especial si están integradas por afroamericanos o latinos.
Al comienzo hay una secuencia en la que unos gangsters matan a un
muchacho hispano, disparándole desde un carro, y hay conatos de peleas
étnicas en la escuela municipal. Pero los siete protagonistas del filme
ni son malandros ni tienen enfrentamientos con los delincuentes, y no
están armados de otra cosa que sus patinetas y sus guitarras eléctricas.
El otro asesino del filme, además, es un “respetable” ciudadano
anglosajón de edad madura, que vive en una suerte de delirante mundo
cowboy, en una mansión amurallada de Beverly Hills. Este psicópata, mata
de un tiro a uno de los protagonistas por penetrar en su propiedad, como
se exterminaba a los indios en el Oeste.
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Si en
este tratamiento de la violencia se percibe un intento deliberado de
subrayar lo que podría ser la vida real en el gueto, dejando de lado la
trillada representación que pone énfasis en la muerte, la manera como
los personajes afrontan la situación tiene algo de similar a como el
director lidia con los hechos de esta naturaleza. Cuando el compañero
que se queda atrás en al huida muere, al igual que sucede en una
secuencia en la que otro del grupo es arrestado por un policía porque no
logra escapar, los demás parecen borrarlo de inmediato y para siempre.
No se llora a los caídos ni se les vuelve a mencionar, y no se trata de
un error de guión porque se repite dos veces. Es, en cambio, como si con
ese gesto la vida se afirmara en rechazo de aquello sobre lo que no
tiene sentido pensar ni hablar, porque puede ocurrir en cualquier
momento, es irremediable y no se le vislumbra solución. Es casi
darwinista incluso: los que no corren lo suficientemente rápido no
logran sobrevivir. El tratamiento de la violencia en el filme se haría
entonces eco de esta actitud vital de los protagonistas, y traduciría de
algún modo al cine una forma de lidiar con la muerte característica de
aquellos para los que ha devenido en algo cotidiano, sin que por ello
pierda un ápice de su horror, sin dejar de criticar, además, que sólo
los más aptos salgan adelante.
Finalmente, tampoco hay ni una escena de drogas en la película, e
incluso se desmonta el mito de los patineteros acróbatas explotado por
la cinta de Hordwicke: la secuencia en la que los héroes intentan
demostrar sus destrezas, saltando en una escalera, consiste de una
sucesión interminable de caídas aparatosas y, al parecer, dolorosas.
Hasta pareciera que Wassup Rockers se burla un poco de la épica
consecución del éxito en Lords of Dogtown.
El
objetivo de todo esto es bastante obvio. A los adultos les asusta que
los jóvenes sean melenudos, usen pantalones ajustados, armen escándalo
con su música e irrumpan en las calles con sus patinetas porque no los
entienden. Peor aun si son de otra “raza”, tienen nombres diferentes y
hablan otro idioma. Clark seleccionó al grupo de rockeros-patineteros
auténticos que protagonizan el filme de manera tal que sean casi la
quintaesencia del otro que se desprecia y se odia porque es otro. Ni
siquiera entran en el estereotipo del mexicano en Estados Unidos, lo
cual se ven obligados a explicar una y otra vez a la gente para la cual
todos los diferentes son iguales: ellos no son de México, son de
Centroamérica. El propósito del filme es disipar esos falsos temores
sirviendo al espectador una rebanada caliente de la vida cotidiana,
condimentada además con una fotografía que no sólo pretende hacer que se
conozca y se entienda a los personajes, sino que se les ame, en sentido
literal.
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Pero
lo que cuenta, sobre todo, es que los siete protagonistas de Wassup
Rockers tampoco se ajustan al modelo habitual de las películas sobre
adolescentes de Hollywood. La inteligencia de Clark en el filme consiste
en profundizar en este contraste en la segunda parte del filme, al
convertir a los muchachos en la parodia de una cinta que cualquier
estudio hubiera titulado Rockeros sueltos en Beverly Hills. Esta
es una estrategia peligrosa, y en varios momentos la película roza la
posibilidad de convertirse de verdad en un bodrio de esa calaña, chistes
burdos incluidos, pero sitúa a esos personajes que nunca se ve en el
cine y que dan miedo a los estadounidenses en la posición que suelen
ocupar las representaciones plenamente aceptadas de la adolescencia, al
menos en lo que a la industria del entretenimiento respecta. Se pone a
los centroamericanos en el justo lugar del adolescente estadounidense
promedio.
Al
final, sin embargo, la película también deja eso atrás, para alcanzar el
punto culminante en una secuencia casi lírica, en la que los personajes
patinan por Hollywood Boulevard, justo sobre las estrellas del Paseo de
la Fama. Por allí mismo no hace mucho deambularon las prostitutas de
Indland Empire, de David Lynch (2006), y quizás dejaron algo en la
atmósfera que Wassup Rockers pareciera que ese momento capta.
Wassup Rockers está
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WASSUP ROCKERS
Estados Unidos, 2005
Dirección:
Larry Clark. Guión: Larry Clark, basado en una historia suya y de
Matthew Frost. Producción: Larry Clark, Kevin Turen, Henry
Winterstern. Diseño de producción: John DeMeo. Fotografía:
Steve Gainer. Montaje: Alex Blatt. Sonido: Steven M. Weiss,
Jerry Wolfe. Elenco: Jonathan Velásquez (Jonathan), Francisco
Pedrasa (Kiko), Milton Velásquez (Spermball, Milton), Usvaldo Panameño (Porky),
Eddie Velásquez (Eddie), Luis Rojas Salgado (Louie), Carlos Ramírez
(Carlos). Duración: 111 minutos.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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