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videopatías
Ópera policial
James Gray compite este año por la Palma de Oro en el Festival de Cannes
con Two Lovers (2008). Lo hizo también con sus dos películas
anteriores: Los dueños de la noche (We Own the Night,
2007) y La otra cara del crimen (The Yards,
2000). Con su primera cinta, Cuestión de sangre (Little Odessa,
1994), ganó el León de Oro en el Festival de Venecia. Esas credenciales
le hacen destacar en el grupo de realizadores que comenzaron a abrirse
camino en los noventa, de cuya corriente posmoderna y paródica se
distancia por su afán de retomar el camino del Nuevo Hollywood de los
setenta. Pero si los posmodernos parten de la base de que ya no es
posible creer en las mismas cosas de antes, ni emocionarse con ellas de
la misma manera, la insistencia de Gray en lo contrario, en mantener la
fe en el cine de los grandes maestros modernos, deriva en la tragedia de
no poder superarlos. Aquello que en las mejores películas de Martin
Scorsese, uno de sus ídolos, es equilibrio entre realismo e
idealización, deriva en un artificioso estilo operístico, por ejemplo.
Eso es lo que ocurre en Los dueños de la noche, que se halla
disponible para alquilar en videoclubes de Caracas. El filme que
destaca, sin embargo, porque distancia de lo trillado del policial para
hacer del drama, y no de la violencia del crimen y de la lucha contra
él, el centro del espectáculo.
La
película comienza de una manera que parece una declaración de
principios, por no decir un clásico manifiesto moderno. Primero se
plantea aquello contra lo que se reacciona. Una secuencia de fotos
muestra a los policías de Nueva York en plena actividad en la década de
los ochenta, una de las peores épocas en lo que respecta al auge del
crimen vinculado con el tráfico de droga en la ciudad. Ella permite
conocer también la razón del título: “We Own the Night” era el eslogan
que llevaban algunos agentes escrito en el escudo de su unidad, bajo la
clásica calavera de la muerte. Más allá de situar la historia en un
momento y lugar determinados, esa parte del filme trae a colación la
concepción del cine como arte fotográfico y, por ende, naturalmente
orientado hacia el realismo. Pero la película comienza a saldar cuentas
con ella a partir del momento en que se pasa del ambiente callejero y
en blanco y negro de esas imágenes a la presentación del protagonista
retozando con una hermosa mujer, primero, y como regente de un club
elegante, después. En el filme realidad de los ochenta en Nueva York se
trasmuta y se convierte en pretexto para otra cosa, que en este caso es
una versión ampulosa de la parábola bíblica del hijo pródigo.
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Robert Green (Joaquin Phoenix) no usa el apellido de su hermano, el
capitán de policía Joseph Grusinsky (Mark Wahlberg), que a su vez es
hijo del subjefe del cuerpo Albert Grusinsky (Robert Dvall). No lo hace
para evitar despertar sospechas entre sus jefes, un clan ruso que es
propietario de un local nocturno del cual Green es exitoso
administrador. Para sellar el respeto y la admiración que ha ganado en
la familia rusa, y el cariño que le demuestran, casi como si fuera un
hijo más, trata de poner al margen sus verdaderos orígenes. Trata
incluso de mantener a su novia, Amada (Eva Mendes), lejos de la familia.
Pero aunque de esa manera haya accedido a una posición más acomodada que
la de su padre y su hermano, en el fondo Robert Green no puede sino ser
un Grusinsky en lo que a la elección entre el bien y el mal respecta, y
debe reencontrarse. De eso se deriva el conflicto, cuando los
narcotraficantes se meten con su familia y tratan de ensuciarlo.
Los dueños de la noche
pareciera inscribirse así
en el género de las películas de infiltrados, característico del cine
policial de Hong Kong y que sedujo incluso a Scorsese en el filme
emblemáticamente titulado en español de esa manera, Los infiltrados
(The Departed, 2006). Ello sería así en la medida en que el
personaje se descubre como alguien que en el fondo es lo contrario del
mundo del crimen en el que se sumergido por sus debilidades. Y el
conflicto se resuelve con el regreso de Robert Green, el hijo pródigo,
al que es el lugar que le corresponde por la sangre que lleva: el cuerpo
de policía de Nueva York, luego de ser testigo protegido contra la
mafia. El desafío del filme era, por tanto, completar el tour de
force que va del personaje que aparece al principio perfectamente
integrado a su mundo de la noche, en el agente con chaleco antibalas y
una pistola en la mano que se interna en solitario de día en un monte de
dorada maleza seca, para dar caza al malvado. El problema es que en
Los dueños de la noche la diferencia entre los que encarnan el bien
y el mal es demasiado rígida, y en el intersticio no cabe una
psicología capaz de darle credibilidad al cambio, a pesar de que Robert
Green está encarnado por un gran actor como Phoenix.
De
los maestros del pasado, no obstante, James Gray sí ha sabido asimilar
la destreza como realizador. Lo demuestra en especial en dos secuencias.
La primera es la que se mencionó antes, en la que Green persigue al
líder de los traficantes por entre la espesura, cosa que hace además con
el monte en llamas y bajo un cielo a punto de venirse abajo en una
tormenta. La segunda, verdaderamente magistral, es una persecución de
vehículos bajo la lluvia, y acompañada de una manipulación del sonido de
los limpiaparabrisas. Desde su carro, los malvados disparan contra la
caravana que traslada al testigo protegido, e intentan empujar los
automóviles para hacerles chocar, y los agentes responden el fuego, todo
visto a través del tamiz de parabrisas empañados y chorros de agua que
caen sobre la calle. Es una secuencia típica pero tan bien diestramente
que justifica, por sí sola, ver esta película.
LOS DUEÑOS DE LA NOCHE
We
Own the Night,
Estados Unidos, 2007
Dirección y guión:
James Gray. Producción:
Marc Butan, Joaquin Phoenix, Mark Wahlberg, Nick Wechsler. Diseño de
producción: Ford Wheeler. Fotografía: Joaquín Baca-Asay.
Montaje: John Axelrad. Sonido: Douglas Murray. Música:
Wojciech Kilar. Elenco: Joaquin Phoenix (Robert Green), Eva
Mendes (Amada Juárez), Mark Wahlberg (capitan Joseph Gusinsky), Robert
Dubai (subjefe Albert Grusinsky), Alex Veadov (Vadim Nezhinski).
Duración: 117 minutos. Formato: 35 mm con intermedio digital,
1,85:1, blanco y negro y color, SDDS, Dolby Digita, DTS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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